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lunes, 13 de julio de 2015

Bilbao BBK Live 2012: Garbage, Keane, The View, Glasvegas, Enter Shikari, Sum 41... (14 de julio de 2012)

Texto publicado originalmente en Rolling Stone el 15 de julio de 2012

El regreso de Garbage triunfa sobre unos discretos Keane en el cierre del BBK Live

A pesar de sufrir escandalosos fallos técnicos, Garbage brillaron en la última jornada del festival, por encima de la anticlimática perfección de Keane y de los prometedores sonidos de Glasvegas. Por Yahvé M. de la Cavada

Imagen principal de la noticiaLa última jornada del BBK Live de este año era, por fuerza, la más floja. Una cabeza de cartel bicéfala –con poder de convocatoria presumiblemente débil– eliminaba la posibilidad de llenazos como los del jueves y el viernes, con The Cure y Radiohead. Keane son una gran banda, y el regreso de Garbage no deja de ser un pequeño acontecimiento, pero la combinación de ambas no pareció sumar las fuerzas necesarias.

Aunque nada más llegar al recinto a media tarde, la opción lógica era Eli ‘Paperboy’ Reed, pasada la entrada nos engancharon los irreverentes Inspector Cluzo, un dúo francés de guitarra y batería que hacía mover las vértebras en el pequeño Escenario 3. Con sólo dos instrumentos (más la aportación de FB’s Horns en algunos momentos) se lo montaron muy bien a base de un rock sucio y eléctrico, que es como mejor suena.

Si el viernes el festival parecía una convención de bandas británicas, el sábado hubo una gran representación escocesa, con The View, Glasvegas y la vocalista de Garbage, Shirley Manson (que perteneció a los muy escoceses, e injustamente poco conocidos, Goodbye Mr. McKenzie). Los primeros poseen una trayectoria ejemplar, aunque de perfil poco destacable. Tienen tablas, suenan bien y en plena veintena ya tienen cuatro discos publicados, pero todavía les falta mucha carretera para competir en las grandes ligas. En Bilbao fueron una banda sólida y dinámica que, incluso a plena luz del día, hizo botar a quienes seguían su bolo.

Glasvegas cambiaron el tono completamente. Tras una gran evolución desde su primer disco, la banda de James Allan tiene un directo grandilocuente que hubiese sido más apropiado en el escenario grande. Igual es cosa de haber teloneado a U2 o a Kings Of Leon, pero está claro que Glasvegas tiran alto mediante sonidos más cercanos al rock de estadio que al indie. Con todo, su música es una extraña y personal mezcla de influencias: desde Elvis Costello a las bandas británicas del post-punk de los 80, pasando por los años 50 norteamericanos o la Velvet Underground. Con un sonido denso y onírico (¿no querría producirles David Lynch? ¡Sería perfecto!), los de Glasgow desgranaron un sugestivo set que estuvo entre lo mejor de la jornada.

Aunque en Inglaterra tienen un tirón tremendo, Keane nunca han llegado a petarlo en España. Funcionan, pero no son figurones. No sabemos si lo de la ausencia de guitarras en la formación es una cuestión estatutaria, una auto imposición estética o una extravagante manera de diferenciarse. En su concierto en Bilbao, por si acaso, obviaron completamente su tercer álbum, un patinazo en el cual cedieron algo de terreno a las seis cuerdas.

Concentrándose en su nuevísimo Strangeland y en el Hopes and Fears que les lanzó a la fama en 2004, Keane dieron un concierto impecable, con todo muy medido. Demasiado, tal vez. No es que fuesen artificiales, ni mucho menos, pero tanta corrección resultó un poco fría. Su pop meloso y afectado es muy característico, y en directo lo hacen sonar perfectamente, pero a última hora se echaba de menos un poco de desmelene.

