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martes, 31 de julio de 2018

Hank Jones - In Copenhagen - Live At Jazzhus Slukefter 1983 (2018)


En el centenario del gran Hank Jones, comparto este artículo publicado en la revista Scherzo en su número de abril de 2018 

(pinchar en la imagen para ampliar) 



martes, 26 de septiembre de 2017

Tigran, una nueva estrella del piano (2011)


Artículo publicado originalmente en Muro de Sonido, blog musical de ELPAIS.com, el 26 de septiembre de 2011, a raiz de la publicación de su entonces último disco "A Fable"




Tigran tiene madera de superestrella, aunque eso sea bastante raro de ver en el mundo de la música improvisada. A su favor tiene un indiscutible talento, estética contemporánea, irreverencia juvenil y cierta flema europea de ascendencia folclórica. No es un superpianista vacuo y pirotécnico a la manera de Hiromi ni un pedante gélido de la escuela clásica europea, aunque presente rasgos de ambas tendencias. Su carrera aún está en ese punto en el que puede despegar y alcanzar la estratosfera o estrellarse y hundirse en unos pocos años, pero parece más seguro apostar por lo primero.
Tigran es Tigran Hamasyan, un joven pianista armenio que, con sólo 19 años, ganó la prestigiosa Thelonious Monk Piano Competition de 2006 (quedando por delante de Aaron Parks y Gerald Clayton, segundo y tercer puesto respectivamente) y obtuvo el segundo puesto en la Martial Solal Jazz Piano Competition de ese mismo año (un detalle: Hamasyan ya se había presentado a este concurso en 2002, con 15 años, quedando en tercer puesto, por detrás de Luis Perdomo y del ganador, Baptiste Trotignon).
Ahora, cinco años después de ser catapultado a la primera línea del jazz, Tigran Hamasyan se descuelga con un arriesgado álbum a piano solo, presidido por una portada más propia de un artista de rock y acortando su nombre a un escueto e inconfundible “Tigran”. Normal, porque no hay tantos.

Lo de Hamasyan es pura fuerza. La mayoría le conocimos con New Era (Nocturne, 2008), un disco que mostraba dos cosas de forma inconfundible: que la capacidad de Hamasyan es extraordinaria, y que la contención no es una de sus virtudes. En su siguiente álbum, Red Hail (Plus Loin, 2009), el pianista ahondó en sus raíces musicales mediante un repertorio inspirado en música tradicional europea que, aunque un tanto embrollado, no resultó nada mal.
A Fable mantiene esa osadía (y cierta falta de contención) y se presenta como un disco difícil de catalogar, probablemente por deseo expreso de su autor. Concebido como una obra conceptual, los diferentes enfoques de una pieza u otra se ven apoyados por leves pinceladas de overdubbing, partes vocales e incluso algún efecto de sonido. Eso implica que la producción juegue un papel importante en el resultado definitivo, algo no tan habitual en el mundo del jazz.
El pianismo de Tigran sigue conteniendo los obsesivos ostinatos y la vertiginosidad que le ha caracterizado hasta ahora, aunque A Fable ofrece un plus de madurez y puede ser su mejor registro hasta la fecha. El pianista aún es muy joven, y eso puede jugar en su contra, pero la dirección en la que se mueve no parece ser fruto de la casualidad o de la ausencia de reflexión.
El disco es excesivo, extravagante e irregular –dicho esto como característica más que como crítica– y es innegable que contiene piezas fabulosas, como "A Fable", "Kakavik" o su excelente versión de "Someday My Prince Will Come". Tema a tema, Tigran no renuncia a la música de su tierra ni al jazz, y va diseñando una personalidad a medio camino entre ambas músicas, sonando cada vez más original.
El pasado mes de agosto, el armenio fue portada de la revista francesa Jazz Magazine-Jazzman, a cuenta de un artículo atinadamente titulado “Café, metal, folk y piano” en el que se sometía a un test de escucha a ciegas. En él muestra su pasión por pianistas imprescindibles de ayer y hoy como Thelonious Monk, Duke Ellington, Chick Corea y Jason Moran al mismo tiempo que alaba a bandas tan dispares como los clásicos Black Sabbath o Meshuggah, una de las mejores formaciones de metal extremo del mundo.
Una prueba más de que el jazz del siglo XXI, afortunadamente, no se escribe con el jazz como único referente.

lunes, 31 de julio de 2017

Resumen 52 Heineken Jazzaldia (21 al 25 de julio de 2017)


La semana pasada estuve cubriendo el Heineken Jazzaldia - Festival de Jazz de Donostia San Sebastián para el diario EL PAÍS. Aunque en algún momento publicaré cada pieza en el blog adecuadamente, por el momento dejo aquí enlaces a todas las piezas que he escrito sobre algunos conciertos de esta última edición.

Pincha en el título de cada pieza para leerla. 

La modernidad atemporal (sobre el cuarteto de Wayne Shorter, publicado el 22 de julio de 2017)

El jazz, como Monk manda (sobre el cuarteto de Iñaki Salvador y el dúo de Hiromi con Edmar Castañeda, publicado el 23 de julio de 2017)

En el nombre de John Coltrane (sobre el cuarteto de Charles Lloyd y el supergrupo Saxophone Summit, con David Liebman, Joe Lovano, Greg Osby, Phil Markowitz, Cecil McBee y Billy Hart, publicado el 23 de julio de 2017)

Robert Glasper lo quiere todo (sobre el grupo Robert Glasper Experiment, publicado el 24 de julio de 2017)

Velada antagónica de saxos en San Sebastián (sobre el cuarteto de Donny McCaslin y el grupo de Kamasi Washington, publicado el 24 de julio de 2017)

La resurrección de Herbie Hancock (sobre el quinteto de Herbie Hancock con Terrace Martin, publicado el 25 de julio de 2017)

Memorias de África (sobre Abdullah Ibrahim & Ekaya con Terence Blanchard y Gregory Porter, publicado el 26 de julio de 2017)



viernes, 28 de julio de 2017

Resumen 41 Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz (12 al 15 de julio de 2017)


Hace un par de semanas estuve cubriendo el Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz para el diario EL PAÍS. Aunque en algún momento publicaré cada pieza en el blog adecuadamente, por el momento dejo aquí enlaces a todas las piezas que he escrito sobre algunos conciertos de esta última edición. 

Pincha en el título de cada pieza para leerla. 

Jazz en la cápsula del tiempo (sobre Harold López-Nussa, Larry Carlton y Stanley Clarke, publicado el 13 de julio de 2017)

Thelonious para los amigos (sobre el homenaje 4 by Monk by 4 de Kenny Barron, Cyrus Chestnut, Benny Green y Eric Reed, y el grupo de T.S. Monk con Nnenna Freelon, publicado el 14 de julio de 2017)

Cuando los extremos se cruzan (sobre Linda Oh, el trío de Jean Luc Ponty, Biréli Lagrène y Kyle Eastwood, y Patti Austin, publicado el 15 de julio de 2017)

Una aplastante realidad (sobre el grupo Woman To Woman, liderado por Renee Rosnes y con Cécile McLorin Salvant, Melissa Aldana, Ingrid Jensen, Anat Cohen, Noriko Ueda y Allison Miller, con mención al trío de George Cables con Essiet Essiet y Victor Lewis, publicado el 16 de julio de 2017)



miércoles, 28 de junio de 2017

Christian Scott y la conexión Treme (2012)

