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lunes, 20 de julio de 2015

Kutxa Kultur 2012: Delorentos, Los Campesinos!, Love Of Lesbian, The Horrors... (8 de septiembre de 2012)

Texto publicado originalmente en Rolling Stone el 9 de septiembre de 2012

The Horrors y Love Of Lesbian encienden San Sebastián

El Kutxa Kultur Festibala se clausura con el éxito arrollador de Love Of Lesbian y un corto pero intenso concierto de The Horrors. Los Campesinos! aburrieron hasta a las piedras y Delorentos volvieron a confirmar que son una apuesta segura. Por Yahvé M. de la Cavada.

Imagen principal de la noticiaEl Kutxa Kultur Festibala es un festival diferente por muchos motivos, aunque los principales son difíciles de explicar. Hay que visitarlo para entenderlo porque el emplazamiento del recinto es más que idílico. Con muchas de las cosas buenas de los grandes macrofestivales y pocas de las malas, el Kutxa Kultur convive con un parque de atracciones, tiene servicio de guarderia y aspira a ser un evento abierto a familias enteras, si fuese necesario. Así, uno puede estar viendo un concierto mientras el niño está con su abuelo en los autos de choque, meterse en “la casa del terror” entre bolo y bolo o disfrutar del paisaje donostiarra al atardecer mientras escucha música en directo.  Con un precio por entrada difícil de igualar, la edición de 2012 ha tenido un cartel coherente e inteligentemente diseñado, centrándose la escena indie, pero seleccionando bandas interesantes y de calidad.

Por ejemplo, Delorentos, que se han convertido en pocos años en una de las bandas irlandesas más importantes de los últimos tiempos. Los de Dublín empezaron su octavo concierto en España en lo que va de año ante un público desperdigado y escaso, aunque no por mucho tiempo, ya que tema a tema el frontal del escenario se iba llenando de gente dispuesta a dejarse infectar por el pop luminoso de la banda. Rónán Yourell estaba como vocal y figura central, pero no se mostró como un líder propiamente dicho, compartiendo las voces principales con Kieran McGuiness.

Alardearon de un atractivo aire de chicos buenos, de irlandeses bonachones y catholic boys que se cenan todo lo que les pone tu madre sin rechistar y que después friegan los platos, sin romper ninguno, claro. Sus melodías enganchan con facilidad, y suenan perfectas en directo, cantadas a dos, tres e incluso cuatro voces, y la banda es potente y compacta. A mitad de bolo llegó Sanctuary y los temazos no pararon hasta el final, con todo el público botando en S.E.C.R.E.T. y la vuelta a su último disco con el incontestable Did We Ever Really Try y el tema que le da título, Little Sparks.

Con Los Campesinos! ocurrió lo contrario, y no por falta de ganas, tanto del público como de la banda. El septeto británico es bastante efectivo en estudio, pero en directo resultan un poco brasas, por no decir un completo coñazo. Hubo oasis de subidón, claro, porque tienen algún tema muy potentes, pero Death To Los Campesinos! sonó demasiado pronto y, cuando llevábamos media hora el bolo ya se nos estaba haciendo eterno. Gareth David y su exuberante hermana Kim forman una frontline efectiva; él lo da todo y ella le da un punto de equilibrio a la pareja, pero sin canciones con gancho, como si se ponen a hacer malabares.

Aunque los fans de la banda estaban encantados, había demasiadas cabezas moviéndose mecánicamente con la mirada perdida, como si estuviesen frente a una hormigonera dando vueltas. Hacia el final hubo otro momento muy bueno, cuando volvieron de nuevo sobre su primer disco, Hold On Now, Youngster, con un infeccioso You! Me! Dancing! que fue el último de esos pequeños y escasos oasis.

Quienes sí arrastraron fans, y en cantidad, fueron Love Of Lesbian. Su poder de convocatoria les convirtió en cabeza de cartel de facto, y el monte Igueldo se hizo uno para corear a la banda desde el majestuoso La Noche Eterna con el que abrieron. Santi Balmes y los suyos lo tienen todo: suenan como un tiro (y eso que en San Sebastián tocaron sin prueba de sonido previa), tienen una puesta en escena elegante, letras inteligentes, una conexión con el público envidiable y un montón de canciones tremendas. ¿Se puede pedir más?

La primera mitad del repertorio se compuso básicamente de temas de su último disco (mención especial a Los Seres Únicos y Belice) y después entraron a saco en 1999 con una preciosa versión de Allí Donde Solíamos Gritar y Club de Fans de John Boy. Balmes se quitó la camiseta en Me Amo, hizo cantar a todos con Incendios de Nieve y tuvo que recortar un tema del repertorio por cuestión de horario, cerrando con Algunas Plantas un concierto impecable de una formación madura e irreprochable que está en su mejor momento. No sé si hay alguna banda de pop en nuestro país mejor que Love Of Lesbian, pero a mí no se me ocurre ninguna. Y su directo lo corrobora de pe a pa. Para redondearlo aún más, al despedirse y saludar al público pincharon Holdin’ On To Black Metal de My Morning Jacket. Supera eso.

