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lunes, 13 de septiembre de 2010

Diego A. Manrique - Guia del rock para idiotas (13 de septiembre de 2010)

Esta no es la primera ni la segunda vez que cito a Diego A. Manrique, pero podría hacerlo mucho más a menudo sin problema.

Pocos periodistas musicales (éste sí lo es, y con mayusculas) consiguen decir tanto con tan poco. El artículo que transcribo a continuación, publicado hoy en el diario El País, es una buena muestra de ello. No puedo estar más de acuerdo con cada palabra contenida en el texto.


GUÍA DEL ROCK PARA IDIOTAS

Diego A. Manrique 13/09/2010

Un pequeño catálogo de clisés que circulan por el universo musical. El uso reiterado de tres o más avisa que se acerca peligrosamente la calcificación mental. Cuidadín.

- Yo solo escucho música en vinilo. O en MP3 o en cartuchos de ocho pistas (sí, hay gente para todo). No entremos a discutir las ventajas sónicas de uno u otro; mejor, dejemos esas cuestiones a los audiófilos. Lo que realmente importa es el contenido; derivar el énfasis hacia el soporte revela inclinaciones fetichistas.


- Ya no se hace música como en los ochenta. O los sesenta o los cuarenta. Ahora, prácticamente todos los estilos del siglo XX están siendo revividos, con olor a naftalina o con visión actualizada, en analógico o digital. Solo la ignorancia o el conformismo pueden justificar tan audaces afirmaciones.


- A mí, X me gustaba en los primeros tiempos. Traduciendo: "X me valía cuando los conocíamos unos pocos, no ahora que los escucha hasta el frutero". Sin negar que la omnipresencia desgasta el encanto inicial de muchas propuestas, esa frase destapa un secreto del rock: a pesar de su vocación democrática, alienta el implacable elitismo de quienes tienen como principal objetivo vital estar a la última.


- 'Indie' significa "independiente". Eso sirvió en otros tiempos. Hoy, es una estética que se manifiesta en sellos pequeños... y grandes. La financiación de la música -sea por una corporación o por un supuesto mecenas- no determina su naturaleza: hay multinacionales que dejan en paz a determinados artistas y compañías diminutas que insisten en manipular a los creadores.


- Los nuevos modelos de negocio permiten la autonomía del artista. Encomiable en teoría, la práctica obliga al artista a plantearse días de 48 horas. El sistema de la industria musical puede ser detestable pero se ha mantenido durante cien años. Hay razones sólidas para que existan las discográficas, los representantes, los productores y, sí, los encargados de crear contenidos para la Red. Entre otros motivos, para que el gorrión pueda centrarse en lo suyo.


- Las críticas no importan: los artistas no leen.
Efectivamente, algunos artistas leen poco (¡ni siquiera sus propios contratos!). Pero incluso el más analfabeto tiene un prodigioso escáner que detecta su nombre en un mar de letras. Por no hablar de una memoria de paquidermo, que le permite recordar, muchos años después de su publicación, palabra por palabra, cualquier ofensa escrita.


- Los festivales son buenas ocasiones para descubrir música. Aunque el espectador venga predispuesto a las epifanías, lo cierto es que los carteles festivaleros tienden a lo genérico. Los grupos desfilan como aspirantes en una audición, repiten sets reducidos y se marchan ignorando si visitaron Bélgica o Croacia.


- La radio musical no tiene sentido en la era de Internet. La promesa -que no realidad- de la fonoteca universal resulta embriagadora. Lo mismo que la infinita oferta de programaciones de todo el planeta. Sin embargo, ocurre una desconexión de la realidad circundante cuando el oyente abandona las emisoras locales o nacionales. En vez de hacerle parte de una comunidad mayor, su vagabundeo por el mundo digital le convierte en un freak, obsesionado por bandas desconocidas y esclavo de criterios distantes.


- La música debe ser gratis; los artistas ya ganan bastante con el directo. Aún aparcando a aquellos que no pueden o no quieren actuar, pocos artistas aceptan ese trueque. Un efecto de ese desplazamiento del dinero podría ser el bajón en la calidad media de las grabaciones, frecuentemente hechas sin aportación externa en estudios caseros. Menos discutible es la subida atmosférica de las entradas para conciertos, si pueden llamarse así esos espectáculos audiovisuales controlados por un ordenador.



