martes, 26 de septiembre de 2017

Tigran, una nueva estrella del piano (2011)


Artículo publicado originalmente en Muro de Sonido, blog musical de ELPAIS.com, el 26 de septiembre de 2011, a raiz de la publicación de su entonces último disco "A Fable"




Tigran tiene madera de superestrella, aunque eso sea bastante raro de ver en el mundo de la música improvisada. A su favor tiene un indiscutible talento, estética contemporánea, irreverencia juvenil y cierta flema europea de ascendencia folclórica. No es un superpianista vacuo y pirotécnico a la manera de Hiromi ni un pedante gélido de la escuela clásica europea, aunque presente rasgos de ambas tendencias. Su carrera aún está en ese punto en el que puede despegar y alcanzar la estratosfera o estrellarse y hundirse en unos pocos años, pero parece más seguro apostar por lo primero.
Tigran es Tigran Hamasyan, un joven pianista armenio que, con sólo 19 años, ganó la prestigiosa Thelonious Monk Piano Competition de 2006 (quedando por delante de Aaron Parks y Gerald Clayton, segundo y tercer puesto respectivamente) y obtuvo el segundo puesto en la Martial Solal Jazz Piano Competition de ese mismo año (un detalle: Hamasyan ya se había presentado a este concurso en 2002, con 15 años, quedando en tercer puesto, por detrás de Luis Perdomo y del ganador, Baptiste Trotignon).
Ahora, cinco años después de ser catapultado a la primera línea del jazz, Tigran Hamasyan se descuelga con un arriesgado álbum a piano solo, presidido por una portada más propia de un artista de rock y acortando su nombre a un escueto e inconfundible “Tigran”. Normal, porque no hay tantos.

Lo de Hamasyan es pura fuerza. La mayoría le conocimos con New Era (Nocturne, 2008), un disco que mostraba dos cosas de forma inconfundible: que la capacidad de Hamasyan es extraordinaria, y que la contención no es una de sus virtudes. En su siguiente álbum, Red Hail (Plus Loin, 2009), el pianista ahondó en sus raíces musicales mediante un repertorio inspirado en música tradicional europea que, aunque un tanto embrollado, no resultó nada mal.
A Fable mantiene esa osadía (y cierta falta de contención) y se presenta como un disco difícil de catalogar, probablemente por deseo expreso de su autor. Concebido como una obra conceptual, los diferentes enfoques de una pieza u otra se ven apoyados por leves pinceladas de overdubbing, partes vocales e incluso algún efecto de sonido. Eso implica que la producción juegue un papel importante en el resultado definitivo, algo no tan habitual en el mundo del jazz.
El pianismo de Tigran sigue conteniendo los obsesivos ostinatos y la vertiginosidad que le ha caracterizado hasta ahora, aunque A Fable ofrece un plus de madurez y puede ser su mejor registro hasta la fecha. El pianista aún es muy joven, y eso puede jugar en su contra, pero la dirección en la que se mueve no parece ser fruto de la casualidad o de la ausencia de reflexión.
El disco es excesivo, extravagante e irregular –dicho esto como característica más que como crítica– y es innegable que contiene piezas fabulosas, como "A Fable", "Kakavik" o su excelente versión de "Someday My Prince Will Come". Tema a tema, Tigran no renuncia a la música de su tierra ni al jazz, y va diseñando una personalidad a medio camino entre ambas músicas, sonando cada vez más original.
El pasado mes de agosto, el armenio fue portada de la revista francesa Jazz Magazine-Jazzman, a cuenta de un artículo atinadamente titulado “Café, metal, folk y piano” en el que se sometía a un test de escucha a ciegas. En él muestra su pasión por pianistas imprescindibles de ayer y hoy como Thelonious Monk, Duke EllingtonChick Corea y Jason Moran al mismo tiempo que alaba a bandas tan dispares como los clásicos Black Sabbath o Meshuggah, una de las mejores formaciones de metal extremo del mundo.
Una prueba más de que el jazz del siglo XXI, afortunadamente, no se escribe con el jazz como único referente.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Club de Jazz estrena web


Lo que hace Carlos Pérez Cruz en su programa de radio "Club de Jazz" no tiene precio, y esta semana acaba de estrenar una imponente web que cualquier aficionado al jazz y a la música improvisada debería visitar con regularidad: www.elclubdejazz.com

Entrevistas en profundidad, exclusivas y con sustancia (muchas veces colgadas en versión original y traducida), especiales como se han visto pocos en las ondas españolas, colaboradores de cuidado, un profundo amor por la música y un compromiso total con la independencia, la actualidad y algunas escenas demasiado poco cubiertas en otros medios. 

