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jueves, 9 de julio de 2015

Bilbao BBK Live 2012: Radiohead, Mumford & Sons, The Kooks, Four Tet, Vetusta Morla... (13 de julio de 2012)

Texto publicado originalmente en Rolling Stone el 14 de julio de 2012

Unos sobrenaturales Radiohead hechizan Bilbao

La banda de Thom Yorke factura un concierto perfecto ante una multitud entregada. The Kooks animan la tarde y Mumford & Sons pasan sin pena ni gloria. Por Yahvé M. de la Cavada

Imagen principal de la noticiaMás de 39.000 personas se concentraron en la segunda jornada del BBK Live 2012, que tenía como principal reclamo a Radiohead. Las largas colas para acceder al recinto hicieron que nos perdiésemos por los pelos a Noah and The Whale y, sobre todo, a Warpaint, un interesante cuarteto de chicas apadrinado por John Frusciante. Pero aún quedaba mucho por delante.

Había expectación por ver a Mumford & Sons, una banda que ha subido como la espuma de la noche a la mañana. Su único disco, la verdad, no es para tanto, y semejante cantidad de atención repentina siempre resulta sospechosa. Por otro lado, la idea de unos ingleses acercándose al folk americano sin perder su sensibilidad británica (incluso evocando a Shakespeare o Chesterton), resulta muy atractiva. Sus anhelos americanos y sus armonías vocales podrían recordar a unos Fleet Foxes menos plomazo aunque, en directo, sus canciones folk quedan aguadas por el indie-pop por donde parece que van a tirar en su próximo disco (previsto para el mes de septiembre), del cual presentaron algunos temas.

El directo de la banda suena bien, aunque no es deslumbrante, y el detalle del recurrente bombo/timbal de Marcus Mumford empieza como un rasgo personal y vistoso y acaba siendo un verdadero coñazo. No hay duda de que es una banda con potencial pero, a día de hoy, son un grupo “de canción”: tocan una canción y uno piensa “molan estos tíos”; cuando pasa un rato ya no sabes si llevan tres, cuatro o diez; y cuando pasa otro rato, te das cuenta de que todo parece la misma canción interminable.

Con los Kooks pasa lo mismo, pero al revés. En una escucha parcial pueden parecer otra brit-band popera con canciones fotocopiadas pero, atención, porque estos chavales tienen temazos. Bajo la apariencia de melodías sencillas de orientación adolescente, se esconden auténticas perlas de power pop, disparadas sin compasión con la ingenua chulería del vocalista Luke Pritchard.

Parece simple, pero nada de eso. Los estribillos adhesivos, los riffs contagiosos y la energía que transmiten en directo no son cosa fácil. La banda tiró de varias canciones de su último disco, pero fueron algunos títulos de su fantástico Konk (2008) los que más engancharon a la gente: los singles Shine On y Always Where I Need To Be y el contagioso Mr. Maker, con el que todo el mundo se puso a bailar. No esta mal para una “simple” banda de pop.

Lo de Four Tet resultó, como era de esperar, raro. Raro porque ni el proyecto es convencional, ni el sitio era el adecuado, ni mucho menos lo era el momento. Kieran Hebden es quien se esconde tras este nombre, uno de los DJs y productores londinenses más interesantes del momento. Como es colega de Radiohead y les telonea con cierta frecuencia, su presencia antes de la banda parecía lógica. Pero claro, a las 22:30 y con un público tan heterogéneo como el que va a ver a Radiohead, atizar 50 minutos de electrónica tan densa como minimalista tal vez no sea el mejor plan. Hebden es tremendo, y sonó realmente bien, pero su música exigía cierta implicación y la mayoría de asistentes estaban a lo que estaban.

Y entonces llegaron Radiohead. Un grupo que nunca deja de estar en primera línea: genios para unos, sobrevalorados para otros, interesantísimos a cualquier nivel. Thom Yorke y Jonny Greenwood pueden ser considerados los Jagger y Richards del siglo XXI, aunque su inconfundible química no sea tan conflictiva como la de los Glimmer Twins.