Artículo original publicado en El País

martes, 10 de febrero de 2009

Diego A. Manrique parte II - El 'waterloo' de la industria musical (28 de enero de 2009)

Hace unos días reproduje en este blog un artículo de Diego Manrique en el que se relataba la caída de numerosas tiendas de música. Dos días después, el propio Manrique publicó otro artículo del mismo interés que se me había pasado por completo.

Creo que sirve como excelente complemento al texto que colgué en el blog el 26 de enero, así que lo adjunto aquí:


EL "WATERLOO" DE LA INDUSTRIA MUSICAL
Un libro detalla una década de errores cometidos por las discográficas
Diego A. Manrique 28/01/2009

Nos hemos acostumbrado a leer impávidos las crónicas del desastre de la industria musical, derrotada por las descargas ilegales. Asombra saber que pudo ser de otro modo. El 15 de julio de 2000, hubo una reunión en Sun Valley (Idaho) entre accionistas de Napster, promotores del intercambio de archivos MP3, y los jefes de Universal, Sony y otros disqueros.

Con un año de existencia, Napster se acercaba a los 22 millones de usuarios, todo un fenómeno en Internet; hasta Madonna quería invertir en la empresa. Sin embargo, había sido demandada por la industria de la música grabada. Entre bambalinas, se intentaba llegar a un acuerdo extrajudicial. Tenía sentido: las encuestas revelaban que los adeptos a Napster aceptarían pagar una modesta suscripción mensual. Pero la cumbre en Idaho resultó un fracaso: Napster ofrecía ir a medias con las disqueras, pero éstas exigían más del 90% del pastel.

Las editoras sabían que, con la ley en la mano, eran propietarias de la mayor parte del material que fluía por la Red. Acertaron: pocas semanas después, una juez de San Francisco dictaminaba que no se podía permitir el intercambio de canciones con copyright. Napster se hundió, aunque hubo un intento posterior de relanzarlo como servicio legal. Las discográficas desecharon la oportunidad de subirse a un fabuloso modelo de negocio (y un extraordinario instrumento de mercadotecnia). Pasarían años antes de que la industria musical asumiera las nuevas pautas de consumo y fuera capaz de vender descargas; lo hicieron tan mal que un intruso como Apple se impuso con iTunes y el iPod. Para entonces, se habían multiplicado las redes P2P, habituando a centenares de millones de personas a bajarse música -y películas- gratis.

Es una de las historias ejemplares que cuenta Steve Knopper en el libro Appetite for self-destruction, recién publicado en EE UU. El subtítulo resume su argumento: "El espectacular fracaso de la industria del disco en la era digital". Knopper, redactor de Rolling Stone, no es un fundamentalista que quiera abolir el derecho de propiedad intelectual. Hasta manifiesta nostalgia por los tiempos locos de las disqueras.

Knopper recuerda que la industria vivió años de vacas increíblemente gordas entre 1984 y 2000, gracias a una afirmación discutible y una clara mentira: convencieron al público de que el CD era un soporte superior al elepé y que su fabricación era más cara. Se multiplicó por dos el precio de un lanzamiento y se persuadió al público a pagar el doble por música que ya poseía en vinilo. Además, se desatendió conscientemente el mercado del single (es decir, la canción suelta) para potenciar el disco largo, abundante en rellenos pero más rentable.

La consiguiente lluvia de millones, unida a la euforia desatada por megaéxitos como Thriller, logró que se perdiera todo sentido de la proporción. Se firmaron contratos tan generosos -Prince, REM, Springsteen, el propio Michael Jackson- que resultaban ruinosos si el artista vendía menos de 10 millones de copias de cada nuevo título. La estética dominante fue la de grupos prefabricados de chavales guapitos, muñecas, tenores volcados al pop, raperos de diseño.