Más de quince años en antena y creciendo. Pinchen, disfruten y compartan.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Mikołaj Trzaska - Delta Tree (2016)


Puede que algunos conozcan a Mikołaj Trzaska del legendario grupo Polaco Miłość, o del fabuloso Resonance Ensemble de Ken Vandermark, o de cualquiera de sus múltiples proyectos. Si no es así, apunten el nombre: Trzaska es uno de los clarinetistas y saxofonistas más excitantes de la escena europea.

Delta Tree es un registro en solitario en el que Trzaska despacha dieciséis preciosas miniaturas alternando entre saxo alto y clarinete bajo, con una incursión también con el saxo barítono.

No tiene el disco grandes aspavientos técnicos ni una vocación extrema, sino que se apoya en un particular lirismo y expresividad: Trzaska domina los instrumentos que toca y sabe ponerlos al servicio de su música.

Escuchadle, en este o en cualquier otro disco suyo. Yo tengo un buen puñado de ellos y no me ha decepcionado nunca.


Puedes comprar el disco en cualquiera de las direcciones sugeridas en la página del sello de Trzaska, Kilogram Records

lunes, 31 de julio de 2017

Resumen 52 Heineken Jazzaldia (21 al 25 de julio de 2017)


La semana pasada estuve cubriendo el Heineken Jazzaldia - Festival de Jazz de Donostia San Sebastián para el diario EL PAÍS. Aunque en algún momento publicaré cada pieza en el blog adecuadamente, por el momento dejo aquí enlaces a todas las piezas que he escrito sobre algunos conciertos de esta última edición.

Pincha en el título de cada pieza para leerla. 

La modernidad atemporal (sobre el cuarteto de Wayne Shorter, publicado el 22 de julio de 2017)

El jazz, como Monk manda (sobre el cuarteto de Iñaki Salvador y el dúo de Hiromi con Edmar Castañeda, publicado el 23 de julio de 2017)

En el nombre de John Coltrane (sobre el cuarteto de Charles Lloyd y el supergrupo Saxophone Summit, con David Liebman, Joe Lovano, Greg Osby, Phil Markowitz, Cecil McBee y Billy Hart, publicado el 23 de julio de 2017)

Robert Glasper lo quiere todo (sobre el grupo Robert Glasper Experiment, publicado el 24 de julio de 2017)

Velada antagónica de saxos en San Sebastián (sobre el cuarteto de Donny McCaslin y el grupo de Kamasi Washington, publicado el 24 de julio de 2017)

La resurrección de Herbie Hancock (sobre el quinteto de Herbie Hancock con Terrace Martin, publicado el 25 de julio de 2017)

Memorias de África (sobre Abdullah Ibrahim & Ekaya con Terence Blanchard y Gregory Porter, publicado el 26 de julio de 2017)



viernes, 28 de julio de 2017

Resumen 41 Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz (12 al 15 de julio de 2017)


Hace un par de semanas estuve cubriendo el Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz para el diario EL PAÍS. Aunque en algún momento publicaré cada pieza en el blog adecuadamente, por el momento dejo aquí enlaces a todas las piezas que he escrito sobre algunos conciertos de esta última edición. 

Pincha en el título de cada pieza para leerla. 

