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domingo, 12 de marzo de 2017

Tigran Hamasyan - Luys i Luso (2015)


(Texto publicado originalmente en El País el 11 de noviembre de 2015) 

No es nada nuevo volver la vista atrás cuando el objetivo es ir hacia adelante. Gran parte de la historia de las vanguardias en la música se ha construido sobre la tradición, algo que, en el caso del pianista armenio Tigran Hamasyan, ha sido una auténtica constante. En mayor o menor medida, toda su discografía ha estado impregnada de sonidos importados de la tradición folclórica de su país, una raíz que ha cultivado a través de diferentes prismas, desde el acercamiento más ortodoxo de New Era o A Fable a la simbiosis con rock y electrónica en Shadow Theater o Mockroot.

En aras de ese anhelo de fusión, y a pesar de lo manido del lema, hay que decir que Luys i Luso es el disco de Tigran Hamasyan que todos estábamos esperando: una grabación muy valiente en la que música vocal religiosa, folclore armenio y jazz se entrelazan en perfecta sintonía, alcanzando un equilibrio inimaginable entre lo secular y lo contemporáneo. Hamasyan parte de un puñado de obras religiosas armenias, escritas entre el siglo cinco y el veinte, y se plantea dos retos: por un lado, arreglar obras de tradición monofónica para un coro polifónico y, por otro, integrar en ellas un piano con intención jazzística, pero sin renunciar al carácter folclórico de las melodías. En la unión de estos patrones está el sentido tan vanguardista del disco, el que lo convierte en una obra colosal. En Luys i Luso, Hamasyan consigue convertir un sharakan de más de diez siglos en una obra personal, desafiando la forma sin llegar a salirse de ella, y negándose a escribir las partes de piano, que son improvisadas sobre las suntuosas polifonías tejidas por el Coro de Cámara Estatal de Ereván.

Un disco así solo podía salir en un sello como ECM, que ha cuidado cada detalle al máximo, desde la grabación en la capital armenia, producida por Manfred Eicher, hasta la deliciosa edición con un libreto que incluye versión bilingüe de las letras y documentación sobre los manuscritos originales. 

Entonces, ¿esto es un disco de música sacra vocal o de jazz? En realidad es ambas cosas pero, sobre todo, es un disco de Tigran Hamasyan. Echando un vistazo a su inquieta carrera esta última década nadie diría que tiene solo 28 años, una precocidad que ya ha superado los tópicos del niño prodigio. Hamasyan es un pianista de jazz, sí, pero también afirma sin dudar que su sueño era tocar la guitarra en una banda de thrash metal, y habla con la misma devoción de jazzistas como Jason Moran o Herbie Hancock que de Black Sabbath, Tool o la banda de metal extremo Meshuggah. Solo un talento permeable a sonidos tan dispares podría haber grabado un disco tan atemporal como este.


viernes, 10 de febrero de 2017

David Murray Black Saint Quartet (23 de julio de 2008, Heineken Jazzaldia-Festival de Jazz de San Sebastián)

Texto publicado originalmente en tomajazz.com en julio de 2008

Era ya la tercera vez que David Murray visitaba España con su Black Saint Quartet, pero eso no impidió que hubiera un pequeño revuelo en la sala de cámara del Kursaal. Murray, uno de los grandes tenores vivos y un referente para entender el jazz de las últimas décadas, había tocado hace unos años en San Sebastian con su proyecto latino, y nada más comenzar el concierto tuvo un recuerdo para la ciudad y para aquella actuación.

El Black Saint Quartet es una evolución del Power Quartet que formaban, junto a Murray, John Hicks, Ray Drummond y Andrew Cyrille. Tras la muerte del pianista, Lafayette Gilchrist (que ya llevaba un tiempo trabajando con Murray) le sustituyó y el cuarteto grabó el esplendido Sacred Ground, tomando una dirección que se alejaba ligeramente de la música producida con Hicks. Sin embargo, el cuarteto volvió a evolucionar tomando una entidad propia y separada del original Power Quartet, recurriendo para girar a los miembros de otro cuarteto de Murray: el que grabara en 2002 Waltz Again.

Todo esto, que parece un desaguisado, no es más que la confirmación de que hay dos constantes en la carrera de Murray. La primera, que sea la circunstancia que sea, se rodea de músicos excepcionales, y la segunda, que no importa de quién se rodee, con Murray al frente la alta calidad musical está garantizada. Esto, que puede parecer una contradicción, quedó más que demostrado en su recital donostiarra, en el que Murray estuvo pletórico y su cuarteto a la altura de las circunstancias.

Pero es que, señores, ¡qué cuarteto! Lafayette Gilchrist, por derecho propio uno de los grandes pianistas aparecidos en la ultima década; Jaribu Shahid, como anuncia habitualmente Murray al presentarle, es el hombre que sustituye a Malachi Favors en el Art Ensemble Of Chicago, y desde luego ese no es ni de lejos su crédito principal; y por ultimo Hamid Drake, que podría ser el mejor batería y percusionista sobre la tierra.

En su repertorio de directo con este grupo Murray suele recurrir, aparte de a Sacred Ground, al propio Waltz Again y al último disco grabado con el Power Quartet: Like A Kiss That Never Ends. Del primero se tocó el tema que da nombre al disco y del segundo su omnipresente versión al clarinete bajo de “Let's Cool One”.