En ese proceso, la industria fue enemistándose con los consumidores más exigentes. Hasta los mismos creadores se olvidaron de quién les había colocado allí. Knopper personifica en Metallica la pérdida de contacto con la realidad: contagiado por la histeria desatada por Napster, el grupo fue persuadido para que demandara a los fans que se intercambiaban su música. Desde entonces, el negocio discográfico ha ido encadenando errores que degradan aún más su imagen: saber que en las cárceles españolas están docenas de manteros hace difícil simpatizar con las desdichas de una industria llena de simpáticos pícaros que, por decirlo suavemente, nunca se preocuparon por la moralidad de sus actos.


Artículo original publicado en El País

lunes, 26 de enero de 2009

Diego A. Manrique - Tan listos, tan rencorosos (26 de enero de 2009)

Voy a tomar prestada la voz de Diego A. Manrique (su pluma para ser exactos) y dejar aquí este texto publicado en El País de hoy.

TAN LISTOS, TAN RENCOROSOS
Diego A. Manrique 26/01/2009

El ciberespacio está triturando las tiendas de discos: en pocos días, me entero del colapso de varios establecimientos de los que conservaba gratos recuerdos. En Londres, desaparece Sister Ray, que tenía el stock más ecléctico del Soho. Ninguna broma: en cinco años, las 1.500 tiendas independientes británicas han quedado reducidas a la cuarta parte. Resultado: hundimiento de distribuidoras indies como Pinnacle y asfixia para las disqueras modestas, que se plantean dejar de editar singles físicos, su gran baza en un país donde las listas de éxitos son una pasión nacional. Otros desastres. En Nueva York, anuncian para abril la clausura de la megatienda Virgin en Times Square, tan cómoda por sus horas y su situación. Y un amigo de Barcelona me avisa que la cadena Castelló ha presentado suspensión de pagos.

Intentando confirmar esa última noticia, entro en Internet. Efectivamente, estaba cantado: en un año, Castelló ha perdido el 25% de ventas. El futuro de sus 10 tiendas en Cataluña queda en manos de los acreedores, que pueden aceptar una fórmula de continuidad u optar por liquidar las existencias. Pero la búsqueda me lleva a foros donde se comenta la mala nueva y me quedo boquiabierto.

Se supone que Castelló es una institución barcelonesa: en activo desde 1933, hasta tiene la Medalla de Oro de la Ciudad. Dicen que marcó tendencia en la rehabilitación del Raval al reinventar Tallers como la calle de los discos. Sin embargo, en los foros ni siquiera hallas comprensión por la situación de sus 53 trabajadores; más bien, un deleite no disimulado. Existe una guerra abierta entre la industria discográfica y la gran masa que ha decidido que la música debe ser gratuita. Aunque entienda sus motivaciones, me asombran esos pirómanos que celebran todo lo que signifique dificultades para el negocio musical. Aparentemente, piensan que el cierre de Castelló supone noches de insomnio para Teddy Bautista y Alejandro Sanz.

Se declaran melómanos pero parecen creer que la música brota como las setas, sin necesidad de abono monetario. Para ellos, la industria es un dinosaurio que no supo adaptarse a las nuevas tecnologías y se merece todas sus desdichas: que sufra antes de evaporarse. Pueden ir de ácratas pero ejercen de justicieros del mercado libre, corifeos de la Escuela de Chicago.

Así que los foros se llenan de argumentos demagógicos, de gente harta de "artistas que llevan sus fortunas a paraísos fiscales". Algún listo sugiere que vendan discos de "grupos menos conocidos, de esos que no tienen 20 managers robando". También aparecen los sarcasmos: "Que pidan ayuda a la SGAE, que no sabe qué hacer con los millones del canon". En honor a la verdad, hay atisbos de mala conciencia: los que se escudan en que los dependientes de Castelló eran antipáticos y que tenían precios caros.

Para muchos, me temo que caro y antipático es todo lo que cueste por encima de un CD virgen y obligue a desplazarse: puede que nunca hayan entrado en una tienda de discos ni tengan intención de hacerlo. Se han acostumbrado a disfrutar de la música subvencionada.

Sí, sub-ven-cio-na-da por esa minoría que todavía adquiere discos y así mantiene el tembloroso tinglado de empresas que continúan produciendo música, importando, recopilando y promocionando música.

[Quién necesita a esos musiqueros, oigo teclear: no saben que, zas, todo llega mágicamente a la Red]


Artículo original publicado en El País

otros días, otros discos

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