Jazz en la cápsula del tiempo (sobre Harold López-Nussa, Larry Carlton y Stanley Clarke, publicado el 13 de julio de 2017)

Thelonious para los amigos (sobre el homenaje 4 by Monk by 4 de Kenny Barron, Cyrus Chestnut, Benny Green y Eric Reed, y el grupo de T.S. Monk con Nnenna Freelon, publicado el 14 de julio de 2017)

Cuando los extremos se cruzan (sobre Linda Oh, el trío de Jean Luc Ponty, Biréli Lagrène y Kyle Eastwood, y Patti Austin, publicado el 15 de julio de 2017)

Una aplastante realidad (sobre el grupo Woman To Woman, liderado por Renee Rosnes y con Cécile McLorin Salvant, Melissa Aldana, Ingrid Jensen, Anat Cohen, Noriko Ueda y Allison Miller, con mención al trío de George Cables con Essiet Essiet y Victor Lewis, publicado el 16 de julio de 2017)



jueves, 20 de julio de 2017

Cyrus Chestnut - Midnight Melodies (2014)


Últimamente he estado escuchando algunos discos del sello Smoke Sessions, que, como su nombre indica, se basa principalmente en grabaciones realizadas en el legendario club Smoke de Nueva York (aunque algunas otras son en estudio o en otras localizaciones). La línea del sello es como la del club: grandes nombres de la escena de la ciudad que practican un jazz más o menos straight-ahead, desde el hard-bop canónico a un jazz contemporáneo, aunque siempre arraigado en la tradición.

Muchos de los grandes nombres norteamericanos emergidos entre finales de los 80 y primeros de los 90 han encontrado aquí un buen sitio para sacar discos que, por los que he escuchado hasta ahora, van mucho más allá de grabar un concierto al azar y editarlo. Hay cierta sensación de planificación en los repertorios, y el sonido es extraordinario; todo lo que un buen directo ha de tener.

Este disco del gran Cyrus Chestnut, por ejemplo, me ha gustado particularmente. Chestnut uno de los pocos pianistas que se sale de la línea estilística dominante en su generación, y encuentra gran parte de sus raíces en el lado más negro de la tradición, con claras influencias del soul y el góspel. Mucho más personal y moderno de lo que podría parecer, en este disco Chestnut lidera un trío de élite junto a Curtis Lundy y Victor Lewis, y llena su repertorio de temas de uno de sus mentores, John Hicks, un enorme pianista que ejerció una gran influencia sobre él.

La semana pasada pude escuchar a Chestnut en directo de nuevo y se mantiene en una estupenda forma. Sigue siendo uno de los más ingeniosos y modernos neotradicionalistas afroamericanos, y este disco ha sido un gran reencuentro con él.

Mientras escribo esto suena uno de sus solos, esta vez en el segundo disco de Tim Warfield, A Whisper In The Midnight (Criss Cross, 1995), y es realmente brillante.

lunes, 3 de julio de 2017

Juan Claudio Cifuentes: una vida de jazz, una vida con swing (2017)

Conocí a Cifu en 1995. Yo tenía 18 años, él 54. Es un decir: obviamente yo ya le conocía, porque llevaba tiempo escuchando su Jazz porque sí en Cadena 100. Aquel programa, como Batería y contrabajo de Pío Lindegaard en Radio Euskadi y Esto es jazz de Paco Montes en RNE, eran los que me nutrían de discos y músicos de jazz de los que yo jamás había oído hablar en aquellos años. No había internet y los discos de jazz eran un bien raro y preciado; había que buscarse la vida, así que la radio era esencial

Por eso es por lo que aquella noche de 1995, mi amigo Asier Guerricaechevarria y yo vimos a Cifu y no dudamos en acercarnos a saludarle, impulsados por nuestra admiración. No recuerdo cómo fue, pero sí que en menos de dos minutos Cifu nos estaba hablando de Jackie McLean, su Action y los acordes de Bobby Hutcherson en el tema que abría el disco, con una pasión que me fascinó. La suya era una pasión que he visto en muy pocos profesionales de la comunicación musical, y tras varias décadas de carrera seguía indemne.

Mucho años después, cuando yo ya llevaba unos cuantos dedicado a la prensa musical, un par de veteranos de la crónica de jazz me dijeron que no estaba bien mostrar demasiada pasión; que eso era de aficionados. Que, cuando tenías cierto estatus, lo suyo era no dejarse impresionar por la música. Dicho de otra forma: había que mantener distancia y mirar desde cierta altura.
Pobres diablos, no entendían nada.