Artículo publicado originalmente en Muro de Sonido, blog musical de ELPAIS.com en octubre de 2012
Si ustedes han tenido oportunidad de ver la serie Treme (si no, se lo recomiendo encarecidamente), sabrán que es un colorido mosaico de personalidades, muchas de ellas con un gran componente musical, que confluyen en el Nueva Orleans post-Katrina. Considerada la cuna de varios estilos y una de las capitales musicales del mundo, Nueva Orleans es un escenario ideal para dejar cristalizar fusiones y crossovers, un entorno que, si no realmente mágico (obviemos todo esoterismo), sí tiene ciertos tintes mitológicos en cuanto al desarrollo de la música negra.
En Nueva Orleans, además, se cultiva la estirpe como credencial musical, poniendo un foco virtual sobre quienes portan determinados apellidos. Tal vez no sea tanto una cuestión sanguínea como de pura tradición, macerada y traspasada generación tras generación. La genética confirma que el talento no es hereditario y que la sangre o el origen no predisponen a generar aptitudes musicales de ningún tipo pero, el entorno es, sin embargo, un condicionamiento enorme. La mejor forma de que una persona desarrolle su potencial respecto a la música es hacer que se críe entre ella, rodeado de músicos en un ambiente creativo.
Eso es lo tuvo el joven Christian Scott, un entorno privilegiado. Como uno de los protagonistas de Treme, el trompetista Delmond Lambreaux (Rob Brown), se crió en ese Nueva Orleans que sigue siendo considerada la cuna del jazz. Scott, sin embargo, representa la nueva generación de una ciudad cuyos mayores exponentes jazzísticos siguen siendo conservadores neoclasicistas (capitaneados por los omnipresentes hermanos Marsalis). Con su último disco, “Christian aTunde Adjuah”, el trompetista cierra un círculo familiar que tiene en Treme cierta representación: empezó hace 20 años en Nueva York y culmina hoy, con algunos personajes de la serie y el paso adelante de un joven músico que, con todo el respeto por la tradición de la ciudad que le vio nacer, pretende seguir avanzando hacia el futuro. ¿Y qué tiene que ver el último disco de Scott con Treme? Aquí van las claves.
Delmond & Donald Harrison







En la segunda temporada de la serie (intentaré no destripar nada demasiado importante) el ya mencionado Delmond Lambreaux tiene una epifanía que le lleva a intentar desarrollar un experimento: juntar la tradición musical de los jefes indios del Mardi Gras con el jazz contemporáneo que practica con su grupo. Obsesionado con esa idea, convence a su padre, Albert Lambreaux (Clarke Peters), de que aporte las partes vocales de la tradición festiva, formando para la ocasión un grupo estelar en el que figuran Donald Harrison (otro hijo predilecto de la ciudad), Ron Carter, Carl Allen y el famoso Dr. John, buque insignia, a su vez, de la música de la ciudad. A lo largo de la temporada se les ve grabar en repetidas ocasiones el tradicional “Hu-Ta-Nay” con un arreglo jazzístico y un infeccioso ritmo característico de Nueva Orleans.
Feels-like-rain-04-1024







En la serie plantean la idea como algo novedoso, una especie de fusión inexplorada, pero nada más lejos. Hace más de 20 años, en mayo de 1991, se grabó esa misma versión de “Hu-Ta-Nay” en los BMG Studios de Nueva York, con el histórico ingeniero Malcolm Addey a los mandos. El líder de la sesión y promotor original de la idea (en quien se basa el personaje de Delmond) no era otro que el propio Donald Harrison, que se interpreta a sí mismo en Treme, haciendo de cómplice del proyecto del joven Delmond (en una escena cargada de ironía, Delmond le dice a Harrison “no entiendo cómo no se le había ocurrido a nadie antes”). Como los personajes de la serie, Harrison permaneció en la ciudad tras la tragedia, y nadie mejor que él representa la determinación de una ciudadanía desmantelada que, sin embargo, no está dispuesta a rendirse. Pero el guiño no acaba ahí: el batería de la sesión original, Carl Allen, es el mismo que aparece en la serie y quien cantaba el tema era precisamente Dr. John, que en la serie participa como pianista. Junto a Dr. John, la voz principal en el disco original era, como en Treme, la del padre del líder: “Big Chief” Donald Harrison Sr. Así, el paralelismo se completa: el disco que graban Albert y Delmond Lambreaux en la serie fue grabado por Donald Harrison padre e hijo veinte años antes; y se llamó “Indian Blues”.
Donald-harrison-1992












Publicado originalmente por el sello Candid, en su portada aparecía el saxofonista ataviado con uno de los aparatosos trajes que lucen los jefes indios en el Mardi Gras, y llevaba el subtítulo “Mardi Gras Indians – The Guardians Of The Flame”. El disco, aunque interesante, no supuso la revolución que pretenden los personajes de Treme, pero rendía homenaje a la tradición y conciliaba esa distancia generacional que tan bien se explota en la relación entre padre e hijo en la serie.
¿Y qué tienen que ver Christian Scott y su nuevo disco con todo esto? Para empezar, Scott es sobrino de Donald Harrison Jr. y este fue, a su vez, su padrino musical, ofreciéndole la oportunidad de grabar a su lado cuando el trompetista sólo tenía 16 años. Primero en “Paradise Found” y después en el bizarro “Kind Of New”, reinterpretación del histórico “Kind Of Blue” en el que el joven trompetista se puso, sin titubear, en los zapatos del bueno de Miles Davis. Desde entonces, Scott ha desarrollado una activa carrera a base de ensayo y error, apostando por una estética moderna e influenciada por elementos ajenos al jazz que, cuando parecía que ya no daba más de sí, siguió afianzándose hasta instaurarse como un estilo muy personal.
Tras sus primeros pasos como líder, el pretencioso y fallido “Anthem” dio paso a la reivindicación de su proyecto en directo (“Live At Newport”) el boceto de madurez en “Yesterday You Said Tomorrow” y la culminación de todo su trabajo previo con “Christian aTunde Adjuah”, un mastodóntico doble CD que sitúa a Scott como una de las figuras del jazz de principios de siglo.
Scott sólo pretende ser fiel a sí mismo y al camino que ha elegido para expresarse. Asimila la tradición como una gran construcción sobre la que los músicos jóvenes deben seguir construyendo. Afirma que lo que hace es inherentemente jazzístico, pero no exclusivamente jazzístico. Habla de descripción y no de definición, puesto que esta última acota el objeto de estudio mientras que el anterior enfoque parte de la observación y admite su evolución. Así se presenta la música contenida en “Christian aTunde Adjuah”, como un compendio evolucionado de los planteamientos de su música hasta el momento, una recapitulación coronada por el inconfundible estilo del trompetista, entre el susurro de su tono y la intensidad casi dolorosa con la que afronta sus solos. 
Cuando Donald Harrison grabó su “Indian Blues” pretendía fusionar dos conceptos tradicionales para crear algo novedoso. Scott, por su parte, asimila lo que le rodea para entregar una música que se genera en su totalidad a partir de su propia persona. Jazz de autor en su máximo esplendor. Es difícil saber cómo tratara el paso de los años a sus planteamientos, pero nadie ha hecho historia en la música siendo precavido o jugando sobre seguro.
C. scott












Christian Scott cierra el círculo con un doble homenaje. En la portada de su último disco, como en el “Indian Blues” de su tío Donald, el trompetista luce orgulloso un traje indio del Mardi Gras mientras que la dedicatoria del álbum sentencia el relevo: “A la memoria de Clyde Kerr Jr. y Big Chief Donald Harrison Sr., familia, mentores y amigos. Me ayudasteis y enseñasteis a ser el heroe de mi propia experiencia, y por eso siempre estaré en deuda con vosotros”. En el jazz, la determinación del individuo es quien empuja la evolución.
Y mientras el viejo jefe indio se sumerge en la noche, entonando viejos cánticos tribales, la nueva música emerge, luminosa e incontenible. 

domingo, 4 de junio de 2017

jueves, 16 de abril de 2015

Donde vive la música

Texto publicado originalmente en Mondo Sonoro en abril de 2014, a cuenta de la celebración del Record Store Day (concretamente en Bilbao, aunque en general).
El próximo sábado hay una nueva cita con este evento mundial. Ve a una tienda de discos independiente y compra un disco. 