Abrieron el concierto como su último disco, con el tema Bloom, y enseguida se hizo la luz. Yorke se mantuvo muy teatral desde el principio, contoneándose al principio para, poco después, dejarse llevar por sus ya característicos movimientos de baile, dándolo todo hasta el final del concierto. Su voz fue perfecta en cada tema, provocando escalofríos en temas como Reckoner, Nude o la emocionante Pyramid Song.

Greenwood se abalanzaba violentamente sobre la guitarra y Yorke no paraba quieto, pero todo sonaba perfecto. No había ni una sola descompensación, ni en los momentos álgidos, ni durante los hipnóticos desarrollos de la banda. En el mítico Karma Police el público comenzó a corear el tema, y las primeras gotas de lluvia de la noche se dejaron caer (aunque intuimos que no hubo relación entre ambos hechos). No llegó a llover, pero hubo momentos de tensión: la magia no debía romperse por nada.

Tras cerrar un setlist redondo, Yorke y Greenwood volvieron al escenario para abrir el bis con el precioso Give Up The Ghost, en el que Yorke hizo alarde de sus capacidades vocales y de lo que se puede llegar a hacer con un looper bien utilizado. Tras Kid A, una estrofa del After The Gold Rush de Neil Young precedió a un insuperable final con Everything In Its Right Place. Con los pelos aún como escarpias, el grupo volvió a salir para hacer una concesión a la galería que, por supuesto, agradecimos: el clásico Paranoid Android. Y el público, en la gloria.

Después de rozar peligrosamente la perfección, no queda duda de que el de Radiohead es, en 2012, el concierto más completo y sofisticado que se puede ver en un festival. Con el escenario todavía iluminado, la banda dejó sonando el glorioso Egyptian Fantasy de Sidney Bechet. Un detalle finísimo, por cierto.


Al finalizar el concierto de Radiohead, gran parte del aforo comenzó a dispersarse, pero unos cuantos miles de seguidores se plantaron en el Escenario 2 para ver a Vetusta Morla. Hay que reconocer que, año a año, la banda suena mejor. Su directo está entre lo mejor que se puede escuchar en nuestro país, pero les sigue fallando lo más importante: es un grupo sin temas potentes. Se lo curran y suenan fuertes y engrasados, pero eso no es suficiente. Hay que ser fan para no aburrirse con ellos.  

lunes, 29 de junio de 2015

Bilbao BBK Live 2011: The Black Crowes, Thirty Seconds To Mars, Jack Johnson, Les Savy Fav, M-Clan, Chemical Brothers… (7 de julio de 2011)

Texto publicado originalmente en Rolling Stone el 8 de julio de 2011

Bilbao BBK Live 2011: El apoteosis de Black Crowes y el sonrojo de Thirty Seconds To Mars

Los hermanos Robinson ofrecen un concierto inolvidable, M-Clan no encuentran su lugar, Jack Johnson expande su buen rollo y la banda de Jared Leto llega por momentos a la vergüenza ajena. Se cierra el festival con récord de asistencia. Por Yahvé M. de la Cavada


Imagen principal de la noticiaSe veía venir. Sólo por la marabunta que fue a ver a Coldplay el primer día, se podía oler el récord de asistencia de la historia del festival. Los 35.000 asistentes del sábado confirmaron ese dato, que asciende a unos 103.000 personas en tres días. Y en esta última jornada del festival quedará para el recuerdo el impresionante concierto que dieron los Black Crowes, el más destacado de esta edición. A M-Clan les faltó su público y los intrascendentes Thirty Seconds To Mars tocaron, como quien dice, exclusivamente para el suyo. Jack Johnson hizo gala de la tranquilidad y el buen rollo que le caracteriza y los Chemical Brothers pusieron a todo el mundo a botar. La sorpresa del día vino de los vespertinos Les Savy Fav.

En todo festival tiene que haber una banda que la líe. Siempre está bien que alguien se tire al público, rompa algo o regale gestos obscenos al respetable; lo que sea, con tal de mantener la boca de los presentes abierta durante un rato. Eso es lo que hicieron Les Savy Fav, un quinteto neoyorquino liderado por el escatológico y enloquecido Tim Harrington. La banda empezó en la escena post-hardcore pero lleva ya unos cuantos años facturando una especie de post-punk clásico que suena realmente bien. Harrington se pasó tanto tiempo en el escenario como en la pista, abalanzándose sobre la gente, exhibiendo atuendos extravagantes y provocando la histeria allá por donde pasaba.