Escribí una columna sobre aquello en Cuadernos de Jazz y no pude evitar acordarme de aquel Cifu ilusionado que hablaba de música dos minutos después de que dos críos le asaltasen al entrar en un club de jazz. Quiero creer que yo tengo una pasión similar a la de Cifu, y que, si sigo escribiendo sobre música dentro de muchos años, esa pasión seguirá ahí. Todo lo demás es una puñetera patraña, porque no se puede escribir sobre música sin pasión. Bueno, claro que se puede, pero ya saben: se pilla antes al mentiroso que al cojo. Y esta actividad (ya no me atrevo a decir profesión) está llena de ellos.


Por todo eso, y por el enorme impacto que la pasión de Cifu hizo en mí, estoy muy contento de que haya llegado a mis manos este libro que acaba de salir sobre él. En un primer vistazo se ve que contiene abundante material fotográfico y docenas de testimonios y recuerdos de amigos, compañeros y familiares, recogidos por el autor del libro, Antoni Juan Pastor. Se ve también que es un trabajo de amor y admiración por el más emblemático divulgador del jazz que ha dado nuestro país.

Ahora que empieza la época de festivales de jazz de verano, en la que en tantas ocasiones me encontré con Cifu a lo largo de los años, tengo claro que esta es la lectura adecuada entre concierto y concierto.

miércoles, 28 de junio de 2017

Christian Scott y la conexión Treme (2012)

Artículo publicado originalmente en Muro de Sonido, blog musical de ELPAIS.com en octubre de 2012
Si ustedes han tenido oportunidad de ver la serie Treme (si no, se lo recomiendo encarecidamente), sabrán que es un colorido mosaico de personalidades, muchas de ellas con un gran componente musical, que confluyen en el Nueva Orleans post-Katrina. Considerada la cuna de varios estilos y una de las capitales musicales del mundo, Nueva Orleans es un escenario ideal para dejar cristalizar fusiones y crossovers, un entorno que, si no realmente mágico (obviemos todo esoterismo), sí tiene ciertos tintes mitológicos en cuanto al desarrollo de la música negra.
En Nueva Orleans, además, se cultiva la estirpe como credencial musical, poniendo un foco virtual sobre quienes portan determinados apellidos. Tal vez no sea tanto una cuestión sanguínea como de pura tradición, macerada y traspasada generación tras generación. La genética confirma que el talento no es hereditario y que la sangre o el origen no predisponen a generar aptitudes musicales de ningún tipo pero, el entorno es, sin embargo, un condicionamiento enorme. La mejor forma de que una persona desarrolle su potencial respecto a la música es hacer que se críe entre ella, rodeado de músicos en un ambiente creativo.
Eso es lo tuvo el joven Christian Scott, un entorno privilegiado. Como uno de los protagonistas de Treme, el trompetista Delmond Lambreaux (Rob Brown), se crió en ese Nueva Orleans que sigue siendo considerada la cuna del jazz. Scott, sin embargo, representa la nueva generación de una ciudad cuyos mayores exponentes jazzísticos siguen siendo conservadores neoclasicistas (capitaneados por los omnipresentes hermanos Marsalis). Con su último disco, “Christian aTunde Adjuah”, el trompetista cierra un círculo familiar que tiene en Treme cierta representación: empezó hace 20 años en Nueva York y culmina hoy, con algunos personajes de la serie y el paso adelante de un joven músico que, con todo el respeto por la tradición de la ciudad que le vio nacer, pretende seguir avanzando hacia el futuro. ¿Y qué tiene que ver el último disco de Scott con Treme? Aquí van las claves.
Delmond & Donald Harrison