Antes de terminar Keane, salieron al Escenario 3 Enter Shikari, una interesante banda británica que ya estuvo en el Sonisphere de Madrid hace un par de meses. En los últimos tiempos se han alejado de sus inicios metaleros y ahora tiran de una combinación explosiva de metal, hardcore y electrónica. Fue la propuesta más diferente del día y lo dieron todo (incluidos ellos mismos, que se pusieron a hacer crowdsurfing a la mínima) ante un público reducido, pero muy entregado.

Garbage empezaron muy potentes, con una Shirley Manson arrolladora que lucía camiseta de Patti Smith y unos envidiables 45 años. Casi nos habíamos olvidado de la enorme frontwoman que es. Durante todo el concierto, Manson devoró el escenario, moviéndose de arriba abajo con aires autoritarios y una gran sensualidad. Justo antes de atacar Queer, la cantante decidió afrontar la cuestión generacional: “para todos los que estáis aquí y no sabéis quiénes somos: somos Garbage. Para quienes sí lo sepáis: somos Garbage. Y para quien tuviese dudas al respecto: seguimos aquí, hijos de puta”. Y vaya que sí. En el concierto se sucedieron decenas de temazos de sus cuatro primeros álbumes, tocados de forma vibrante y sin dar tregua al público.

De repente, en Stupid Girl Manson se equivocó en una entrada, dejando de cantar a mitad de estrofa. Entonces el concierto se detuvo y la cantante, muy cercana en todo momento, explicó la situación: “hace años, quizá lo recordéis, todos tocábamos con monitores en el escenario. Hasta que un día, a alguien le pareció una gran idea pasarnos a los monitores de oído, que son estos auriculares conectados a un petaca sujeta en mi culo. Pero no quiero aburriros; no voy a hablaros de mi infancia ni de mis problemas con mis padres. Esta noche vamos a ser superficiales y vamos a pasarlo jodidamente bien”. Y así, con el público en el bolsillo y los problemas técnicos teóricamente solventados, se lanzaron a por más hits como Why Do You Love Me, Cherry Lips o Special.

Pero en la recta final del bolo, durante un contundente Push It, la cosa se jodió. Literalmente. A mitad de tema, con todo el mundo gozando, los cientos de altavoces por los que salía la música dejaron de funcionar, provocando una situación delirante. La banda seguía tocando, ajena a esto, suponiendo que lo que ellos escuchaban dentro del escenario era transmitido a todo el recinto, mientras decenas de miles de personas extrañadas y desorientadas se preguntaban qué coño estaba pasando. Esto duró un par de minutos, que parece poco, pero en un momento así se convirtió en una eternidad.

Para cuando Manson y los suyos empezaron a darse cuenta de lo que pasaba, el sonido volvió y, muy profesionales, acabaron el tema. Butch Vig lanzó las baquetas visiblemente cabreado y todos se fueron del escenario entre aspavientos. A nadie le gusta que le jodan el gran final de su bolo.

A pesar de todo esto, Garbage volvieron para un bis doble que culminó, por supuesto, con Only Happen When It Rains. Manson se disculpó humildemente y volvió a ganarse la simpatía de un público que, a pesar de todo, disfrutó el concierto.

Cerraban la noche Sum 41, punk-rockeros canadienses que a finales de los noventa hicieron la contrapartida de Blink-182, dividiendo a los hormonados adolescentes de la época entre una banda y otra. Hace 15 años de eso y sus fans de entonces ahora son treintañeros, lo que no impidió que pequeñas hordas de post-adolescentes brincaran y desfasaran con su competente directo.