El plato fuerte de la noche –y en parte, del festival– eran The Horrors, en su única actuación del año en España aparte de su paso por el FIB. Empezaron atronadores, tirando de esa onda post-punk revitalizada que les caracteriza, con sonidos distorsionados y movimientos espasmódicos por parte de Joshua Hayward y el andrógino Rhys Webb frente a un Faris Badwan casi inmóvil, como un Joey Ramone poseído por Mark Lanegan.

Pronto se metieron con temas más sicodélicos, desplegando un directo fascinante que fagocitó retales de Bowie, Echo and The Bunnymen, Spacemen 3, Primal Scream, Birthday Party e incluso unos Simple Minds de primera época. Los Horrors no inventan nada, es verdad, pero hacen una interesante puesta a punto de esos sonidos de finales de los 70 y la primera mitad de los 80 con un toque de Madchester y un enfoque contemporáneo.


Despertaron alguna que otra pasión irrefrenable (dos chicas asaltaron el escenario en mitad de Endless Blue, siendo reducidas por la seguridad ante el desconcierto de la banda) y fueron creciendo hasta llegar a Sea Within A Sea y rematar con el monolítico Still Life y un catártico Moving Further Away que marcó el final del concierto. Final inesperado a todas luces porque tocaron una hora escasa, veinte minutos menos de lo estipulado en el programa. Una pena, porque seguro que Love Of Lesbian hubiesen sabido aprovechar esos veinte minutos extra.  

jueves, 16 de julio de 2015

Kutxa Kultur 2012: Russian Red, The Whip, The Raveonettes, Maxïmo Park... (7 de septiembre de 2012)

Texto publicado originalmente en Rolling Stone el 8 de septiembre de 2012

El descalabro de Maxïmo Park y la infalibilidad de The Raveonettes

The Raveonettes y The Whip no defraudan frente unos decepcionantes Maxïmo Park que se dejaron tumbar por los problemas técnicos y el show funcionarial de Lourdes Hernández. Por Yahvé M. de la Cavada.

Imagen principal de la noticiaLa segunda edición del Kutxa Kultur Festibala se estrenó con fuerza, reafirmándose como una apuesta inmejorable para cerrar el verano festivalero en el norte. En el inigualable emplazamiento del monte Igueldo, flanqueado por un viejo parque de atracciones al que se llega en un funicular que este año cumple un siglo, y con una panorámica que va desde los montes de alrededor a la bahía de La Concha, la experiencia del Kutxa Kultur Festibala va más allá de lo musical.

Abría la tarde la omnipresente Russian Red, musa del indie pijo nacional. Hay que reconocer que, cada vez que la vemos tocar lo hace mejor que la anterior. La alta actividad a la que se somete está jugando a su favor en forma de tablas, pero sigue teniendo el mismo problema de siempre: la base de su música es muy endeble, no resulta creíble. Le salvan algunos temas que se han metido en la memoria de la gente (que no es poco) pero da la sensación de que está construyendo sobre su propio personaje, no sobre la artista que, tal vez, podría llegar a ser (o no). Su forma de cantar cada vez resulta menos natural; lo que antes podía ser ingenuidad y encanto indie, ahora parece exceso e impostura.

La gracia de su concierto en Donostia estaba en que venía acompañada por Stevie Jackson y Bobby Kildea de The Belle And Sebastian, que es como cuando Mikel Erentxun se llevaba a los Attractions de Elvis Costello para grabar. Así da gusto, claro; Jackson es uno de esos guitarristas que, sin tocar particularmente bien, lo hace con un gustazo tremendo. Su aportación fue de lo mejor del bolo, mientras Kildea hacía lo suyo, sentado en una esquinita. Tras el Loving Strangers que Hernández compuso para Julio Medem, salió al escenario Brian Hunt y la cosa empezó a irse de madre hasta el final del concierto, con Kildea y Hernández aporreando timbales y todos haciendo mucho ruido, en plan “también metemos caña, ¿sabéis?”. 

Y llegó la hora del bailoteo. Programar a una banda como The Whip a las siete de la tarde es arriesgado, como poco. Si, además, lo haces en un festival que se beneficia de un acogedor ambiente, muy propenso a dejarse bañar por el solete donostiarra y las preciosas vistas del monte Igeldo, te la juegas aún más. ¿Quién va a darlo todo bailando en semejante contexto? A pesar de esto, los de Manchester salieron al escenario muy dignos, dispuestos a petarlo incluso durante el atardecer.