La gente suele preguntar, incrédula, si todavía se venden discos. En concreto, se preguntan si se venden fuera de esos zocos masificados y/o virtuales que pretenden erradicar el comercio independiente a golpe de cuota de mercado. Los discos, sí. Esas cosas redondas hechas de vinilo o de policarbonato y aluminio que, antes de internet, nos hicieron disfrutar tanto. Ahora siguen haciéndolo, aunque más discretamente, como tantas otras cosas que forcejean entre la obsolescencia y los vertiginosos cambios en nuestro consumo de ocio. Pero sí, aún se venden discos y, lo que es más sorprendente aún, se venden en tiendas independientes. Algunas llevan ahí toda la vida y han sabido capear el temporal de un mercado que se desmorona por momentos, y otras están emergiendo en la aridez de esa situación para colmar los anhelos de un público reducido, pero hambriento de música como dios manda.

Para celebrar esa vigencia se celebra el Record Store Day, un evento mundial centrado en el papel de la tienda independiente como espacio definitivo en el mundo del disco, que incide particularmente en la lenta pero firme resurrección del vinilo. Desde hace unos años, el RSD también se celebra en España, con decenas de tiendas participantes que venden ediciones exclusivas y organizan toda clase de eventos para la ocasión, desde sesiones de DJ a conciertos especiales. En Bilbao, una ciudad con muy pocas tiendas respecto a su volumen de población, el RSD de este año contó con actuaciones de lujo en dos tiendas, una veterana (Power Records) y otra recién nacida (La Casa de Atrás).

A lo largo de todo el día se sucedieron conciertos como los de Joseba B. Lenoir, We Are Standard, Francis (Doctor Deseo), Tremenda Trementina y Moon's Paranoid Weirdness en Power Records y Rubia, Santi Delgado y Dr. Maha en La Casa de Atrás. Programación y nivel que ya querrían para sí unos cuantos festivales, y que pusieron el foco sobre esos supervivientes de la debacle de la industria discográfica, esos melómanos convertidos en currelas del disco que siguen representando lo mejor que trajo la comercialización del soporte musical. Todo ello, por supuesto, gracias a la colaboración desinteresada de los artistas, transeúntes a su vez de cubetas y estantes de tienda de discos, que se prestaron a tocar en ellas por puro amor al concepto de las mismas. Tiendas que el resto del año siguen ahí, como trincheras culturales en las que unos cuantos aún pasan horas buceando entre discos en busca de ese objeto redondo y magnífico que, ya en su casa, le dará un poco de felicidad de cuando en cuando. De eso se trata, ¿no? 

jueves, 3 de noviembre de 2011

Wovenhand: la llamada de la tierra (2 de diciembre de 2010)



Artículo publicado originalmente en Muro de Sonido, blog musical de ELPAIS.com, el 2 de diciembre de 2010

Quienes vieron a Wovenhand (también escrito Woven Hand) en alguna pequeña sala durante su gira de presentación del álbum Ten Stones (2008), hablan de una experiencia única, de un concierto imposible de describir. Dos años después, con su flamante nuevo disco bajo el brazo, Wovenhand regresan a los escenarios españoles para mantener esa leyenda, y lo harán en cuatro fechas repartidas a primeros de diciembre: sábado 4 en Bilbao (Kafe Antzokia), miercoles 8 en Valladolid (Asklepios), jueves 9 en Madrid(Caracol) y viernes 10 en Barcelona (La [2] de Apolo).
The Threshing Floor, aparecido hace unos meses, bien podría ser el mejor disco de Wovenhand. En él se conjugan todas las constantes de la música de su líder y frontman David Eugene Edwards, auténtico motor de la banda y ex cantante de otra que merece la pena reescuchar: 16 Horsepower.
No es extraño, por tanto, que haya un poderoso nexo estilístico entre Wovenhand y 16 Horsepower, ya que los primeros nacieron en 2001 a raíz de una pausa en la actividad de los segundos. Cuando los Horsepower se disolvieron en 2005, Wovenhand quedó como único receptor de las creaciones de Edwards y, poco después, lo que era un proyecto personal se convirtió en el heredero de 16 Horsepower, con la entrada en Wovenhand de uno de sus miembros fundadores, Pascal Humbert.

Wovenhand
 suenan diferente a casi todo. La suya es una música indomésticable, primaria, terriblemente oscura y difícilmente asociable a un momento o un lugar. Parece surgida de las montañas de Colorado, su lugar de origen, nacida entre la inhospita aridezdel suelo rocoso, como una hierba mil veces extinguida y mil veces renacida. Sobre uno o dos acordes tocados de forma obsesiva construyen miles de detalles, una maraña de sonidos que envuelve la chamánica voz de Edwards en un alarde de intensidad contenidae hipnótica.
Es música muy personal que se resiste a la clasificación, creada a partir de la unión del country alternativo, el post punk, el folk o los cantos tradicionales nativos americanos. Se le pueden sacar referentes, aunque ninguno determinante. En el lado más evidente estaría el aspecto más rural de Mark Lanegan o el más tenebroso de Nick Cave, pero también se perciben retazos de la Velvet Underground, las bandas británicas más oscuras de los 80 y una especie de neofolk industrial (por llamarlo de alguna forma delirante) que parece maldecir a todos las bandas adscritas a la absurda etiqueta de “americana”.
The Threshing Floor es un disco en el que sumergirse, dejándose arrastrar por su espiritualidad y por los arrebatos casi hímnicos de Edwards y los suyos. Debido a su condición independiente, que no Indie (lo publica el sello Sounds Familyre), no es muy probable que lo veamos en muchas listas de lo mejor del año, aunque virtudes no le faltan.
Por otro lado, esta es una de esas bandas que pierden fuerza en grandes escenarios o festivales, con lo que merece la pena verles en situaciones reducidas, al calor de una pequeña sala que les permita alcanzar esa conexión mística con el público. Si en estudio le dejan a uno sin aliento, imagináoslo en directo.

martes, 11 de octubre de 2011

Pero, ¿todavía quedan tiendas de discos? (16 de abril de 2011)

Un artículo especial, que escribí en un momento especial y que recupero en un día especial. Se publicó originalmente el día internacional de las tiendas de discos independientes de 2011, en la web del diario El País. Y hoy me ha parecido el mejor día para publicarlo en este humilde blog.

Pero, ¿todavía quedan tiendas de discos?

Por: Yahvé M. de la Cavada

RecordStoreDay

Nunca me han gustado los eventos del tipo “el día de”. Siempre acaban pareciéndome reduccionistas y condescendientes, como si estuviesen diseñados para saldar una supuesta deuda social con la minoría o colectivo que toque en cada momento. Celebrar “el día” de algo provoca automáticamente la sensación de tachar una tarea del cuaderno de deberes hasta el año que viene. La intención original, muy probablemente, no es esa, sino agitar a la ciudadanía en busca de compromiso, colaboración o, en última instancia, comprensión. Sobre el papel, fantástico.

Pero esas fechas dejan en evidencia a una sociedad que presume de moderna y avanzada, para después señalar en el calendario un día (¡uno!) con obviedades como que la mujer trabaja y debería hacerlo bajo las mismas condiciones que el hombre, que los homosexuales tienen (o deberían tener) los mismos derechos y deberes que cualquier ciudadano o que el hambre en el tercer mundo es una vergüenza para el primero. Esos días, que atraen sus sujetos a la prensa durante unas horas, son una pátina de compromiso para el viandante que sólo quiere trabajar, consumir, ver la tele y que le dejen en paz. El día de “X”, pegatina en la solapa, un enlace en Facebook, unos minutos de charla durante el café, y a otra cosa.