La sensación final era agridulce. Buenas bandas, pero ninguna enorme. Por otro lado, buceando entre las conversaciones del respetable los temas más comunes eran estos dos: el concierto de The Cure y el concierto de Radiohead. Parece que, al final, el BBK Live 2012 permanecerá en la memoria de muchos. 

lunes, 6 de julio de 2015

ARF 2012: M. Ward, My Morning Jacket, Lynyrd Skynyrd, The Darkness, North Mississippi Allstars Duo, Hank 3... (16 de junio de 2012)

Texto publicado originalmente en Rolling Stone el 17 de junio de 2012

Insuperables My Morning Jacket y M. Ward frente al show rutinario de Lynyrd Skynyrd

La mejor jornada del festival se salda con el triunfo de My Morning Jacket, M. Ward y North Mississippi Allstars. Lynyrd Skynyrd resultan tibios y The Darkness cierran por todo lo alto. Por Yahvé M. de la Cavada.

Imagen principal de la noticiaLa primera cosa que hay que saber a la hora de programar un festival es que nunca puedes contentar a todo el mundo. Da igual que lleves a las mejores bandas de la tierra o a los grupos más raros del momento, siempre habrá una buena porción de público que dirá que el cartel es una mierda, que los cabezas no son suficientemente grandes o que faltan los grupos que realmente molan porque son súper modernos y súper indies, o sea. Es parte del juego.

Sin embargo, el cartel del Azkena 2012 ha sido particularmente vapuleado en foros, bares y redes sociales, señalado injustamente como el más flojo de la historia del festival. Pasada la última –y mejor– jornada del festival, el balance señala todo lo contrario: el cartel ha sido fantástico. Muy variado, con un nivel medio bastante alto, varias sorpresas inesperadas y pocos descalabros escandalosos. Siempre hay bolos que pinchan o que te dan ganas de irte al bar, pero en este Azkena han sido los menos.

Es más, el hecho de que varios nombres interesantes se solapasen ha sido uno de los puntos más criticables de este Azkena. No hay derecho a que uno tenga que elegir entre Dan Stuart y Lynyrd Skynyrd, M Ward y Lee Fields, Rich Robinson y The Amazing o Hank 3 y Charles Bradley. Esto no es el Primavera Sound, sino un festival pequeño y con encanto que siempre ha jugado a la programación bilateral, con algún aderezo adicional. Este año, tener que volverte loco para ver a qué puñetero escenario ibas en cada momento ha sido perjudicial para todos, bandas y público.

Cuando no coincidían con nada, como ocurrió con los North Mississippi Allstars Duo en la apertura del programa del sábado, nos encontrábamos en paz. Los otros “hermanísimos” del rock sureño, Luther y Cody Dickinson, llegaban a Vitoria un día después del bolazo de Rich Robinson, empleador de Luther en The Black Crowes. En el rock sureño de categoría, la cosa queda en casa.

North Mississippi Allstars se constituyeron como trío hace ya 16 años. Recientemente, la enfermedad golpeó al bajista Chris Chew –actualmente hospitalizado en Portland– y los hermanos Dickinson, como tocan que se las pelan, decidieron seguir como dúo: guitarra y batería a palo seco. Lo que en la mayoría sería una osadía desastrosa, en manos de los hermanos Dickinson se convirtió en un concierto de los de “¿pero cómo lo hacen para que suene tan jodidamente bien?”.

Luther, uno de los tres guitarristas de oro del rock sureño actual (junto a Warren Haynes y Derek Trucks), se lo hace tan bien que enseguida te olvidas de que, en realidad, son sólo dos tíos en un escenario. Hacia el final hicieron un poco el freak, tocando el didley-bow y un washboard pasado por un wah-wah, dejando al público boquiabierto y con ganas de mucho más.

En ese mismo escenario, y tras la actuación del punk-folker Frank Turner, presenciamos uno de los momentos más mágicos del festival. Y es que M. Ward es, indudablemente, uno de los músicos más completos de la última década. Lo hace todo, y lo hace entre bien y extraordinariamente: cantante personal, guitarrista excelso, productor de oreja fina y songwriter de raza, Ward juega fuerte en todos los terrenos.