Murray tocaba relajado, con una mezcla perfecta entre intensidad y belleza, con ese descontrol perfectamente controlado que le hace a uno querer levantarse de la silla, eufórico. Gilchrist estuvo fantástico, como es habitual, aunque no tan bien como se le ha podido ver con esta banda. Esto podía deberse al deficiente sonido del piano, cosa inexplicable en un auditorio como la sala de cámara del Kursaal, aunque en su concierto de Santander meses atrás la cosa fue aún peor. No obstante, la música prevalecía y cualquier cuestión era superada fácilmente por el conjunto de la fantástica actuación.

A pesar de lo afirmado en algunos medios no especializados, no se tocó el tema “Sacred Ground”, aunque sí pudimos disfrutar de “Banished”, “Pierce City”, un guiño a los viejos tiempos con “Murray’s Steps” (“allá en los ochenta, nos cansamos de tocar siempre Giant Steps, así que escribí este tema” dijo Murray en San Sebastián) y un divertido tema dedicado a Barack Obama, “el próximo presidente de los Estados Unidos”, según el saxofonista.

El precioso bis, “Believe In Love”, fue el broche final a un concierto inolvidable, cosa completamente normal en un grupo de esta categoría. Esperemos que no haya que esperar mucho para volver a ver al saxofonista en España; es una experiencia que ningún aficionado debería perderse.

martes, 13 de diciembre de 2016

Vijay Iyer / Wadada Leo Smith - A Cosmic Rhythm With Each Stroke (2016)




(Reseña publicada originalmente en el suplemento Babelia del diario El País el 28 de mayo de 2016) 

Con permiso de Anthony Davis, tal vez sea Vijay Iyer quien mejor haya ocupado el piano del Golden Quartet de Wadada Leo Smith. Como Davis, Iyer es un pianista intelectual y técnicamente impecable, que afronta la música del trompetista con el equilibrio entre espontaneidad y consciencia que requiere.

Muchos años después de Divine Love, que Smith grabara en 1978, el trompetista regresa al sello de Manfred Eicher con este dúo en el que Iyer, estrella de la casa, ejerce de anfitrión. Musicalmente no hay choque, sino una simbiosis entre la intelectualidad de Iyer y la inspiración pura de Smith, que dicta el rumbo de la música levitando sobre el diálogo con elocuencia extraordinaria.


lunes, 18 de mayo de 2015

Charlie Haden - The Montreal Tapes (1989)

Texto publicado originalmente en la revista Cuadernos de Jazz en 2009: 

Pocos contrabajistas tienen un sonido tan personal como Charlie Haden, sea en el contexto que sea. Su tono grueso y redondo, tan lírico como demoledor, es fruto de una pulsación firme y una afinación perfecta. Sin alejarse demasiado del registro grave del instrumento, como solista es aún más reconocible, si cabe. Haden es el perfecto acompañante-líder, siempre detrás pero, inevitablemente, siempre en primer plano.

En 1989, el festival de jazz de Montreal rindió homenaje al contrabajista ofreciéndole programar ocho conciertos, uno por noche, con las formaciones que él dispusiese. Esta caja reúne los seis conciertos que Verve publicó por separado entre 1994 y 2004, muchos de los cuales eran realmente inencontrables. ECM publicó en 2001 el dúo con Egberto Gismonti y, por razones obvias, no está incluido aquí. Lo mismo ocurre con el trío con Pat Metheny y Jack DeJohnette que, por algún motivo que desconocemos, no ha visto nunca la luz. Aún así, The Montreal Tapes parece una obra compacta a la que no le falta ni le sobra nada a excepción, quizá, de alguna representación del Quartet West.

El trío clásico de piano, contrabajo y batería acapara tres de los seis conciertos, con lecturas y resultados muy diferentes. Haden y el fantástico Paul Motian permanecen como factor común, acompañando a tres pianistas muy diferentes. Gonzalo Rubalcaba, que aún era poco más que un desconocido, protagoniza una de las mejores grabaciones de su carrera. Geri Allen, que ya había grabado tres discos en trío con Haden y Motian, aporta la negritud y la pulsión libre. Por último, Paul Bley, un viejo conocido con quien el trío se convierte en una unidad equilibrada y expansiva: comunicación al máximo y pura magia.

Y seguimos con tríos y con viejos conocidos. A pesar de la gran cantidad de horas de vuelo conjunto, la reunión con Don Cherry y Ed Blackwell (¿dónde demonios estaba Dewey Redman?) es uno de los conciertos menos redondos, quizá por las expectativas creadas o porque la personalidad de Cherry parece no cuajar con la de Haden. En cambio, el trío con Joe Henderson y Al Foster -formación que había girado por Europa meses antes-  tiene una química fascinante, resultando uno de los sets más memorables. Cierra el programa la colosal actuación de una peculiar Liberation Music Orchestra -con algunos solistas de altura-, que pone a está grabación por encima de más de un disco oficial de la orquesta.

Aunque estas no son grabaciones esenciales ni históricamente relevantes, todas ellas son de primera categoría; juntas y por separado. The Montreal Tapes sirve como celebración, como retrospectiva y, si me apuran, como obra definitiva de Charlie Haden.

lunes, 13 de abril de 2015

Neil Young & Crazy Horse / Jonathan Wilson / Wu-Tang Clan: Big Festival 2013 (Biarritz, 18 y 19 de julio de 2013)

Reseña publicada originalmente en Mondo Sonoro en julio de 2013 


A veces hay que simplificar. No por el tentador impulso de obviar matices para dar una idea general como definitiva, ni para flirtear con el siempre agradecido populismo. A veces hay que simplificar en favor de la síntesis y de la destilación de la esencia de un tema en cuestión, porque esa esencia lo es, básicamente, todo.