Consiguió cantar manteniendo el equilibrio sobre una silla sujetada por miembros del público y mantuvo la expresión de los presentes entre la sorpresa y el desagrado, a cuenta de lavarse la cara con cerveza, meterse sus propios calcetines en la boca y alardear de las posibilidades de fluctuación de su oronda barriga. Puro espectáculo. La gracia es que todo lo hizo sin dejar de cantar ni un segundo, y muy bien, además. Un auténtico concierto punk en un festival que, tal vez, no estaba preparado para un lunático como Harrington.

M-Clan, que en salas tienen un gran espectáculo, se encontraron un poco desubicados dentro del festival. El suyo fue un concierto para sus seguidores en el que apostaron por un repertorio poco festivalero que no consiguió enganchar a los no tan fans. La gente miraba al escenario estática, esperando que ocurriera algo o que sonasen temas conocidos con los que engancharse. Roto por dentro casi lo consiguió, pero hubo que esperar a las versiones para que la banda generase revuelo. Su adaptación de la canción de Rod Stewart, Maggie May (aquí como Maggie despierta, con una cita a Te quiero, de Calamaro) y una apañada versión del Baba O’Riley, de los Who, fueron las más celebradas.

Cuando empezó el concierto de Thirty Seconds To Mars, no cabía un alfiler en el recinto. Muchos de ellos atraídos por la figura de su cantante y líder, el también actor Jared Leto. Él y sus colegas deben pensar que ser Placebo es fácil; lástima que se olvidasen del asunto del talento. Leto ni canta, ni toca, así que tira de lo que otras estrellas de medio pelo en sus mismas circunstancias: hacer gala de lo mucho que se quiere. Desde el primer momento, su concierto se basó en una excesiva colección de muletillas de directo, gritando al público que saltase, que cantase y que le adorase.

Su legión de fans, eminentemente femenina y muy joven, se entregó a los encantos del actor, pero gran parte del público observaba extrañado el espectáculo preguntándose qué tenía de especial todo aquello. Leto pidió al público que corease el estribillo de Search and destroy mientras la letra de la canción se proyectaba en las pantallas (haciendo más evidente aún lo ridículo de la misma) y, al no encontrar respuesta, paró el tema y soltó un discurso al personal hasta que lo consiguió. En ese momento, no sé por qué, recordé aquella estupenda escena de El club de la lucha en la que a su personaje le parten la cara a base de bien.

Por lo menos había lucecitas y videos absurdos y Leto se tiró el rollo subiendo a casi un centenar de fans al escenario en un momento bastante quedón; pero, de música, nada de nada. Un último apunte: ver a Leto cantar con su guitarra acústica un tema contra la guerra, mientras en las pantallas se proyectan fotos de soldados y citas de Einstein o Platón, es una de las cosas más obscenas que se pueden ver sobre un escenario. Y ver al batería del grupo simular que toca una intro disparada por un secuenciador es, sencillamente, patético. Adonde va a llegar esto del playback, madre mía…

Jack Johnson atrajo a más gente de la que podría parecer en un principio y, aunque un poco fuera de lugar, hizo lo suyo con humildad y maestría. Todos sabemos que Johnson mola realmente cuando uno está tumbado en la playa, con solete, daiquiri en mano y el mar cerquita. Sus canciones de espíritu surf son tan achuchables como él, y un festival como este parece que le queda un tanto sobredimensionado.

La verdad es que más de seis canciones suyas adormecen un poco pero, en Bilbao, Johnson consiguió provocar sonrisas cómplices con Better together, Banana Pancakes e incluso que el público cantase Bubble toes y Upside down. Tocó bajito, estuvo sonriente en todo momento y nos dejó a todos con un buen rollo considerable.

Lo de los Black Crowes fue tremendo. ¡Menudo concierto! No hay comparación con nada de lo vivido en esta edición del festival: los Crowes salieron a matar y se llevaron las dos orejas y el rabo. Noventa minutos sobre el escenario que parecieron treinta, como mucho, de lo rápido que se pasó el concierto. Más de 20 años después de su nacimiento, los Black Crowes siguen siendo una de las mejores bandas de rock del mundo y, en directo, se posicionan también como una de las mejores de la historia del rock sureño, a la altura de los Allman Brothers clásicos o de las primeras formaciones de Lynyrd Skynyrd.