Todo esto viene a algo mucho menos trascendente que lo mencionado anteriormente, así que, perdonen el atisbo de comparación, porque no pretendía ser tal. La cuestión es que hoy se celebra por primera vez en España el Record Store Day, un evento mundial promovido por tiendas de discos independientes de todo el mundo, en general, y de Europa y EE.UU. en particular. Esta celebración no es más que una pequeña mano agitándose entre la multitud en busca de atención, frente a un mundo que, cada día más, se pregunta: “pero, ¿todavía hay tiendas de discos?”.

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Las hay, cada vez menos, pero las hay. Ahora son pequeños oasis para aficionados muy concretos y muy poco numerosos: los que compran música. Para ser exactos, hay que decir que, tal y como ocurre con los libros, cómics y películas (DVDs, Blu-Ray, etc), donde realmente se venden es en almacenes y grandes superficies. La sociedad española está copiando lo peor de los hábitos de consumo americanos y evitando lo mejor, esto es, el respeto y apoyo a los negocios independientes. La figura de la librería ha desaparecido en prácticamente todas las ciudades de nuestro país, dejándonos a merced de grandes cadenas y supermercados del ocio. La librería especializada sobrevive a duras penas porque su producto, y su cliente, son mucho más específicos que el de la literatura general o el cine. Pero la tienda de discos es otra cosa.

Es el comercio tradicional más afectado por la piratería (al fin y al cabo, nunca hubo muchas tiendas centradas exclusivamente en la venta de películas) y el elemento de la industria más ninguneado. El defensor férreo de la música libre en Internet tiende a olvidar la tienda porque, aparentemente, es un organismo obsoleto en la comercialización musical del siglo XXI. Su función está directamente relacionada con la vigencia de los formatos físicos, y todos sabemos cómo está ese asunto. Así que, si nadie (la nueva forma de decir “muy poca gente”) compra discos físicos, y las tiendas parecen pertenecer al siglo pasado, ¿qué sentido tiene hacer un día de la tienda de discos? ¿No viene a ser como celebrar el día del radiocasete?

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Lo que intentan los implicados en el Record Store Day es captar un poco de atención sobre su maltratado y diezmado sector, ahora reducido a coleccionistas, modernos, frikis (en el mejor sentido de la palabra) y un tipo de cliente romántico que se aferra al formato físico como parte de su identidad musical. El lema de la iniciativa, ampliado mediante decenas de declaraciones de músicos y personalidades de la industria, colgados en la web oficial del evento, se puede resumir en estas palabras: “apoya a tu tienda de discos; comprar discos, viéndolos, tocándolos, es un acto que da otra dimensión a la música; es orgánico, es real y, además, está (casi) de moda”. Pero estos argumentos no tienen pinta de ir a convencer nadie más que a los ya convencidos, que serán quienes celebren, a la postre, el Record Store Day.

Lo más significativo del evento es la aparición de multitud de ediciones limitadas en vinilo (7’’, EPs, LPs) a cargo de tiendas y adheridos que las venderán exclusivamente en tienda física, con el compromiso de evitar que se especule con ellas en Internet u otras plataformas. Dichas ediciones tienen el objetivo de atraer público a las tiendas en busca de un producto especial y exclusivo. Sin embargo, hoy en día, ¿no podríamos considerar especial y exclusivo la propia existencia del disco físico? En una semana en la que muchos usuarios se lamentan de que Spotify limite su oferta gratuita (rasgándose las vestiduras ante la posibilidad de desembolsar diez euros mensuales por su versión Premium) es difícil creer que la gente empezará a transitar las tiendas de discos otra vez. Por eso el Record Store Day y sus ediciones limitadas ahondan, seguramente sin pretenderlo, en ese malditismo al que se ha visto abocado el sector en los últimos tiempos. Hecho por unos pocos y dirigido a unos pocos. Exclusivos y marginales, las dos caras de una misma moneda.

Championship-vinyl

El balance no sólo no es positivo, sino completamente descorazonador. Aún siendo empresas con fines comerciales, las tiendas son a la música lo que las salas al cine. Han sido –son– los lugares, los puntos de encuentro, las fuentes originales de la creatividad musical envasada. Y se merecen, como poco, un poco de respeto y una oportunidad. El Record Store Day tiene su punto, de eso no hay duda, y es positivo que por fin se haga en España. Pero lo importante es que no llegue el día en el que la gente se pregunte “¿te acuerdas de cuando había cines y tiendas de discos?”.

Así que, comete una locura. Vete a una tienda independiente y compra un disco. Una vez al año no hace daño, dicen.

Yahvé M. de la Cavada, 2011


Puedes leer la publicación original pinchando AQUÍ.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Charles Mingus - The Complete 1960 Nat Hentoff Sessions (1960)

Extraído de mi reseña para Cuadernos de Jazz:

"Las grabaciones que Mingus hizo para el sello Candid siempre han sido consideradas, hasta cierto punto, una obra menor. Su situación cronológica, su aspecto circunstancial y la forma en la que el sello desperdigó sesiones en diferentes álbumes son un peso que dejan a este material en evidencia frente a sus etapas en Columbia y Atlantic.

Las dos sesiones contenidas en este triple cedé sirvieron para llenar casi cinco discos: Charles Mingus Presents Charles Mingus, Mysterious Blues, Mingus y Reincarnation of a Love Bird (a nombre del contrabajista) y el colectivo Newport Rebels, que se completó con dos temas grabados por un All-Stars de músicos cabreados por la política del festival de Newport (cómo ha cambiado todo, ¿eh?). Esos dos temas están incluidos en el segundo CD de esta edición, para así completar el material editado originalmente en Newport Rebels. El resto es una sospechosa copia de la caja que sacó Mosaic en 1989 bajo el nombre The Complete Candid Recordings of Charles Mingus, ahora renombrado como The Complete 1960 Nat Hentoff Sessions.




Fue Hentoff, efectivamente, quien invitó a grabar al contrabajista en ese pequeño sello, ofreciéndole libertad creativa absoluta. Mingus había tocado unos meses antes en el festival de Antibes (años después Atlantic editaría esa actuación, que sigue siendo uno de los directos más importantes de la historia), demostrando que, si algo necesitaba, era libertad.

La primera sesión para Candid reunió a un cuarteto formado por Eric Dolphy, Ted Curson, Mingus y su inseparable Dannie Richmond, y produjo Charles Mingus Presents Charles Mingus, un álbum que, de haberse grabado un año antes, podría haber sido el cuarto elemento de ese triunvirato Kind of Blue-Giant Steps-The Shape of Jazz to Come que dio la vuelta al jazz en 1959. Sólo por mantener esa grabación en el mercado, ya merece la pena alabar esta edición.

El resto de material es excelente también, con menos altibajos de lo habitual en cualquier integral. Esta música es reflejo de una época en la que el jazz se revolvía, moviéndose hacia delante y negándose a soltar el pasado. Mingus mantenía un pie en la vanguardia y otro en Ellington, Parker o Monk, siempre honesto, siempre desafiante.