En su quinta edición, el Big Festival de Biarritz ha hecho honor a su nombre. No (sólo) por sus cuatro recintos, muy diferentes, que abarcaban desde el gran escenario a la condensación sudorosa del club. Tampoco por su cartel ecléctico y atractivo, que llevaba a los asistentes desde la clase de Rickie Lee Jones al desenfreno de The Bloody Beetroots y Two Door Cinema Club, el hip-hop deslenguado de Orelsan, el blues contemporáneo de Gary Clark Jr. o el funk histórico de George Clinton. Porque, a pesar de un cartel salpicado de grandes nombres, en cuanto se anunció la presencia de la histórica banda de Neil Young, el Big Festival de 2013 se convirtió, inmediatamente, en el festival de Young y Crazy Horse.

En honor a la síntesis y a la esencia, no podía ser de otra forma. Aunque hay que destacar otros conciertos, claro, porque la noche del viernes, los míticos Wu-Tang Clan pasaron como un torbellino por una asistencia asombrosamente plagada de hardcore fans. Tras ser calentado por el prometedor rapero francés Orelsan, el público se dejó infectar por la furia del Wu-Tang en un concierto urgente y sin respiro, con clásicos de la formación que levantaron una sincera complicidad entre un público que coreaba letras, botaba embrutecido y abrazaba la liturgia del Clan cada vez que alguno de sus miembros lo reclamaba. Nueve bestias pardas sobre el escenario (diez si contamos al fabuloso DJ Mathematics) claramente dirigidas por RZA (líder de facto de la banda) y Method Man, que se dejaron la piel interactuando con el público. El enorme Ghostface Killah, como es habitual, levantó el bolo en cada una de sus intervenciones, aunque tardó algunos temas en entrar en calor. Masta Killa, GZA, Inspectah Deck, U-God y Cappadona (que fue presentado como un miembro más en Biarritz) se mantuvieron en un lógico segundo plano, con breves despegues ocasionales, mientras que Raekwon, uno de los miembros del grupo más activos (discográficamente hablando), se quedó un poco atrás en varios aspectos, revelando sus carencias en directo. Tras una intensa hora de bolo, el Clan abandonó en el escenario sin un asomo de bis. Rápido, duro y en tu cara. Pero volvamos al gran día del festival.

Abrió la tarde del jueves Jonathan Wilson (uno de los grandes nombres del presente y futuro del rock americano, tomen nota), que tiró de su vena más folk-rock en Biarritz, haciendo sus habituales escapadas por la psicodelia y alardeando de un serio influjo Crazy Horse en temas más eléctricos (dejando clara su capacidad como guitarrista improvisando con su vieja Telecaster). Aunque Gary Clark (que salió al escenario justo después) viene precedido por su cacareada excelencia guitarrística, Wilson no se quedó atrás en cuanto a expresividad y rollo. Porque Clark es muy bueno, pero no todo va de tocar y cantar bien. Su directo se apoya tanto en sus (innegables) capacidades, como en una estructura tan medida que roza la monotonía en según qué tema, y que te lleva de un momento de escalofriante musicalidad a otro de tediosa ortodoxia festivalera. El tipo puede llegar muy lejos, siempre y cuando no se vaya por la rama AOR del blues.

Y entonces llegaron Neil Young & Crazy Horse. El uno con los otros, indivisibles y definitivos. Y yo tengo que explicar aquí lo que pasó después, lo que sonó en el concierto, y a qué sonó. Como si eso pudiese hacerse. Para escribir sobre este concierto, la hipérbole se hace común y mundana. Quienes nos dedicamos a patear salas de conciertos y festivales estamos acostumbrados a ver y escuchar mucho, y de todo, lo que no siempre es positivo. Uno acaba perdiendo la capacidad para sorprenderse, porque todos esos discos y conciertos caen en un enmarañado todo en el que la filia y la fobia juegan un papel tan importante como la perspectiva de miles de referencias. Pero de vez en cuando, muy de vez en cuando, un concierto emerge de forma celestial ante nuestros sentidos, fuera de toda categorización o comparación. Inesperadamente, nos sentimos ante un momento musical trascendente, colosal, histórico y volvemos a ser fans maravillados, exentos de ese poso de cinismo que nos deja la profesión. Entonces, escribir sobre ese concierto nos resulta tan ridículamente vacuo como fotografiar una tormenta, como describir el beso más memorable de tu vida o como explicar la vez en la que aquel disco cambió tu vida para siempre. No se puede. O, al menos, no bien. Puedo decir que los diez minutos de glorioso “Love And Only Love” que abrieron el concierto lanzaron al grupo –y al público– a la estratosfera, a una altura de la que nadie se movió durante dos horas. Puedo decir que hubo un momento de tensión en “Powderfinger” (cuando pareció que a Young le fallaba la voz) que quedó disipado tras “Psychedelic Pill” y el mastodóntico “Walk Like A Giant” de dieciséis minutos, en el que Neil nos cantaba que quería caminar como un gigante. Como si no lo hiciese ya.