Hablamos de palabras mayores, no de un simple concierto de rock. Otras bandas construyen sus repertorios colocando estratégicamente sus temones aquí y allá, para que la cosa no decaiga. Los Black Crowes empezaron con trallazos como Hotel Illnes o Jealous again, y nos preguntamos cómo es que soltaban la artillería pesada al principio. Enseguida lo entendimos. El concierto no tuvo algunos temones, sino que fue todo temones, de principio a fin. La gente bailaba, gritaba, saltaba y se tiraba por el suelo, fuera de control.

Ni cuando la banda optaba por la improvisación, con solos guitarreros de electricidad desbordante, se detenía la maquinaria. Quienes aún echan de menos la guitarra de Marc Ford solo tienen que acercarse a un concierto de los Crowes para ver lo que hace Luther Dickinson con seis cuerdas y un slide; a su lado, Ford parece pequeñito, pequeñito. La intensidad que genera la guitarra de Dickinson junto a los Crowes ha llevado al grupo a otro nivel. Si con sus North Mississippi All-Stars ya es alucinante, imagináoslo codo a codo con los hermanos Robinson.

Según se acercaba el final, la banda pagó su deuda con Otis Redding y su clásico Hard to handle, poco antes de atacar como bis el tema más esperado de la noche, el glorioso Remedy. Sí, Coldplay estuvieron bien; y lo de Suede fue grande, pero el concierto del festival fue cosa de unos caballeros de Georgia que no necesitaron de numeritos, escenarios apabullantes o giros efectistas. Son seis tipos sobre un escenario, tocando rock and roll sin conservantes ni colorantes. Puro y auténtico.


El contraste de la descarga rockera de los Crowes con la electrónica obsesiva de los Chemical Brothers podría trocear las neuronas del musiquero más ecléctico, pero Ed Simons y Tom Rowlands hicieron bailar a decenas de miles de personas sin pestañear. Su rollo se ha quedado un poco anticuado, pero son tan influyentes que, a su manera, ya son unos clásicos en su género. Ni la lluvia contuvo al embrutecido público que botó al ritmo de los Brothers durante hora y media, sin pensar en consecuencias. Ya conocéis el dicho: “Mañana neumonía, pero esta noche alegría”.

jueves, 25 de junio de 2015

Bilbao BBK Live 2011: The Mars Volta, TV On The Radio, Vetusta Morla, Kasabian, Suede, Kaiser Chiefs, !!!... (8 de julio de 2011)

Texto publicado originalmente en Rolling Stone el 9 de julio de 2011

Bilbao BBK Live 2011: Colosales Suede e inadvertidos Kaiser Chiefs

Un ardiente Brett Anderson despluma a Ricky Wilson y los suyos. También triunfaron los chamánicos The Mars Volta y los incendiarios TV On The Radio. Kasabian, regular. Por Yahvé M. de la Cavada

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Era la jornada del britpop, pero se colaron en la fiesta los yanquis. De los ingleses triunfaron rotundamente Suede y dejaron fríos tanto Kasabian como Kaiser Chiefs. De los americanos, el público se dejó arrastrar, ¡y a plena luz del día!, por los vendavales de The Mars Volta y TV On The Radio. Con las dos primeras del BBK Live cubiertas, el festival ya está a punto de superar las cifras de asistencia del año pasado. Va a resultar que el eclecticismo funciona.

Muchos no entendimos el horario programado para una banda como The Mars Volta, a las 18:20 de la tarde y bajo un sol abrasador. Con la música que hacen nunca serán cabeza de cartel en un festival de estas dimensiones, pero su horario natural debería ser, como mínimo, nocturno. Su directo es un auténtico mazazo en la cara, ruidoso, melódico, caótico y sexual, con la actitud de Cedric Bixler-Zavala, entre lo chamánico y lo macarra, y la forma de tocar la guitarra de Omar Rodriguez-Lopez, visceral y contracturada. No vamos a hablar del nivel técnico de los músicos (no hay batería, guitarrista o cantante en todo el festival que lleguen al nivel de los de este grupo), sino de una música oscura y obsesiva que consigue congeniar el caos sonoro con composiciones complejas y muy medidas. Hasta la brisa se levantó para que todos disfrutásemos más a gusto del concierto.