Aunque algunas de sus grabaciones pueden dar una imagen suave y blandita, su versatilidad es su mejor arma. Ward debió fijarse en el nombre del festival al que venía y, en consecuencia, se curró un bolo rockero y dinámico. Abrió con Four Hours In Washington y nos llevó directamente a lo más alto, de donde no bajamos hasta el final. Los temas se fueron sucediendo, muchos de ellos, irreconocibles frente a sus versiones originales: Requiem, Save Me, Watch The Show, Never Had Nobody Like You, Helicopter, etc, además de versiones habituales como Rave On de Buddy Holly y To Go Home de Daniel Johnston. Algo más de una hora de country, pop y rock que culminó en un glorioso Roll Over Beethoven que permanecerá en el recuerdo de los azkeneros durante mucho tiempo.

El verdadero problema del cartel de este año no era que no hubiese grandes bandas en él, sino que los cabezas de cartel eran flojos. La ausencia de grandes nombres es lo que ha lastrado esta edición, algo obvio si tenemos en cuenta que la cabeza de cartel de este día eran Lynyrd Skynyrd. Figuras históricas del rock sureño, hay que reconocerles el mérito de congregar a una buena cantidad de fieles, tal vez la mayor convocatoria de esta edición. De la banda original sólo queda Gary Rossington pero, lo que ofrecen Lynyrd Skynyrd en directo no tiene nada que ver con quién o con cómo, sólo con qué. Su fuerte, su única mercancía, es su repertorio.

Aunque el concierto fue corto y rutinario, los temas estaban ahí. Rossington también, como el hermano pequeño de los Van Zandt y el reciente fichaje Johnny Colt (bajista original de los Black Crowes), pero a nadie parecía importarle nada de esto. Los temazos clásicos de Lynyrd Skynyrd funcionan por sí solos, estén tocados por la propia banda o por un buen grupo de versiones. Así, sonaron imprescindibles como Simple Man, Sweet Home Alabama o la versión de Call Me The Breeze de J.J. Cale (se echó en falta el maravilloso Tuesday’s Gone), todos ellos envueltos en corrección y poco riesgo. Cuando la fidelidad al original se convierte en mimetismo inerte, casi mejor ponerse el disco, que suena con más rollo. Cerraron con el apabullante Free Bird, un tema tan bueno que, hasta tocado sin gracia, sonó como un tiro. Los fans encantados, claro. Al fin y al cabo, aunque suenen como cualquier banda sureña, sólo hay una Lynyrd Skynyrd.

Quienes debieron haber sido cabeza de cartel, por goleada, fueron My Morning Jacket. La banda está en un momento muy bueno, su último disco es bestial y tienen uno de los mejores directos del mundo de los pesos medios. En consecuencia, su actuación en el Azkena fue toda una experiencia, uno de esos conciertos casi perfectos que te dejan noqueado. Entre los primeros acordes de Victory Dance, y los últimos de Holdin On To Black Metal, la cosa quedó clara: estábamos ante palabras mayores.

El repertorio se nutrió principalmente de temas extraídos de sus dos joyas, el ya clásico Z y el reciente Circuital. Y qué temas. Todo temazos, de principio a fin. Jim James levitaba, cantando como los ángeles y tocando como un endemoniado, apoyado por una banda que tocó con la exactitud y la intensidad de los mejores Wilco. En Dondante se permitieron el lujo de alargarse en un intenso pulso contra sí mismos, para zambullirse en la bestial The Day Is Coming y, posteriormente, la magnética Wordless Chorus. El torbellino que son My Morning Jacket en directo ya se intuía en su fantástico disco Okonokos pero, presenciarlo en persona, resulta indescriptible. El concierto del día, y del festival.