Puedo contar que, tras diez minutos sobrecogedores de interludio ruidista, entre acoples y truenos simulados saliendo de los amplificadores, la canción inédita “Hole In The Sky” marcó el momento más intenso del concierto, con la banda en verdadero estado de gracia, justo antes de que Neil se quedase solo en el escenario con una vieja Martin D-28 para tocar su “Heart Of Gold” y el inmortal “Blowin’ In The Wind” de Dylan. Tras otro tema inédito al piano (ya con Crazy Horse), con “Ramada Inn” volvieron a poner la electricidad en órbita, cogiendo carrerilla con el adrenalínico “Sedan Delivery” y el contundente “Surfer Joe And Moe The Sleaze” para terminar en lo más alto con el inmortal “Rockin’ In The Free World”. Podría escribir todo esto, y en realidad seguiría faltando lo más importante: la conexión, dentro de la banda y con el público, y la sensación de presenciar algo irrepetible. Podría intentar explicar la emoción que se respiraba en el ambiente durante el bis, cuando tras “Mr. Soul” sonó el apabullante riff de “Hey Hey, My My (Into The Black)”, con ese característico sonido de guitarra retorcido. Pero no puedo más que contar los hechos.

Esto es lo que sonó en Biarritz; sin exageración ni misticismo de ninguna clase, un concierto para la historia. Y dentro de una gira providencialmente bautizada “Alchemy”, para más . Jonathan Wilson había dicho al final de su concierto que Crazy Horse era la “puta mejor banda del mundo”. Eso es simplificar. Pero también lo dice, básicamente, todo.

jueves, 9 de abril de 2015

Peter Brötzmann & Peeter Uuskyla - Born Broke (2006)


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Reseña publicada originalmente en Tomajazz en abril de 2008: 
Peter Brotzmann está en un momento impresionante. A pesar de ser tradicionalmente uno de los grandes free-blowers del jazz europeo, y de la aparente dureza de su música, por todas partes aparecen grabaciones suyas que, si bien no son amables o ligeras, resultan siempre diferentes e interesantes, yendo mucho más allá de tocar fuerte y hasta el infinito.

A pesar de la desaparición de su mejor grupo pequeño (Die Like A Dog), Brotzmann ha sabido montar una serie de pequeñas unidades realmente interesantes para complementar sus grandiosas obras con su Chicago Tentet. Tanto Sonore como su cuarteto con Joe McPhee, la Wild Mans Band o el Full Blast Trio son diferentes caras de una misma personalidad, la del excelente saxofonista alemán. Su capacidad para interactuar con los miembros de estas y otras pequeñas formaciones es la llave para producir música tan diferente con unos y con otros. 

En este caso hay que partir de que el dúo con un batería es, desde su propia concepción, un terreno árido y difícil de afrontar. Además, dada la estética en la que Brotzmann tiende a moverse, esta colaboración con el batería sueco Peeter Uuskyla podría desembocar en una orgía paroxística, agresiva, ruidosa y desbocada. Pues bien, nada más lejos de la realidad; contra todo pronostico, Born Broke es un disco reflexivo, intenso pero contenido y también, aunque de forma muy personal, introspectivo.

En muchos momentos, Uuskyla despliega desarrollos rítmicos continuos y muy sincopados, juega mucho con la intensidad y mantiene en todo momento a Brotzmann paralelo a su propio discurso. Nadie arrastra a nadie, con lo que el dúo resulta muy democrático, pero sobre todo, un alarde de improvisación bicéfala que mantiene el interés del oyente en todo momento.

Born Broke, una vez más, confirma que Brotzmann es una apuesta segura. A veces dura, a veces impactante, pero siempre interesante y creativa. 

lunes, 6 de abril de 2015

Fredrik Nordström Quintet - Live In Coimbra (2005)


Reseña publicada originalmente en Tomajazz en febrero de 2009:
Lo que es la distribución. Siempre he pensado que, si Fredrik Nordström hubiese grabado en sellos con mejor distribución o, al menos, algo más accesibles, estaría mucho mejor considerado. Tampoco es que sea el salvador del saxo tenor europeo pero es, sin ninguna duda, una de las voces más interesantes que vienen del norte. Su estilo conjuga la tradición norteamericana con la sensibilidad europea y, como ocurre con los buenos, es difícil de encasillar. 

Esa resistencia a dejarse definir rápidamente es la que reina a lo largo de su último CD, Live In Coimbra. Con un quinteto de lujo, Nordström ofrece un concierto especial, una de esas actuaciones que se disfrutan de principio a fin y a las que prácticamente no les sobra nada. 

Fredrik Rundqvist y el genial Mattias Ståhl son habituales de Nordström y saben bien lo que se hacen, siendo el contrabajista Torbjörn Zetterberg quien menos destaca dentro del quinteto. Para ser justos, hay que decir en su defensa que, cuando se grabó este concierto, acababa de aterrizar en el grupo para sustituir ni más ni menos que a Ingebrigt Haker-Flaten.

Lo que sería la frontline, formada por Nordström y Mats Äleklint, alcanza momentos verdaderamente gloriosos, tanto como solistas como tocando al unísono. Äleklint, a quién pudimos escuchar en el estupendo Every Woman Is A Tree del grupo Angles, también está de sustitución (reemplazando a Magnus Broo, otro que tampoco es fácil de suplir…), y cubre la papeleta con algo más que oficio. Su tremenda implicación es una de las claves del éxito del concierto. Otra de esas claves es el vibráfono de Ståhl, pero, ¿en qué disco en el que participa no lo es? 