La leyenda dice que Jo Jones amonestó en su momento a Charlie Parker por su forma de tocar. Veinte años después, Mingus puso a tocar a Jones junto Eric Dolphy, añadiendo a Roy Eldridge a esa imposible fórmula. Y funcionó, vaya si funcionó.
"


Puedes leer la publicación original pinchando AQUÍ.

domingo, 28 de agosto de 2011

Una de cal, dos de arena (David Binney + Kyle Eastwood + Nigel Kennedy, 35 Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz, 13 de julio de 2011)

Recupero otro texto publicado con motivo del pasado festival de jazz de Vitoria-Gasteiz, aparecido originalmente en el periódico Gara:


Una de cal, dos de arena
David Binney + Kyle Eastwood + Nigel Kennedy
35 Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz
13 de julio de 2011

La sección que tiene lugar cada tarde en el Teatro Principal de Gasteiz se llama «Jazz del siglo XXI», un nombre un tanto osado para venir de un festival que reconoce abiertamente su conservadurismo. Aún así, cada año podemos encontrar un par de actuaciones programadas al abrigo de esta sección que merecen ese lema presidiendo la marquesina.

En la edición de 2011, tal vez nadie pueda lucir esa insignia con más orgullo que el saxofonista David Binney, figura imprescindible de la escena neoyorquina que, debido a su escasa popularidad en nuestro país, aún tiene que vérselas con el sambenito de «joven valor». El propio programa del festival le presenta como «uno de los jóvenes músicos de jazz más prolíficos de hoy en día», para después destacar como elementos significativos en su carrera un par de colaboraciones que poco tienen que ver con la trayectoria del saxofonista. Vamos, como si yo les hablo de Bob Dylan y lo único que menciono es que una vez tocó para el Papa.

Ya que uno no se puede fiar de los folletos promocionales, digamos, sin entrar en más detalles, que el «joven valor» (de 50 años de edad) es uno de los saxofonistas norteamericanos más importantes y avanzados de su generación. Su carrera siempre ha sido honesta y coherente, cimentada sobre sellos independientes, autoedición y el reconocimiento y admiración de músicos y crítica. Llegar al público mayoritario desde las trincheras del jazz es más complicado, aunque David Binney tiene la virtud de que, cuando uno le escucha por primera vez, enseguida toma nota de su nombre.

La música que interpretó en directo fue espontánea y con un alto nivel de exploración, basándose en ritmos y armonías mu
y complejas o muy sencillas, dependiendo del tema. Su mayor apoyo fue el fabuloso baterista Dan Weiss, aunque el auditorio también ovacionó generosamente al jovencísimo pianista John Escreet. En total, noventa minutos de jazz puro y moderno que satisfizo a los seguidores del saxofonista y que, muy probablemente, grabó su nombre en los cerebros de cada espectador no familiarizado con él.

Tras semejante muestra de jazz de élite, el doble programa que nos encontramos en Mendizorroza fue como conducir un coche por Australia: kilómetros y kilómetros de carretera en línea recta, sin giros, si
n cambios en el paisaje y con el peligro acechante de dormirse al volante en cualquier momento. Los reclamos eran el nombre (más bien el apellido) de Kyle Eastwood y el excéntrico violinista clásico reciclado al jazz Nigel Kennedy, pero ninguno de los dos pudo impedir que el pabellón se quedase a poco más de la mitad de aforo.



Eastwood es un bajista y contrabajista muy competente que practica un jazz amable e inofensivo que podríamos calificar de light. Tanto él como su banda se defienden y, no sé, tocan bien, pero resultan tan tibios que no hay manera de engancharse a su música. Por mucho que algunos sectores de la prensa se esfuercen en mostrarle como algo independiente de su progenitor, si el chaval no se apellidase Eastwood su carrera nunca hubiese ido más allá del mero acompañamiento a músicos con algo más interesante que ofrecer.


Nigel Kennedy vivió un momento muy dulce en el mundo de la música clásica hace unos cuantos años, pero recientemente ha dado un giro hacia el jazz inexplicable desde el punto de vista económico (todo el mundo sabe que el jazz es una ruina) y en pos, con toda seguridad, de una afición personal. Muchos asocian el virtuosismo al jazz (como si fuese algo inherente al estilo, y nada más lejos), lo que no quiere decir que porque uno sea un virtuoso será un gran intérprete de jazz. Kennedy es un gran virtuoso, de eso no hay duda, pero en su concierto planteó una música que se apoyaba en ese hecho, sin contar con que ni sus intervenciones, ni su banda -plana y funcionarial-, tuvieron demasiada sustancia. Buenas intenciones, pero poco alma.


El alma se había quedado en el concierto de David Binney.


Yahvé M. de la Cavada, 2011


Nota: Pinchando AQUÍ o en la imagen puedes ver la publicación original del texto en la web del periódico. Al final de la misma hay un texto promocional con lo que se podía ver el mismo día de la publicación, y que no está escrito por mí, por supuesto.

sábado, 20 de agosto de 2011

Ayer, hoy y mañana (Michel Portal + Dr. Michael White + Trombone Shorty, 35 Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz, 12 de julio de 2011)

Recupero otro texto publicado con motivo del pasado festival de jazz de Vitoria-Gasteiz, aparecido originalmente en el periódico Gara:


Ayer, hoy y mañana
Michel Portal + Dr. Michel White & The Original Liberty Jazz Band + Trombone Shorty & Orleans Avenue
35 Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz
12 de julio de 2011


Así podríamos resumir lo vivido ayer en el 35 Festival de Jazz de Gasteiz, en tres conciertos que fueron del neoclasicismo radical de Michael White a la perenne modernidad de Michel Portal, con parada en la onda bailonga y actual de Trombone Shorty. Portal, hijo predilecto de Baiona y uno de los grandes del jazz europeo de todos los tiempos, no necesita mucha presentac
ión. Su compromiso con el jazz y la música libre siempre ha ido por delante y es sabido que en un concierto suyo el riesgo, el buen gusto y la música de altura están garantizados.

En esta ocasión venía acompañado de un grupo de jóvenes estrellas del jazz (aunque falló el contrabajista Scott Colley) que lucieron tanto, o quizá más, que el propio líder. A saber: Bojan Zulfikarpasic, habitual de Portal, es desde hace años uno de los grandes del piano europeo, y Nasheet Waits demostró una vez más por qué algunos creemos que es uno de los mejores bateristas de jazz del mundo.


El joven Ambrose Akinmusire, excepcional a lo largo de todo el concierto, está llamado a convertirse en el trompetista de moda y, de hecho, más de un espectador iba a verle específicamente a él. Puestos a comentar, Portal estuvo algo más atinado con el clarinete bajo que con el saxo soprano; pero es un maestro, y eso se le nota en cada gesto. Nada que ver con lo que vino después.



En Mendizorrotza nos encontramos con dos propuestas salidas de Nueva Orleans, ambas muy diferentes. Complementarias o antagónicas, eso depende del oído con el que se escuchen. Abrió la velada el grupo del clarinetista Michael White, habitual del festival en otros escenarios, normalmente gratuitos y, tal vez, menos exigentes.
White es una figura importante y recurrente en lo suyo, aunque quizá más por estar que por ser. Me explico: es amigo de la familia Marsalis y su nombre se oye constantemente entre los revivalistas del dixieland y el jazz tradicional de su ciudad, pero, en realidad, ni es un gran clarinetista ni un músico sobresaliente.

Su mayor virtud radica en su origen, en que, mejor o peor, es un neorleanés de pura cepa y su música es genuina y real. Nadie puede transmitirla con más convicción que él, porque lleva siendo parte de su vida desde su infancia. Eso le convierte en embajador musical de excepción, pero no necesariamente en un tipo genial.


Su concierto en el festival fue tan ortodoxo que en seguida se volvió ligeramente plomizo. Por supuesto, es virtualmente imposible alcanzar el nivel de clásicos como Louis Armstrong, Sidney Bechet, Kid Ory o Johnny Dodds, pero esa música se puede tocar con algo más de gracia y entrega a cómo lo hace el grupo de Michael White.