En el escenario pequeño (de nuevo, inexplicable) TV On The Radio dieron un buen repaso al personal. Los de Brooklyn se han repuesto rápidamente de la trágica muerte de su bajista el pasado mes de abril y su música no se ha resentido ni un ápice, gracias al ritmo infeccioso de su nuevo bajista y a una banda que, en concierto, se viene arriba. Sus discos tienen cosas interesantes pero acaban siendo un ladrillo, algo que no ocurrió en un directo demoledor que hizo botar hasta al festivalero menos implicado. Y, además, con diurnidad y alevosía. TV On The Radio pueden ser considerados el relevo indie-rock y postmoderno de Boney M.: negros orgullosos contagiando el ritmo allá por donde pasan. Si un concierto suyo no hace que te menees, tal vez estés muerto.

Vetusta Morla parecen haber conseguido algo más difícil que vender más de 35.000 copias de su disco debut: sobrevivir a ello. Han ganado en empaque y su directo suena profesional, algo que, en este país, ya es mucho. Pucho sigue teniendo una de las voces más exasperantes de la escena, pero también una de las más reconocibles y, de paso, el sello de identidad de los madrileños. Ofrecieron al principio Los días raros y luego repasaron sus dos álbumes. Sonaron muchas piezas de su reciente Mapas (como ese sinuoso En el río), pero cuando el público levitó fue con las canciones antiguas, como la bonita Copenhague.

Para quienes no son fans de la banda, resulta complicado no mirar el reloj tras cuatro o cinco canciones. Eso sí, para miles de chavales, Vetusta Morla es uno de los pocos grupos nacionales que acarrean su bagaje generacional, y dentro de 25 años sus éxitos se recordarán como se recuerdan hoy los de Nacha Pop.

Kasabian venían avalados por su reciente buen directo en el madrileño festival Dcode (lee aquí la crítica). Se les considera como nuevas estrellas de una especie de britpop electrónico que peca de todo lo contrario que TV On The Radio. Y es que, cuando un grupo suena mejor en disco que en directo, mal asunto. Empezaron bien y tuvieron actitud en todo momento, muy festiva (con temas como Underdog, Club foot o Fire) y para-rockera; la música, en cambio, ni chicha ni limoná. No dudo que en otros momentos de su carrera hayan podido ser el mejor directo del mundo (como tal fueron premiados en 2007 por NME), pero en Bilbao se oía mucho cacharrito y mucha historia, mientras las guitarras y el bajo parecían de adorno.

Tuvieron que llegar Suede para enseñarnos lo que era un gran concierto de brit-pop. A pesar de que siempre ha parecido que la banda nunca sería lo mismo sin Bernard Butler, está claro que hay veces que se cumple aquello de “quien tuvo, retuvo”. Y vaya si retuvo: sonidazo, guitarreo y un Brett Anderson, de 43 años, desbocado, dándolo todo desde el principio hasta el final. Y no estamos hablando de bailar y de patear escenario, que también, sino de cantar como los ángeles con actitud, chulería y glamour, enseñando a los niñatos de Kasabian y Kaiser Chiefs lo que es un puñetero animal escénico.

Tras el batacazo (aplíquese aquí un generoso doble sentido) de la suspensión de Amy Winehouse, la incorporación de los resucitados Suede como cabeza de cartel se recibió con cierta tibieza, pero su capacidad de convocatoria nos sorprendió a muchos. A pesar de estar entre los grandes de la primera ola de britpop, sufren una especie de olvido que el público de Bilbao se encargó de contrarrestar, coreando sus canciones con unos melodiosos “uououos”. Sonaron a gloria temas como So young, Trash o Animal nitrate. A mitad del concierto, el pantalón de Anderson ya estaba hecho unos zorros de las arrodilladas que llevaba. Y así, a lo tonto, quienes acabamos de rodillas ante Suede fuimos nosotros.