Nordström no sólo tiene una buena banda; tiene buenos temas, las ideas claras y un gran dominio del instrumento. Su estilo multirreferencial puede recordar a Rollins tanto como a Shepp o Ayler, pero tiene un carácter personal que le hace muy interesante. 

La música que estos cinco instrumentistas tocaron en Coimbra aquella tarde de noviembre suena terriblemente espontánea y fresca y, aunque utiliza códigos y lenguajes clásicos dentro del jazz, la sensación de modernidad no se resiente. Verlo en directo debió de ser una gran experiencia. Los demás nos conformamos con escuchar un gran disco, lo que, bien visto, no es precisamente poca cosa. 

jueves, 2 de abril de 2015

Fight The Big Bull - Dying Will Be Easy (2006)


Reseña publicada originalmente en Tomajazz en enero de 2009: 
¡Madre mía, pero esto qué es! Uno cree que conoce, más o menos, a las nuevas voces de la escena y un buen día descubre una banda como Fight The Big Bull. Capitaneada por el guitarrista, compositor y arreglista Matt White, el grupo se presenta con una curiosa instrumentación (trompeta, saxo tenor, clarinete, dos trombones, guitarra, contrabajo, batería y percusión) y un pedazo de disco bajo el brazo. 

Dying Will Be Easy tiene retazos de Mingus, de Ellington, de Carla Bley, de los Lounge Lizards y de Sex Mob, entre otros. Todo ello está comentado con una lucidez pasmosa por Steven Bernstein (que parece una influencia mayor en la música de White) en las impagables liner notes del CD. Pero aquí hay mucho más que influencias. Hay una banda madura, unos arreglos fantásticos y un concepto que, si bien está repleto de tradición, resulta de lo más contemporáneo. 

Además de la pluma de White, hay que destacar la labor de unos músicos sólidos y eclécticos. A algunos de ellos se les puede escuchar en el debut del cantautor indie Josh Small, Tall by Josh Small, y otros llevan mas tiempo en la palestra, como el inquieto batería Brian Jones (un tipo lleno de proyectos) o el excelente saxofonista J.C. Kuhl, ambos miembros de la banda Agents of Good Roots. Entre el punzante contrabajo de Cameron Ralston y la sutil guitarra del líder (más sorprendente e ingeniosa que impresionante), hay un puñado de solos de altura firmados principalmente por Kuhl y Bob Miller. 

Pero Dying Will Be Easy suena colectivo hasta el extremo y es imposible entenderlo como un grupo de voces independientes. La propuesta es fresca y emocionante, y solo se le puede recriminar la corta duración de este debut (algo menos de treinta y dos minutos). Aunque si hubiese durado el doble, probablemente seguiría haciéndoseme corto. 

lunes, 30 de marzo de 2015

Sean Conly - Re: Action (2007)


Reseña publicada originalmente en Tomajazz en enero de 2009: 
El contrabajista Sean Conley comenta en las liner notes de este CD que siempre ha preferido que le contraten por su forma de tocar y su personalidad musical, y no porque le necesiten para cubrir una parte de contrabajo ya definida a la que no va a poder aportar nada. 

Bajo esa premisa, Conley afirma haber construido su cuarteto en base a la personalidad de los cuatro músicos que lo componen, ¡y vaya músicos! Por un lado Michael Attias, saxofonista excepcional que no es desconocido para Clean Feed, puesto que su disco Credo fue publicado por el sello portugués en 2005, resultando una de las mejores grabaciones del año. Después tenemos a Tony Malaby, uno de los mejores saxofonistas del momento que muestra un talento desbordante en cualquier contexto, tal y como demuestra en sus últimos CDs,Tamarindo (clean feed) y Warblepeck (songlines). Por último, Pheroan Aklaff, uno de los grandes baterías vivos y figura mítica por sus colaboraciones con Oliver Lake y Henry Threadgill, entre otros. 

Con una banda semejante es difícil no crear música estupenda, pero es que, además, Conly hace exactamente lo que dice: escribir con la personalidad de sus músicos en la cabeza, casi específicamente para cada uno de ellos. Desde el principio el CD es dinámico y se muestra arriesgado, pero seguro de lo que ofrece; sin abandonar una óptica postfree, la música se mantiene abierta y no suelta el interés del oyente bajo ningún concepto. 

La excitante versión de Dolphy que abre el CD es el aperitivo para 10 originales muy variados que sirven como muestrario de los universos musicales de Conly. Universos que se ven enriquecidos por la enorme complicidad que manifiestan sus compañeros, que dan lo mejor de sí. Desde la empatía de la batería de Aklaff a las posibilidades que despliegan los saxofonistas (ambos doblan instrumento, Malaby tenor y soprano y Attias alto y barítono), todos los detalles sirven para realzar y mejorar uno de los mejores debuts del año. Y tratándose de Clean Feed, ya van unos cuantos. 

jueves, 26 de marzo de 2015

Sten Sandell / Mattias Ståhl - Grann Musik (Neighbour Music) + Elliott Sharp / Scott Fields - Scharfefelder (2007)


Reseña publicada originalmente en Tomajazz en julio de 2008: 
Hacer música en dúo siempre es una práctica dura y complicada. Exige una gran concentración, un conocimiento amplio de quien se tiene enfrente y, sobre todo, una capacidad fuera de lo normal para moldear el propio discurso sin pervertirlo, manteniendo la personalidad sin imponer ni dejarse arrastrar. 