En la segunda temporada de la serie (intentaré no destripar nada demasiado importante) el ya mencionado Delmond Lambreaux tiene una epifanía que le lleva a intentar desarrollar un experimento: juntar la tradición musical de los jefes indios del Mardi Gras con el jazz contemporáneo que practica con su grupo. Obsesionado con esa idea, convence a su padre, Albert Lambreaux (Clarke Peters), de que aporte las partes vocales de la tradición festiva, formando para la ocasión un grupo estelar en el que figuran Donald Harrison (otro hijo predilecto de la ciudad), Ron CarterCarl Allen y el famoso Dr. John, buque insignia, a su vez, de la música de la ciudad. A lo largo de la temporada se les ve grabar en repetidas ocasiones el tradicional “Hu-Ta-Nay” con un arreglo jazzístico y un infeccioso ritmo característico de Nueva Orleans.
Feels-like-rain-04-1024







En la serie plantean la idea como algo novedoso, una especie de fusión inexplorada, pero nada más lejos. Hace más de 20 años, en mayo de 1991, se grabó esa misma versión de “Hu-Ta-Nay” en los BMG Studios de Nueva York, con el histórico ingeniero Malcolm Addey a los mandos. El líder de la sesión y promotor original de la idea (en quien se basa el personaje de Delmond) no era otro que el propio Donald Harrison, que se interpreta a sí mismo en Treme, haciendo de cómplice del proyecto del joven Delmond (en una escena cargada de ironía, Delmond le dice a Harrison “no entiendo cómo no se le había ocurrido a nadie antes”). Como los personajes de la serie, Harrison permaneció en la ciudad tras la tragedia, y nadie mejor que él representa la determinación de una ciudadanía desmantelada que, sin embargo, no está dispuesta a rendirse. Pero el guiño no acaba ahí: el batería de la sesión original, Carl Allen, es el mismo que aparece en la serie y quien cantaba el tema era precisamente Dr. John, que en la serie participa como pianista. Junto a Dr. John, la voz principal en el disco original era, como en Treme, la del padre del líder: Big Chief” Donald Harrison Sr. Así, el paralelismo se completa: el disco que graban Albert Delmond Lambreaux en la serie fue grabado por Donald Harrison padre e hijo veinte años antes; y se llamó “Indian Blues”.
Donald-harrison-1992












Publicado originalmente por el sello Candid, en su portada aparecía el saxofonista ataviado con uno de los aparatosos trajes que lucen los jefes indios en el Mardi Gras, y llevaba el subtítulo “Mardi Gras Indians – The Guardians Of The Flame”. El disco, aunque interesante, no supuso la revolución que pretenden los personajes de Treme, pero rendía homenaje a la tradición y conciliaba esa distancia generacional que tan bien se explota en la relación entre padre e hijo en la serie.
¿Y qué tienen que ver Christian Scott y su nuevo disco con todo esto? Para empezar, Scott es sobrino de Donald Harrison Jr. y este fue, a su vez, su padrino musical, ofreciéndole la oportunidad de grabar a su lado cuando el trompetista sólo tenía 16 años. Primero en “Paradise Found” y después en el bizarro “Kind Of New”, reinterpretación del histórico “Kind Of Blue” en el que el joven trompetista se puso, sin titubear, en los zapatos del bueno de Miles Davis. Desde entonces, Scott ha desarrollado una activa carrera a base de ensayo y error, apostando por una estética moderna e influenciada por elementos ajenos al jazz que, cuando parecía que ya no daba más de sí, siguió afianzándose hasta instaurarse como un estilo muy personal.
Tras sus primeros pasos como líder, el pretencioso y fallido “Anthem” dio paso a la reivindicación de su proyecto en directo (“Live At Newport”) el boceto de madurez en “Yesterday You Said Tomorrow” y la culminación de todo su trabajo previo con “Christian aTunde Adjuah”, un mastodóntico doble CD que sitúa a Scott como una de las figuras del jazz de principios de siglo.
Scott sólo pretende ser fiel a sí mismo y al camino que ha elegido para expresarse. Asimila la tradición como una gran construcción sobre la que los músicos jóvenes deben seguir construyendo. Afirma que lo que hace es inherentemente jazzístico, pero no exclusivamente jazzístico. Habla de descripción y no de definición, puesto que esta última acota el objeto de estudio mientras que el anterior enfoque parte de la observación y admite su evolución. Así se presenta la música contenida en “Christian aTunde Adjuah”, como un compendio evolucionado de los planteamientos de su música hasta el momento, una recapitulación coronada por el inconfundible estilo del trompetista, entre el susurro de su tono y la intensidad casi dolorosa con la que afronta sus solos. 
Cuando Donald Harrison grabó su “Indian Blues” pretendía fusionar dos conceptos tradicionales para crear algo novedoso. Scott, por su parte, asimila lo que le rodea para entregar una música que se genera en su totalidad a partir de su propia persona. Jazz de autor en su máximo esplendor. Es difícil saber cómo tratara el paso de los años a sus planteamientos, pero nadie ha hecho historia en la música siendo precavido o jugando sobre seguro.
C. scott