El joven Trombone Shorty, afincado también en Nueva Orleans, parte de un concepto musical muy diferente. Es trombonista, trompetista y cantante, y predica una diversidad musical amplia, que luego no lo es tanto, aunque mucho más que la de su predecesor en Mendizorroza.

Su terreno natural parece el funk jazzificado, y en varios momentos de su actuación vino a la cabeza -salvando las distancias- la música de Defunkt, el fabuloso grupo que formó hace treinta años el también trombonista (y hermano de Lester Bowie, del Art Ensemble Of Chicago) Joseph Bowie. Vamos, que lo que hace Trombone Shorty no es el colmo de la originalidad, pero funciona. El joven demostró ser un gran instrumentista y dominar el escenario en un show que, si bien algo reiterativo, resultó bastante más exitoso y animado que el de Michael White.


También hubo coincidencias, porque las raíces no perdonan: ambos grupos tocaron el clásico «St. James Infirmary» (el primero desde la tradición y el segundo, con aires latinos) y también ambos citaron al gran Cab Calloway para hacer cantar al público. Y es que, el protocolo del show es inquebrantable.


Yahvé M. de la Cavada, 2011


Nota: Pinchando AQUÍ o en la imagen puedes ver la publicación original del texto en la web del periódico. Al final de la misma hay un texto promocional con lo que se podía ver el mismo día de la publicación, y que no está escrito por mí, por supuesto.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Química y química (Jeremy Pelt + Danilo Perez + Herbie Hancock / Wayne Shorter / Marcus Miller, 16 de julio de 2011)

Recupero otro texto publicado con motivo del pasado festival de jazz de Vitoria-Gasteiz, en esta ocasión sobre Jeremy Pelt, Danilo Perez y el "Homenaje a Miles Davis", perpetrado por un all-stars capitaneado por Marcus Miller y con Herbie Hancok y Wayne Shorter como principales reclamos; el texto apareció originalmente en el periódico Gara:


Química y química
Jeremy Pelt Quintet + Danilo Perez Trio + Herbie Hancock / Wayne Shorter / Marcus Miller: Homenaje a Miles Davis
35 Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz
16 de julio de 2011

El quinteto de Jeremy Pelt es una de las formaciones más interesantes del hard bop en los últimos años. Heredero directo de aquel portentoso segundo quinteto de Miles Davis (con Wayne Shorter, Herbie Hancock, Ron Carter y Tony Williams), como lo fueron en su momento el de Wynton Marsalis, el del alumno predilecto de Miles, Wallace Roney, o el que co-lideraron Donald Harrison y Terence Blanchard. Pelt ya lleva unos años dando guerra y, hace unos pocos, formó su quinteto estable con cuatro músicos estupendos, la mayor parte de ellos líderes de sus propias formaciones. Un grupo de élite, en definitiva, al que en Gasteiz le faltaron un par de cosas: la primera, el pianista Danny Grissett, que fue sustituido (con nota, eso sí), por el también brillante David Bryant; la segunda, y más importante, un técnico de sonido atento.

Tal vez fuese por eso, tal vez no, pero algunos miembros del grupo mostraron cierto enfado a lo largo de la actuación, en especial el contrabajista Dwayne Burno, que tuvo que sufrir acoples en su instrumento en multitud de ocasiones. Una formación de estas características vive de la interacción y la concentración, y para ellos es imperativo que el sonido acompañe. Aún así, lo grande no se hunde tan fácilmente y hubo momentos en el concierto de gran altura musical, para regocijo de los asistentes.



La última noche en Mendizorrotza venía presidida por algunos grandes nombres, bastante habituales del festival: Herbie Hancock, Wayne Shorter, Marcus Miller y Miles Davis. El de Davis, en particular, se ha invocado con regularidad en éste y otros festivales veraniegos, muchas veces en vano. La figura del trompetista es una de las más importantes de la historia del jazz y reivindicarle es pertinente, por supuesto, aunque innecesario a estas alturas. El veinte aniversario de la muerte del trompetista o la reunión de algunos alumnos estrella del mismo son motivos poderosos, pero resultarían más convincentes si no se hubiese jugado esa carta en numerosas ocasiones, tanto por parte de alguno de los músicos implicados, como por la del propio festival. El oportunismo, admitido o no, está servido.

El concierto empezó de mano del trío del pianista Danilo Perez, que pareció haber recibido instrucciones de que la cosa tenía que ir sobre Miles Davis minutos antes de subir al escenario. Y lo pareció porque, a un repertorio evidentemente ajeno al universo de Miles, le añadió presentaciones delirantes para justificar una supuesta vinculación con la figura del trompetista. Sandeces como «este tema es galáctico, como Miles, que también era galáctico» o anunciar «Blue In Green», el conocido tema de «Kind Of Blue» diciendo que su versión les llevaría a lugares insospechados cuando, en realidad, el tema de Miles no era sino una pequeña e improvisada introducción a un original del pianista. Todo innecesario y con un punto vergonzante: el homenaje no era tal así que ¿por qué no tocar su concierto y ya está? ¿Órdenes del festival? Nunca lo sabremos.



Sí sabemos, en cambio, que Perez es un gran pianista -y un no tan gran compositor- que resultó un tanto farragoso en Mendizorrotza. Tuvo momentos espectaculares, pero la música del trío se vio arrastrada por un repertorio poco consistente que no llegó a enganchar del todo.

El homenaje a Miles, el de verdad, empezó con fuerza. Más de una hora ininterrumpida enlazando temas como «Walkin», «Milestones» o «All Blues» de forma abierta y creativa, que era bastante más de lo que muchos esperábamos. Todos tuvieron buenos momentos y el trompetista Sean Jones, que bastante papelón tenía, fue por el camino fácil (o difícil) e imitó abiertamente al maestro Miles, algo que, en opinión de quien escribe esto, fue un tremendo error. La música se mantuvo entre lo fascinante y lo errático, y en demasiadas ocasiones pareció una jam session muy cara pero, en conjunto, el grupo cumplió con un proyecto que es más fácil de contar que de tocar. Sólo cumplió, sí, porque faltó la química. Todos ellos son muy buenos, y algunos buenísimos, pero juntos, no funcionan más que por momentos. De eso, de química, sabía mucho Miles, por eso sus grupos siempre funcionaban. Aunque él jamás habría participado en un proyecto como éste.


Nota: Pinchando AQUÍ o en las imágenes puedes ver la publicación original del texto en la web del periódico.

sábado, 6 de agosto de 2011

La voz de Nueva Orleans (Craig Adams and the Voices of New Orleans, 35 Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz, 11 de julio de 2011)

Recupero otro texto publicado con motivo del pasado festival de jazz de Vitoria-Gasteiz, aparecido originalmente en el periódico Gara:


La voz de Nueva Orleans
Craig Adams and the Voices of New Orleans
35 Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz
11 de julio de 2011


La relación del Festival de Jazz de Gasteiz con Nueva Orleans es larga y regular, desde la clásica marching band que recorre las calles de la ciudad -habitualmente originaria de la ciudad sureña- hasta la inesquivable historia de amor entre el festival y el trompetista Wynton Marsalis. En los últimos años el festival ha instaurado otra tradición que, muchas veces, acaba llevándonos también a Nueva Orleans: el concierto de gospel que inaugura la programación de Mendizorrotza. Aunque es una música que tiene una relación tangencial con el jazz, sus raíces en la tradición afroamericana justifican de sobra su presencia en el programa, mucho más, por cierto, que otras propuestas que se pueden escuchar en él.



El artista elegido este año ha sido Craig Adams, una pequeña estrella del género en su país y, concretamente, en su ciudad. Adams es pianista, vocalista y, por encima de todo, un gran maestro de ceremonias. Su forma de dirigir a los diecinueve músicos que le acompañan (guitarra, bajo, batería, un coro de trece miembros y tres solistas) se basa en los grandes showmen negros de la historia. Su repertorio es eminentemente religioso, como no podía ser de otra forma, pero su aproximación al gospel sale de las entrañas del show business y se transforma en algo que podríamos denominar arena-gospel.