Clean Feed, el valiente sello portugués del que podemos afirmar sin miedo que está entre los mas interesantes de los últimos años, ha editado recientemente dos dúos tan diferentes (¿o no?), que merece la pena comentarlos conjuntamente. Sus factores comunes son la espontaneidad y la falta de barreras para enfrentarse a la creación, pero el acercamiento de ambas parejas musicales a la improvisación tiene enfoques muy diferentes. 

Sten Sandell y Mattias Stahl son dos músicos de sobra conocidos en Suecia, a los que hemos podido escuchar en multitud de proyectos, desde el trío Gush de Mats Gustafsson al cuarteto de Stahl con Joakim Milder, Stahls Bla, por mencionar sólo un par de ellos. El dúo que practican ambos improvisadores tiene poco de eventual y parece que podría tener la continuidad que se merece, dada la impresionante conexión que comparten. 

Grann Musik es una orgía de ideas expuestas, compartidas y desarrolladas en un alarde de comunicación casi insultante. Los temas, aparentemente improvisados en el estudio, se suceden con una calma tensa, dejando que Sandell y Stahl los dibujen pacífica pero definitivamente. 

A pesar de que ambos músicos se sirven de un escueto abanico instrumental (el piano preparado o el glockenspiel aparecen ocasionalmente), no estamos ante un álbum de recursos o de trucos, sino de pura música improvisada. Partiendo de la reflexión y de un enfoque bicéfalo hasta el extremo, la propuesta de Sandell y Stahl es tan absorbente que uno no deja de volver a esta misteriosa música que parece imposible que haya sido creada por dos personas diferentes. 

Algo de ese mimetismo hay en Scharfefelder, el disco a dúo de Elliott Sharp y Scott Fields, dos francotiradores de la escena de Nueva York y Chicago respectivamente, que tienen a sus espaldas décadas de experiencia en frentes muy distintos. Con sólo dos guitarras acústicas, estos dos inclasificables guitarristas se enfrentan a doce temas en los que se dejan llevar el uno por el otro, y viceversa. 

La música aparece con un trabajo de composición previo mayor que en Grann Musik, lo que no quita que el volumen de improvisación sea tremendo. Con seis temas firmados por cabeza, la compatibilidad entre ambos a nivel compositivo es notable (aunque no completa) y el lenguaje de cada uno se deja condicionar sin ningún complejo por el del otro. 

Sin embargo, a pesar del altísimo nivel de compenetración que eso denota, Sharp y Fields juegan a un juego diferente al de los suecos, más peligroso y probablemente más exigente. Acción, reacción, tensión… El choque al que se someten ambos guitarristas hace saltar chispas y provoca en el oyente una desasosegante y placentera sensación de alerta. Desde luego, Scharfefelder no contiene música amable ni conformista, sino desafío en estado puro. La forma que tienen Sharp y Fields de enfocar la música puede resultar árida, pero sin duda es estimulante y un interesante revulsivo en la monotonía acústica que nos rodea. 

Dos dúos, dos propuestas iguales pero diferentes, que nos demuestran que la improvisación está mas viva que nunca, sea con más o menos éxito. Escúchenlo y decidan ustedes. Les garantizo que la experiencia, como mínimo, merecerá la pena. 

jueves, 19 de marzo de 2015

Marcus Printup - Bird Of Paradise: The music of Charlie Parker (2007)


Reseña publicada originalmente en Tomajazz en octubre de 2008: 
Marcus Printup es uno de los Young Lions menos conocidos de los 90; un heredero directo de Wynton Marsalis (con el que puede mimetizarse hasta el extremo) y protegido en su momento de Marcus Roberts. Después de grabar y girar con Marsalis, la Lincoln Center Jazz Orchestra, Carl Allen y el propio Roberts, Printup fue desarrollando una carrera como líder bastante anodina. El chaval tocaba bien, pero sin contar nada nuevo. Uno de tantos.

Printup volvió a captar mi atención como sideman del gran Ted Nash en sus grupos más mainstream, protagonizando momentos estelares en los discos Still Evolved (Palmetto, 2003) e In The Loop (Palmetto, 2006). Después de eso, una vez más volví sobre el trompetista gracias a su anterior CD, Peace In The Abstract (SteepleChase, 2006), que me llamó la atención por la presencia de dos de los mejores músicos del momento: Greg Tardy y Marc Cary. Está claro que Printup sabe rodearse de grandes músicos, pero además de eso, encontré un valor añadido en su carrera mas reciente. 

Aparentemente, después de desligarse de la enorme sombra de Marsalis y Roberts, y de ver como su contrato con Blue Note se perdía en el limbo tras Nocturnal Traces (Blue Note, 1998), el joven trompetista ha ido desarrollando una carrera independiente en la que, dentro de sus posibilidades, intenta expresarse libremente. 

Por supuesto, su enfoque sigue partiendo del neo-hardbop y su intención no parece ser en ningún momento evolucionar o innovar sobre un lenguaje que le gusta tal y como es. En la grabación que nos ocupa, la rítmica japonesa de Peace In The Abstract repite un año después (¿tal vez el disco está grabado en Japón? SteepleChase no da ninguna pista al respecto...) y se mantiene sólida y atenta, cubriendo perfectamente su papel. 