Christian Scott cierra el círculo con un doble homenaje. En la portada de su último disco, como en el “Indian Blues” de su tío Donald, el trompetista luce orgulloso un traje indio del Mardi Gras mientras que la dedicatoria del álbum sentencia el relevo: “A la memoria de Clyde Kerr Jr. y Big Chief Donald Harrison Sr., familia, mentores y amigos. Me ayudasteis y enseñasteis a ser el heroe de mi propia experiencia, y por eso siempre estaré en deuda con vosotros”. En el jazz, la determinación del individuo es quien empuja la evolución.
Y mientras el viejo jefe indio se sumerge en la noche, entonando viejos cánticos tribales, la nueva música emerge, luminosa e incontenible. 

jueves, 22 de junio de 2017

David Murray with Dave Burrell - Windward Passages (1993; ed. 1997)


Mi debilidad por Dave Burrell va más allá de lo musical, debido a un concierto suyo a piano solo al que asistí cuando yo tenía 17 años y que, en cierto modo, me cambió la vida. Que la relación de Burrell con David Murray sea tan fecunda y longeva es también relevante, porque también siento debilidad por el saxofonista. Cada cierto tiempo los reescucho; a uno, al otro, o a ambos juntos, ya sea en los maravillosos cuartetos de Murray en los que militó Burrell, como en sus en sus encuentros a dúo.

Así que, volviendo sobre Burrell hace unos días empecé reescuchando dos de sus clásicos grabados a piano solo, Black Spring (Marge, 1977) y Windward Passages (Hat Hut, 1981). Este último es particularmente magistral y comparte título con el disco que protagoniza esta entrada, por motivos que no alcanzo a entender, ya que en el dúo con Murray no contiene ninguna pieza que se llame así, ni alusión alguna al título. Tampoco tiene mayor importancia; la cuestión es que reescuchando a Burrell en solitario, lo uno llevó a lo otro y desemboqué en este disco.

De los cuatro discos a dúo que Murray y Burrell tienen publicados Windward Passages es posiblemente el mejor. O, al menos, en el que ambos músicos están más inspirados. Todos los demás son extraordinarios también, Daybreak (Gazell, 1989), In Concert (Victo, 1992) y Brother to Brother (Gazell, 1993); pero este, publicado por el sello italiano Black Saint, merece una mención aparte, aunque solo sea por las dos escalofriantes versiones del clásico "Naima" de Coltrane que contiene. 

No exagero si digo que ambas versiones rivalizan en profundidad y sensibilidad con la original del maestro. Y, lo sé, esto son palabras mayores, pero no lo digo por decir.

domingo, 18 de junio de 2017

Jimmie Lunceford - The Complete Jimmie Lunceford 1939-40


La gente se olvida a menudo de Jimmie Lunceford. ¿Cómo es posible?

Ellington y Basie comparten el podio, claro, pero mi favorito de la era dorada de las big bands sigue siendo Lunceford. No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché a su orquesta, pero sí que sentí un flechazo inmediato por su incontenible swing y esa sofisticación que hacía que la orquesta, más que sonar, flotase.

Por no hablar de los solistas, Willie Smith, Joe Thomas, Trummy Young, Snooky Young, Eddie Tompkins o un joven Gerald Wilson, entre muchos otros, o de los arreglos de tipos como Billy Moore, Eddie Durham o el genial Sy Oliver.

La orquesta de Jimmie Lunceford, amigos. No se puede explicar: hay que escucharlo.

domingo, 4 de junio de 2017

otros días, otros discos

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