“Después de esto, a ver quién es el guapo que se traga a Kaiser Chiefs”, se escuchó decir a un asistente, y no le faltaba razón. Los de Leeds tienen una cosa buena, de eso no hay duda: su nombre. Es pegadizo, fardón y suena bien. Esta era la segunda vez que tocaban en el festival y hay que reconocer que estuvo bastante mejor que en 2009, principalmente porque entonces sonaron rematadamente mal. También es cierto que Ricky Wilson, su cantante, se deja la piel y que varios miles de personas aguantaron su concierto al pie del cañón, entiendo que disfrutándolo, bajo una lluvia ligera e irritante.

Pero no a todos se les veía particularmente entregados, la verdad, porque Kaiser Chiefs suenan a lo que son, una banda cervecera y hooligan que estuvo en el lugar adecuado, en el momento adecuado. Probablemente, nunca volverán a conseguir algo cercano a lo que les dio su Employment, aunque parece que los únicos que no se dan cuenta son ellos. 

Mucho mejor estuvieron !!! (chk chk chk, en lo fonético) y su descarga de dance punk, con Nic Offer y sus inseparables calzones capitaneando un concierto que, a última hora, hizo las delicias de quienes se animaron a bailar bajo la lluvia, como Gene Kellys del siglo XXI. O algo así…

lunes, 22 de junio de 2015

Bilbao BBK Live 2011: Coldplay, Blondie, Beady Eye, Twilight Singers, Russian Red... (7 de julio de 2011)

Texto publicado originalmente en Rolling Stone el 8 de julio de 2011 

Bilbao BBK Live 2011: Coldplay arrollan y Beady Eye aburren
                        
El cuarteto británico reúne a más de 37.000 personas en la inauguración del festival vasco. Twilight Singers brillaron, Liam Gallagher estuvo desganado y a Blondie le pesaron los años. Por Yahvé M. de la Cavada

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En la primera jornada del BBK Live, todos fueron teloneros. Todos menos Coldplay, claro, la estrella absoluta del día y, tal vez, de este festival que cuenta tres jornadas. No es para menos: único concierto en España de una banda que, en este momento de su carrera, se encuentra en lo más alto. El grupo atrajo un público muy heterogéneo en el que había lugar para pijos, rockeros, modernos, personajes de extrarradio, hippies, indies, niños, mayores y fans. Incluso los que fueron por otros grupos querían ver a Coldplay, aunque sólo fuera un par de temas, y aunque sólo fuera para ponerles a parir. 

Esa afluencia masiva provocó un nervioso comentario de Russian Red al final de su concierto, que afirmó alborozada que nunca había tocado para tanta gente (traducción: “estoy en el buen camino”). Está por ver si la propuesta de la madrileña tiene recorrido. Su banda suena bien y en los últimos tiempos ella ha ganado tablas, pero en su actuación de ayer no quedó claro si su fórmula se va a consolidar. Ya veremos…

Cuando empezaron a tocar los Twilight Singers, había cuatro gatos viéndoles. Cuando terminaron, pocos más, pero todos flipando. La banda que Greg Dulli se sacó de la manga hace 14 años (durante un descanso de sus Afghan Wigs) no es muy conocida por aquí, pero su impresionante último disco anticipaba el que podría haber sido el concierto del festival. El sonido no acompañó y al principio la cosa estaba un poco fría, pero poco a poco se vinieron arriba y dejaron al público preguntándose quién carajo eran esos tíos. Si llegan a tocar en el escenario grande, dejan en pelotas al resto de bandas. Coldplay tienen al público, pero no tocan con esa fuerza ni hasta arriba de Red Bull.

Beady Eye pretenden ser respecto a Oasis lo que New Order a Joy Division, pero se acercan más a lo que hicieron los Doors tras la muerte de Jim Morrison. Oasis era una banda que molaba por un buen puñado de canciones rotundas, la mayoría de ellas escritas por Noel Gallagher. Una nueva versión del grupo sin él tiene el mismo sentido que tendrían los Rolling Stones sin Keith Richards, o sea, ninguno. Esas sospechas se confirmaron en un concierto plomizo en el que no se tocó una sola canción que merezca ser recordada. Liam cantó suavecito y estuvo tan comedido que, por no ser, ni siquiera fue impertinente o bocazas, que es uno de sus grandes atractivos rockeros. Sin su hermano al lado (escribiendo canciones), Liam y sus compis ex-Oasis tienen muy poco que decir.