En esta ocasión, tenemos a los saxos al ya mencionado Ted Nash, viejo conocido de Printup y uno de los grandes saxofonistas vivos. Su presencia en Bird Of Paradise garantiza un buen puñado de grandes momentos, que se hacen realidad en cada uno de sus solos. Por si fuera poco, Nash tiene la clase necesaria para improvisar al alto en un homenaje a Parker… ¡Sin emular a Parker en absoluto!

Así que tenemos una buena banda, un repertorio incuestionable firmado en su mayoría por Charlie Parker (incluido el excelente y poco versioneado “Quasimodo”) y un líder con ganas de hacer algo diferente dentro de la tradición. Y aquí viene el elemento diferenciador o, como mínimo, peculiar. Ante la ausencia de piano, el trompetista incluye en varios temas a Riza Hequibal, interprete de arpa que sale del aprieto con toda tranquilidad. En realidad, el arpa sólo le da un color al conjunto y algún que otro solo de lo mas apañado, pero merece la pena escuchar estos temas tocados como siempre, pero diferentes. 

En cuanto al líder, su lenguaje también ha mejorado considerablemente, y da la sensación de que ha alcanzado ese punto tan bueno en el que un solista se toma el tiempo para pensar sus frases y no tocar nada innecesario. Sonando más a Clark Terry y a Fats Navarro que a un paradigma más natural en este proyecto como sería Gillespie, su estilo y sonido parecen estar rozando algo bastante cercano a la madurez. 

Sin ser un disco inolvidable, Bird Of Paradise contiene una cantidad nada despreciable de buenos momentos, y la promesa de que Marcus Printup tiene cosas que decir, aunque sea atrincherado en la tradición. Y eso ya es más de lo que ofrecen muchos.

jueves, 12 de marzo de 2015

Paul Bley - About Time (2007)


Reseña publicada originalmente en Tomajazz en febrero de 2009: 
Después de una obra maestra como Solo In Mondsee, sería muy arriesgado sacar otro disco en piano solo por parte de casi cualquiera; pero Paul Bley es muchas cosas, menos cualquiera.

Por otro lado, Solo In Mondsee se grabó en 2001 y el disco que hoy nos ocupa, About Time, en mayo de 2007. Entre ambos hay tiempo suficiente para justificar una nueva obra aunque, tratándose de Bley, podría grabar a piano solo cada semana y seguiría siendo enriquecedor.

About Time es muy diferente a Solo In Mondsee. No tiene la gravedad, ni la trascendencia, ni el sentido de búsqueda de éste último, pero es un disco enorme que transmite una extraña sensación de cercanía al oyente. Grabado en estudio, uno llega a sentirse junto a Bley, compartiendo un momento de absoluta distensión y comodidad, con el pianista brindando un recital que suena más a confidencia que a concierto privado.

A lo largo de una larga improvisación, Bley despliega toda su maestría con tanto talento como sentido del humor, y se reafirma como uno de los mejores pianistas del mundo y, por supuesto, uno de los grandes nombres vivos del jazz. La segunda pieza, titulada “Encore” (a pesar de que se cita recurrentemente el tema “Pent-Up House” de Sonny Rollins), no es sino la guinda de un disco que, si bien ha pasado un tanto desapercibido entre las novedades del año pasado, podemos afirmar que está muy por encima de las entregas de muchos otros pianistas. Paul Bley, no obstante, no es un pianista cualquiera. 

lunes, 9 de marzo de 2015

Tetterapadequ - And The Missing R (2007)


Reseña publicada originalmente en Tomajazz en febrero de 2009: 
A veces intentarlo es suficiente. El mero hecho de arriesgarse es una recompensa y la búsqueda se convierte en el fin. And The Missing R, el CD que ha sacado el grupo Tetterapadequ recientemente en Clean Feed, es un alarde de búsqueda y de riesgo y, aunque haya momentos de gran irregularidad, la recompensa es real. 

Los miembros del cuarteto están muy compenetrados y se percibe en todo momento una gran atención a lo que ocurre a su alrededor por parte de todos ellos. Los cuatro jóvenes comenzaron a tocar juntos en el club De Pater (Holanda) y su nombre proviene de un acrónimo de “De Pater Quartet” al que le falta la “R” a la que se alude en el título del disco. Desde entonces, han desarrollado una música que debe casi tanto a la composición como a la improvisación y que transita por terrenos muy variados. 

No falta cierto sentido del humor, aunque la intención del cuarteto parece ser alcanzar un horizonte musical que signifique algo, o que tenga cierta trascendencia. Aunque presumimos que no hay un cerebro único detrás de la maquina, destacan inevitablemente el saxofonista Daniele Martini y el pianista Giovanni Di Domenico. Ambos tienen voces interesantes e inquietas, aunque pueden llegar a protagonizar pasajes un tanto exasperantes. 

Con todo, And The Missing R es una grabación estimulante en la que se descubren nuevos matices con cada escucha. Uno de esos discos raros sobre los que me siento incapaz de decidir lo bien que están. Eso si, de bien para arriba, y subiendo. 

miércoles, 4 de marzo de 2015

Simon Jermyn - Simon Jermyn’s Trot A Mouse (2007)


Reseña publicada originalmente en Tomajazz en junio de 2009: 
Reconozco que este disco me ha conquistado desde el primer momento. No solo por contar con dos de los saxofonistas más interesantes del momento, sino porque la música de Simon Jermyn me enganchó rápidamente, sin darme cuenta. 