Unos segundos después de llegar al escenario, ya tenía al público comiendo de su mano, y la explosión de energía y adrenalina de Adams y los suyos se contagió rápidamente por todo Mendizorrotza. Enseguida, el grupo atacó con «Down By The Riverside» a ritmo de boogie-woogie en uno de los momentos de la noche.


La capacidad vocal de cada miembro del coro es extraordinaria, lo que no es de extrañar, ya que en EE.UU. no se andan con chiquitas en estos asuntos. Aquí un cantante chusquero salido de un concurso de televisión puede ser tomado en serio; allí no es tan fácil vender esa moto, con lo que imaginen la calidad de los miembros de un grupo vocal de esta categoría.


Después de la preciosa «A Change Is Gonna Come» de Sam Cooke, interpretada por el cantante Dale Blade, el clásico «When The Saints Go Marching In» empezó poniendo al público en pie y continuó con Adams invitando a más de una veintena de animados asistentes a que bailasen con él sobre el escenario, saliendo con ellos en comitiva a pie de pista y alcanzando un final apoteósico con todo el pabellón coreando y palmeando. Tras esto, para redondear la velada, Adams hizo un alarde de transformismo y cantó una sentida versión del «My Sweet Lord» de George Harrison (sin la parte de «hare Krishna, hare hare», como es natural) para terminar con un explosivo e interminable «It's Allright», y un doble bis que se abrió con un íntimo «What A Wonderful World» y acabó con el pabellón en pie, entre aplausos, gritos y vítores.

Hay nombres mucho más famosos y cotizados en el programa de este año, pero habrá que ver cuántos se meten al público en el bolsillo como Craig Adams & The Voices of New Orleans.



Nota: Pinchando AQUÍ o en la imagen puedes ver la publicación original del texto en la web del periódico. Al final de la misma hay un texto promocional con lo que se podía ver el mismo día de la publicación, y que no está escrito por mí, por supuesto.

miércoles, 3 de agosto de 2011

El jazz y todo lo demás (José James + Jamie Cullum, 35 Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz, 14 de julio de 2011)

Aprovecho que estos días están retransmitiendo en RTVE algunos conciertos de los festivales de verano para recuperar mis crónicas de los mismos. Esta noche le tocará el turno a José James y mañana a Jamie Cullum, así que dejo aquí el texto que publiqué sobre estos conciertos en el periódico Gara:


El Jazz y todo lo demás
José James + Jamie Cullum
35 Festival de Jazz de Vitoria-Gazteiz
14 de julio de 2011

Ya se veía venir la noche anterior. Los afortunados que fueron al hotel Canciller Ayala para ver al trío del fabuloso pianista Eric Reed, no sólo demostraron tener un gusto exquisito, sino que se fueron a casa con un premio: la exclusiva de ver a Jamie Cullum y a José James animándose a improvisar un tema en la jam session que, en noches señaladas, se desata en ese pequeño escenario; el más humilde del festival y, a veces, también el más especial. Esa noche pudimos ver un avance de lo que sucedió en Mendizorrotza menos de 24 horas después, en un concierto multitudinario en el que, minutos antes de
comenzar, ya se escuchaba una y otra vez en la taquilla la temida frase «no hay entradas».



José James, indudablemente menos popular que Cullum, ya había visitado el festival en 2008, dentro de la programación del Teatro Principal. Aquel concierto fue realmente asombroso y descubrió a muchos (servidor incluido) a un joven cantante que tiene mucho más que talento, y de eso va sobrado. En su música, James no tiene miedo a mezclar jazz con nu-soul, funk o hip-hop, lo que le permite diseñar cada show para adecuarlo al auditorio que le vaya a recibir. Este año hizo como en 2008, respetando la supuesta tendencia del festival y atacando un repertorio mayormente jazzístico, con inusitadas versiones del «Equinox» de John Coltrane, «Red Clay» de Freddie Hubbard o el mítico «Moanin» de Bobby Timmons.


James es un vocalista con un toque muy contemporáneo, ha bebido del hip-hop y eso se le nota en su forma de frasear e improvisar, pero escuchándole vienen a la cabeza referencias de clásicos como Jon Hendricks o el fabuloso Joe Williams. Acompañado de una banda que sonaba fresca y grooveante, James engatusó por igual a madres y a hijos, gracias a ese encanto urbano y glamouroso que le caracteriza. Cuando, en el último tema del concierto, James invitó a Jamie Cullum al escenario para cantar «Georgia On My Mind», el pabellón empezó a despegar en un vuelo que no aterrizaría hasta el final de la noche.


Los talibanes del jazz (a quienes, en ocasiones, no tengo más remedio que unirme) no sienten un gran aprecio a Jamie Cullum. Su pop jazzificado y su desenfadada forma de entender la música es contraria a los anhelos de cualquier purista, y su presencia en festivales de jazz es vilipendiada por los más radicales. Sin embargo, sólo hay que tener ojos y oídos para rendirse ante el arte de Cullum en sus conciertos.


El joven británico es un pianista competente y resultón (en el mejor de los sentidos), un showman de primera categoría y, sobre todo, un gran vocalista, con clase y personalidad. No domina el escenario, lo modela a su gusto tema a tema, pasando de un momento de ardiente espectacularidad a otro de íntimo recogimiento en cuestión de segundos. Improvisa aquí y allí con el piano, a veces de forma explosiva y efectista, pero siempre conecta con el público.


Esencialmente es un cantante de pop, sí, como si eso tuviese algo de malo. Para los talibanes del jazz (entre los que, en este asunto, no me incluyo en absoluto) tal vez sí, pero debe de ser porque no recuerdan a tipos tan respetables como Nat `King' Cole, Bing Crosby, Mel Tormé o Frank Sinatra, que no eran sino «Jamie Cullums» de su época y que, al mismo tiempo, están aceptados como personajes paralelos al jazz.
Como el joven Cullum es humilde y buen tío (eso se ve a la legua), no le obsesionan mucho ese tipo de cosas. Actúa como alguien ajeno a todo lo que no sea disfrutar en el escenario y, especialmente, hacer disfrutar a la audiencia con lo que sucede en el mismo. Pregunten, si no, a cualquiera de entre quienes estuvieron la otra noche en Mendizorrotza, porque hacía años que el pabellón no vibraba como lo hizo con Jamie Cullum. No es jazz, ni falta que le hace.

Yahvé M. de la Cavada, 2011


Nota: Pinchando en la imagen puedes leer la crítica que escribí en 2008 sobre el concierto de José James en el Festival de Vitoria-Gasteiz de aquel año, publicada en su momento por Tomajazz.

Nota 2: Este artículo se publicó en el diario Gara con el título equivocado, utilizándose por error el título del artículo publicado el día anterior, también escrito por mí. En su publicación online el error fue aún mayor, ya que mi texto apareció junto a (pegado, más bien) otro publicado ese mismo día, con los dos títulos seguidos presidiendo la página. Aquí podéis ver dicha página, con la publicación original del texto reproducido en este post.

lunes, 25 de julio de 2011

Los primeros serán los primeros (27 de junio de 2011)

Extraído de mi artículo para Muro de Sonido, blog musical de ELPAIS.com, sobre los conciertos de Blue Rodeo y Band Of Horses en el Azkena Rock Festival:


"Casi siempre pasa algo parecido en los festivales, que los conciertos más asombrosos acaban estando fuera del prime time. No es un alarde de esnobismo (los snobs no escuchan música en los festivales, sólo lucen palmito y afiliación a la tribu estético-musical de turno), sino una realidad tan simple como que, a veces, uno puede comer mejor en un restaurante sencillo, de menú, que en otro de renombre, a la carta.