Blondie era uno de los conciertos más esperados por cierto sector del público, en gran parte por el morbo de ver si Debbie Harry, a sus 66 años, estaba en forma. Pero resultó que no. La cantante salió a escena con un atuendo pijamero consistente en una especie de chándal y camiseta color naranja-corredor-de-la-muerte que dejó al público alucinado, o noqueado, o yo qué sé. Independientemente de lo que cantó, que fue poco más que apañado, Harry y su banda vinieron con un repertorio a prueba de bombas, gracias a hitos como The tide is high, Maria, One way or another o su versión de los Nerves, Hanging on a telephone. Esos temas que a primeros de los 80 sirvieron para que el grupo llevase la nueva ola a la radiofórmula, hoy en día suenan como un cúmulo de canciones inconexas que sólo se sostienen por el factor nostalgia. La banda sonó como un tiro y el repertorio estaba repleto de clásicos, pero el concierto en sí fue flojo.

La verdad es que la mayoría de los asistentes iban a lo que iban: a ver a Coldplay. Lo demás, como quien ve la pausa publicitaria en televisión. Hay unos tipos en este o aquel escenario, pero, ¿cuándo empiezan Coldplay? Así de un concierto a otro y, en muchos momentos, más gente dando paseos o haciendo tiempo que viendo el recital de turno. Mientras la pobre Debbie Harry cantaba viejos éxitos en el escenario pequeño, había más público pillando sitio para Coldplay, con la cabeza posicionada frente al escenario vacío.

Cuando llegó el momento, todos estaban preparados, menos el técnico de sonido.

La música de Regreso al futuro a modo de preludio, sale el grupo, estallido de luces y a tocar. Hasta fuegos artificiales. Lástima que pasase más de medio tema antes de que el responsable de turno, a estas horas presumiblemente despedido, conectase gran parte de las pantallas por las que suena el grupo. Con sonidazo hubiese sido un gran principio, de esos apoteósicos en los que la gente se queda boquiabierta. ¿Hemos dicho que hubo fuegos artificiales?

A partir de aquí todo salió más o menos bien. Coldplay prometían un conciertazo y venían con los deberes hechos y los gadgets imprescindibles: rayos láser saliendo del escenario, neones, videoedición en directo, estrellitas de papel y enormes globos de colores. Vamos, que no lían la de Kiss pero, sin gastarse mucha pasta, hacen una cosilla aparente. Su aspecto de chicos sanotes y el punto buenrollista y humilde de Chris Martin funcionan bien sobre el escenario. Él tiene carisma y el resto son un poco sosos, pero el contraste pega con su música.

¿Demostraron Coldplay que pueden llegar al nivel de U2? Desde luego, están en camino. Martin ha robado muchas cosas al Bono de sus mejores tiempos y, definitivamente, Jonny Buckland no es The Edge, pero el aroma a los de Dublin se siente en muchas de sus poses y canciones. Sí, es verdad que les falta cierta sustancia, pero tienen talento para fabricar temones, y es innegable que hay que tener algo especial para meter 37.500 personas en un festival como hicieron ayer.

Quizá su principal problema es que es un grupo de éxitos y, cuando no los tocan, pierden atractivo. Su concierto, en general, estuvo bien, con el público botando, coreando, bailando o gritando obscenidades a Martin. Eso sí, en cuanto atacaban temas poco conocidos el personal perdía interés. Martin, además, se enforzó durante todo el concierto en exhibir poses rockeras e incluso ademanes a lo Eminem cogiendo el micro. Luego, su música, no es tan agresiva.

Martin estuvo generoso al dedicar un tema a Blondie, e incluso ¡a Russian Red! (pocos de los allí presentes entendieron esta última dedicatoria). La traca final, con el público enloquecido, llegó con Viva la vida y los bises: Clocks, Fix you y el tema más pedido de la noche, Every teardrop is a waterfall. Sí, ocurrió tal cual, querido lector: la gente voceó durante un buen rato aquello de “¡el ritmo de la noche!”, en referencia al apropiamiento que ha realizado Coldplay de algunos pasajes de ese tema de chiringito. Al final, mientras el grupo hacía reverencias y se despedía, la mayoría del público comenzó a corear de forma espontánea el estribillo de Viva La Vida. Fue bonito.

otros días, otros discos

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