Creo que propuestas como esta son las que deben dibujar cierto segmento del futuro del jazz. Jermyn es un joven irlandés que parece tener multitud de referentes musicales y eso actúa en favor suyo, dotando a sus composiciones de un carácter muy apto para llamar la atención del oyente con facilidad. 

Mediante un gran sentido de la melodía, los temas de este disco parecen desarrollarse de manera completamente natural, como si los músicos tomaran un motivo muy sencillo y se dejasen llevar por él hasta el final de la pieza. El concepto no es demasiado original, pero está tocado con gracia y con mucho gusto, y eso es suficiente para engatusar al abajo firmante. 

También hay que tener en cuenta que gran parte del éxito de Trot A Mouse radica en Loren Stillman y Chris Speed, dos instrumentistas capaces de levantar un disco con su sola presencia. En un principio podría parecer que el estilo quebradizo del primero y el carácter cerebral del segundo no van a funcionar juntos, pero ambos muestran una gran compenetración, y resulta delicioso escucharles mano a mano. 

Trot A Mouse es un disco de matices y de intensidad creciente; un disco en el que sumergirse despacio para dejar que nos arrastre su envolvente marea. Es mejor no pensar mucho en él y, simplemente, escucharlo. Como con la buena música, vaya. 

lunes, 2 de marzo de 2015

Mario Pavone double tenor quintet - Ancestors (2008)


Reseña publicada originalmente en Tomajazz en febrero de 2009: 
Mario Pavone lleva unos cuantos discos publicados con el sello Playscape, todos muy recomendables. En ellos, la lista de colaboradores habituales del contrabajista es más que destacable: Steven Bernstein, Tony Malaby, Paul Bley, Matt Wilson, Gerald Cleaver, Peter Madsen, Michael Sarin… Nombres que garantizan que el producto que factura Pavone es de mucha categoría y, con toda seguridad, de un alto interés. 

Ancestors, firmado por el Mario Pavone’s Double Tenor Quintet, presenta ocho originales arreglados por Steven Bernstein, Dave Ballou, el guitarrista (y director del sello Playscape) Michael Musillami y el propio Pavone, a razón de dos temas por cabeza. El resultado, un disco redondo y potente que mantiene el nivel de principio a fin. 

Los saxos de Tony Malaby y Jimmy Greene, de raíz bien distinta, se complementan de manera explosiva y son una de las principales claves del éxito del proyecto. El primero, con su sonido carnoso y su estilo impredecible y el segundo, con el tono cálido y musculoso de los tenores clásicos unido al lenguaje post-bop contemporáneo que pocos instrumentistas de su generación dominan como él. Peter Madsen también está en una forma excelente y brinda unos cuantos solos magníficos y Gerald Cleaver sigue tan sólido y atento como siempre. 

Buena banda, buenos temas, el contrabajo profundo y firme de Mario Pavone y la inspiración de maestros como Andrew Hill y Dewey Redman, a quienes está dedicado el CD. Todo esto y mucho más es lo que contiene Ancestors, uno de los mejores discos del año pasado. No se lo pierdan, de verdad. 

jueves, 26 de febrero de 2015

The Larry Coryell Organ Trio - Impressions (2008)


Reseña publicada originalmente en Tomajazz en febrero de 2009: 
Nadie duda de la importancia de Larry Coryell. Sin entrar a valorarlos, muchos de sus discos de los setenta son clave para entender la evolución del jazz y el guitarrista ya no tiene nada que demostrar. Desde hace años, Coryell vuelve una y otra vez a su faceta másbop, que combina hábilmente con el espectro latino cuando es necesario. Probablemente verle en directo sea bastante interesante, pero su producción discográfica tiene muy poco que ofrecer, tal y como demuestra Impressions. 

The Larry Coryell Organ Trio es un grupo de vocación tradicionalista que ofrece una música que va de lo correcto a lo intrascendente y que, en momentos aislados, despega de la monotonía con algunos solos muy ingeniosos. El problema es que todos estos momentos interesantes vienen de mano del organista Sam Yahel, cuya labor en el disco es verdaderamente disfrutable. 

En realidad, el autentico problema es que Coryell no dice nada que no se haya dicho antes y, para colmo, lo dice con muy poco entusiasmo. Su estilo, impregnado de Wes Montgomery hasta rozar el delirio en algunos pasajes, está exento de fuerza y de convicción y disipa una y otra vez el interés del oyente. De Paul Wertico no hay mucho que decir, aparte de que acompaña con oficio, pero con poca convicción. 

En realidad, visto el proyecto ya se intuye por dónde va a ir la cosa, pero un puñado de standards y una formación clásica no condenan un disco al convencionalismo. Soy de los que creen que una versión de “Centerpiece” nunca está de más, venga de donde venga. Veo una versión del “Very Early” de Evans por un trío de guitarra-órgano-batería y se despierta en mí el interés rápidamente. Pero esto suena a música rutinaria tocada de manera rutinaria por músicos que ya no tienen mucho que decir, al menos, en un estudio. 

Para escuchar un gran disco con una formación similar, vayan a por The Wes Montgomery Trio, de 1959, con Melvin Rhyne y Paul Parker. Creo que se parece bastante más a lo que quería hacer Larry Coryell que lo que le ha salido a él. 

otros días, otros discos

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