Tocaron una hora, cosa que les benefició, y se lo hicieron muy bien, calentando al público tema a tema, pillando mucha carrerilla a mitad de bolo con su colosal Movement y no perdiendo el pulso hasta el final. Es curioso como esta banda consigue enganchar tirando prácticamente siempre (lo que se dice siempre) de una base rítmica inmutable. Su directo es extrañamente catártico, con temas directos, contundencia sin tregua y una puesta en escena sencilla pero efectiva (una chica tocando la batería siempre es algo positivo. Si Moe Tucker molaba, imaginaos lo que mola Fiona “Lil Fee” Daniel).

Tras Secret Weapon, trallazos de su último disco “Wired Together”, llegó el final con el glorioso Trash, que nos dejó con ganas de más. Fue una pena que en ese momento de clímax subiese al escenario quien parecía un colega de la banda, para grabarles con el móvil con aires domingueros. Hacerlo desde el público ya resulta un poco chungo, pero hacerlo dentro del puñetero escenario es completamente uncool. Una pena. Aún así, un gran bolo. Si llegan a tocar los últimos, se hubiese liado una buena.

No falta ni una semana para que salga el nuevo disco de los Raveonettes, “Observator”, así que era de esperar que su concierto en el festival estuviese plagado de nuevos temas (y pinta muy bien la cosa, por cierto). No importa cuantas veces nos visiten los daneses, porque siempre es un placer verles. Su carrera es tremendamente sólida: puede que no hayan subido de nivel desde aquel mágico “Chain Gang of Love”, pero tampoco han bajado. Hasta “Raven In The Grave” han seguido deslumbrando con su retro-pop espacial y sus onírico garage plagado de sonidos industriales. En San Sebastián empezaron fuerte, con su característico aire a los 50 y la guitarra de Sune Rose Wagner, siempre saturada y reverberada hasta la extenuación, cobrando mucho protagonismo. A mitad de bolo Sharin Foo anunció que iban a volver sobre viejos temas y, paradójicamente, el concierto se desinfló un poco. Pero fue cosa de un par de temas, y hacia el final volvíamos a estar bien arriba.

Nunca fallan, no. Y no sólo por la personalidad que rezuman (no es que les falten influencias, precisamente) ni por su particular forma de doblar las voces, como unos Everly Brothers empapados en vodka y heroína, producidos por David Lynch. El secreto de los Raveonettes son su canciones, densas, movedizas, capaces de abducirte a su universo y dejarte en trance durante su actuación. Así se fueron, entre acoples, estridencias arrancadas a las guitarras y mucho humo artificial. Y también se nos quedó corto.

Maximo Park venían a presentar su último álbum, “The National Health”, aparecido hace tan solo tres meses. Lo tenían todo para da un conciertazo, menos algo muy importante: la suerte de su lado. Todo lo contrario. Desde el principio todo sonaba muy raro y, llegados al segundo tema, Paul Smith anunció que iban a tocar una canción sin teclado, el auténtico foco del problema. Smith es un buen frontman, cercano como para ganarse la simpatía del público y extravagante como para provocar reacciones en él, sean cómplices o de rechazo. Sobre él recayó el marrón de tirar del concierto en condiciones muy adversas, con la mayoría de canciones cojeando por la ausencia del teclado, ya que el “problema” persistió hasta el final. Entre tema y tema los técnicos iban y venían, Lukas Wooller intentaba hacer que sonase y Paul Smith se deshacía en agradecimientos, elogios y presentaciones del tipo de “vamos a tocar esto, a ver cómo sale”. Un desastre.

Algunos temas mantuvieron la fuerza, como The National Health, Write This Down o The Undercurrents, mientras que otros, menos afortunados, se hundían bajo el peso de una formación mutilada que tampoco sonaba demasiado allá y que en los momentos más críticos rozaba peligrosamente lo amateur. Está claro que los de Newcastle no son la típica banda que se vienen arriba ante la falta repentina de un instrumento, reinventándose a sí mismos en cada canción. Por si esto fuera poco, la voz de Smith estaba demasiado alta, lo que provocaba cierta sensación de karaoke, y al cantante se le fue la mano (¿cómo culparle por ello?) con el peloteo a la audiencia. Ésta, por cierto, parecía ajena al nerviosismo y malestar del grupo. Incluso, por momentos, parecía ajena al concierto en sí.


Ante la certeza de que no había quién levantase aquello, Smith y los suyos soltaron unas cuantas píldoras de “A Certain Trigger” y “Our Earthly Pleasures” y se rindieron. Smith se despidió con un desconcertante “muchas gracias y buenas noches. Yo no estoy bien, el teclado no está bien…”. Pues vale. Pero un teclado extra para la próxima gira sería un puntazo. 

otros días, otros discos

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