En el Azkena Rock Festival de este año, ha resultado que algunos de los mejores conciertos han sido a primera hora, bajo el sol abrasador y con la losa del público vespertino, tan fiel como poco numeroso. Hace un par de días hablábamos del valiente concierto de Eels, pero más sorprendente aún que aquel, fue la impresionante actuación de Blue Rodeo programada a las 17:45 del pasado viernes.

A pesar de contar con casi 30 años de carrera a sus espaldas, Blue Rodeo siguen siendo relativamente desconocidos. Pertenecen a esa gloriosa generación que recibió las siglas NRA (nuevo rock americano) gracias a bandas irrepetibles como Green On Red, Long Ryders, Blasters, Beat Farmers, Dream Syndicate, Jason & The Scorchers, Del Fuegos y unas cuantas más, pero Blue Rodeo tiene un pequeño hándicap para ser considerados como una de aquellas bandas: que son canadienses."



Pinchando AQUÍ o en la imagen puedes leer el artículo completo.

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viernes, 22 de julio de 2011

Queens Of The Stone Age reescriben la leyenda (26 de junio de 2011)

Extraído de mi artículo para Muro de Sonido, blog musical de ELPAIS.com:

"Muchos recuerdan la actuación de Queens Of The Stone Age en 2005 como una de las mejores de la historia del Azkena Rock Festival, si no la mejor. Así lo han votado también los usuarios de la web del festival, y así ha quedado la leyenda. Quien esto escribe, que también estuvo en aquel concierto, afirma sin dudar que fue un evento histórico; uno de esos pocos, poquísimos conciertos que se instalan en la memoria como perfectos e insuperables.



La presencia de
Queens Of The Stone Age en el cartel del décimo aniversario del festival quedaba plenamente justificada a cuenta de ese sentimiento generalizado, tal vez más que la de ningún otro grupo. Pero, si un concierto de hace seis años es recordado con tanta intensidad, resulta virtualmente imposible estar a la altura. Porque no basta con hacerlo igual de bien, sino que hay que enfrentarse a la perfección de entonces, engordada por la siempre distorsionadora memoria, que probablemente ha redondeado algo que ya era, de por sí, bastante redondo. La decepción parecía ineludible.

El pasado viernes, tras ochenta minutos de música ininterrumpida, la leyenda quedó reescrita. El concierto del 2005 fue apoteósico, sí. El de 2011 sonó tan perfecto como entonces, ni más ni menos. No hubo competencia entre el recuerdo y el momento vivido, porque ambos se fijaron instantáneamente en el olimpo de las experiencias musicales de un público en estado de shock."


Pinchando AQUÍ o en la imagen puedes leer el artículo completo.

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martes, 19 de julio de 2011

EELS: el placer de desconcertar (24 de junio de 2011)

Extraído de mi artículo para Muro de Sonido, blog musical de ELPAIS.com:

"O más bien, el arte de desconcertar. Una práctica que fue ingrediente imprescindible del rock durante décadas y que ha quedado relegada a un segundo plano, porque, en el mundo de la masificación y globalización musical, hasta lo desconcertante está teledirigido e institucionalizado.

En realidad, hace ya mucho tiempo que desconcertar al público puede implicar un suicidio comercial y, en este mundillo, como en casi todos, lo que manda es la pasta. Así, entre músicos, discográficas, promotores y prensa musical hay una consigna callada pero ineludible: mantener las cosas en su cauce, sin sobresaltos y sin mosquear a la audiencia, que no está la cosa para arriesgar.



El concierto de EELS ayer en el Azkena Rock Festival fue un canto a ese desconcierto y al riesgo. Todo estaba en contra de la banda de Mark Oliver Everett: actuaban a primera hora de la tarde ante un público que, o no había llegado, o no les conocía. Pero jugaron fuerte y jugaron duro. Y ganaron."


Pinchando AQUÍ o en la imagen puedes leer el artículo completo.

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martes, 12 de julio de 2011

La broma (9 de mayo de 2011)

Columna de opinión publicada en Cuadernos de Jazz el pasado 9 de mayo de 2011:

LA BROMA

Que Monk me perdone el hecho de citar aquella gran novela de Kundera en el título de esta columna, pero hay veces que hay que llamar a las cosas por su nombre. Y, viendo los avances de programación de muchos festivales de verano, uno sólo puede pensar que está ante una broma. Y de mal gusto, además.



Todos los años la misma historia. Llegan los festivales veraniegos y los aficionados al jazz se ven obligados a rebuscar entre la basura para encontrar una actuación destacable, un músico interesante o, más difícil todavía, algún gran nombre que no haya venido el año pasado, o el anterior, y el anterior y así hasta donde no llega la memoria. Siempre hay cosas interesantes, eso es verdad. Siempre hay algún o algunos conciertos que nos reconcilian con el festival que sea, entre otras cosas, porque no nos queda otra.

Ese es nuestro sino, y nuestro perfil en este asunto: el del aficionado potencialmente minoritario que no es público, sino excusa. Nuestro alimento, dos o tres conciertos por festival, como mucho. Somos pocos y pequeños y se nos concede en consecuencia. Eh, tampoco se les puede culpar. El compromiso de un gran festival con el fiel aficionado al jazz es mínimo, casi testimonial. Los aficionados no compran entradas o, al menos, no muchas entradas. No llenan polideportivos ni grandes auditorios y, cuando hay buenos conciertos de jazz por ahí, en más de una ocasión se roza el más absoluto descalabro económico. Así que, ¿qué compromiso se le puede pedir a un festival con este tipo de sujeto?


Eso sí, cuando uno tiene un festival de jazz, tiene un festival de JAZZ. Eso mola ¿verdad? Tiene un cierto aire intelectual y un toque cool que hace que suene mejor que otros eventos musicales. Es como tener un festival de música para gente lista. Y, si te gusta usar el término y ese tipo de representación, por el motivo que sea, si lo que quieres es tener un festival de jazz, lo mínimo es que programes jazz. Y no me refiero a lo que un señor engordado de ego y acostumbrado a manejar el cotarro entiende por jazz ni a lo que la gente de a pie entiende por jazz; ni siquiera a lo que le gustaría al aficionado más especializado. El compromiso es, única y exclusivamente, con la música. ¿O es que en los festivales no saben lo que es el jazz, ni que hay miles de músicos de todo el mundo que lo practican muy competentemente?


Lo sé, lo sé, el dinero. Ay, maldito dinero. Hay que ganar pasta y hay que salir en los medios y eso no se puede hacer con el jazz. Lo sé, es muy fácil atacar a los festivales sin alcanzar a entender el complejo engranaje de eventos de este tipo, las concesiones que hay que hacer para salir adelante y bla, bla, bla. Me sé la cantinela. La he escuchado un millón de veces entre lloriqueos más o menos creíbles y, la verdad, me da igual. O al menos, me da tan igual como el jazz a los programadores de muchos festivales. Así de igual.


Lo de montar un gran festival de jazz para después engrosarlo a base de todo tipo de géneros, presumiblemente comerciales, es traidor y poco elegante. Es como tener un prostíbulo, lo que viene siendo una casa de putas, y llamarlo club porque queda mejor. Y es verdad que queda mejor, pero lo que tienes, le llames como le llames, es una casa de putas.


Y, si me permiten continuar con el símil, como aficionado al jazz, cuando veo cada año la programación de los festivales veraniegos, me acuerdo de aquel dicho popular de “además de puta, poner la cama”.



Puedes leer la publicación original pinchando AQUÍ.

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