Un poco aturdidos aún, nos encontramos a una enorme cantidad de gente saltando al son del hillbilly de Hank 3, noble descendiente del enorme Hank Williams y uno de los bipolares musicales más carismáticos del momento. Comenzó a golpe de country agro y redneck con una banda muy tradicional (banjo, violín, contrabajo, lapsteel…), metiéndose rápidamente al público en el bolsillo. Cuando hay lugar al bailoteo –o a movimientos espasmódicos más o menos acompasados– la gente se implica sin titubear. Pero al rato Hank sufrió su transformación, cambió a la banda en el escenario y se puso a ejercer su otra gran pasión: el metal. La gente comenzó a huir despavorida, claro está. Aunque el lado más bruto de Hank 3 tenía un punto, por algún motivo, resultó bastante exasperante. Tal vez fuese la hora, o tal vez no. Pero nos quedaron ganas de verle en condiciones óptimas.

Tras el subidón que había sido My Morning Jacket, The Darkness daba un poco de miedo. Hace un año que se reunieron, tras una larga temporada de aparente disolución, y aún no teníamos claro si su vuelta nos parecía una buena idea. Diez años atrás fueron una de las bandas más refrescantes y divertidas de la década pero, diez años, en los tiempos que corren, son muchos. Y venga otra sorpresa, ¡resulta que The Darkness están en una forma brutal! Justin Hawkins, una extravagante mezcla de David Lee Roth, Freddie Mercury y Ted Nugent, se adueñó del escenario y dio bien fuerte en el hocico a quienes creen que el Glam Rock se quedó en los 80. Cada vez salen más bandas que beben del rock angelino y del hair metal y, en Vitoria, The Darkness demostraron seguir estando muy arriba.

Lo suyo es mucho más que falsete de alto riesgo y contoneos amanerados. Lo bueno de The Darkness, lo que les hizo grandes en su momento, es que tenían canciones. Riffs contagiosos y estribillos potentes que siguen funcionando en directo, haciendo botar a todo bicho viviente. Y no sólo eso: ahora que parecen haber dejado gran parte de sus vicios, Hawkins, su hermano Dan y el resto de la banda lo dan todo. Su directo es impecable; salido, como no, de la imaginería colectiva del rock de estadio, pero completamente efectivo. Después de verano sacan disco, del cual sonaron algunos temas en el Azkena. Esperemos que la resurrección sea completa.


Echando cuentas, efectivamente, el Azkena Rock Festival 2012 ha tenido tela que cortar. Tal vez no ha habido figurones, ni el cartel haya cuajado entre algunos feligreses azkeneros, pero no podemos negar la evidencia de los bolazos que se han visto.  

jueves, 2 de julio de 2015

ARF 2012: Ozzy Osbourne, The Mars Volta, Gun, Rich Robinson, Black Label Society... (15 de junio de 2012)

Texto publicado originalmente en Rolling Stone el 16 de junio de 2012

El engaño de Ozzy Osbourne y la aplastante realidad de The Mars Volta

Ozzy Osbourne decepciona en su segunda visita a Vitoria. The Mars Volta, Rich Robinson y Zakk Wylde dividen al público con propuestas muy diferentes. Por Yahvé M. de la Cavada

Imagen principal de la noticiaLa clave es el rock. A partir de ahí, sálvese quien pueda. El Azkena Rock Festival apela a un público ecléctico que vaya al festival para ver a quien quiere ver, y que se marche habiendo descubierto su inesperada filia por otras bandas. En la segunda jornada de su undécima edición, el programa nos llevó de los tiernos ochenta al rock de raíces, el metal machote, la nostalgia heavy o el bizarrismo combativo. Así, en unas horitas.

Los escoceses Gun son una de esas bandas que lo petaron a finales de los ochenta, se disolvieron a finales de los noventa, y regresaron a finales de la pasada década ante la posibilidad de despertar la nostalgia en sus fans originales (veinte años mayores y con algo más de pasta en el bolsillo). Sin embargo, si nunca llegaron a ser una banda de primera, imagináoslo ahora.

Su nombre aparece muy chiquitito en el cartel del festival, y tampoco es que se viese en la audiencia una masa de fans de la banda pero, a primera hora, recién llegado al festival, la gente se apunta a lo que le echen. Su concierto empezó con un volumen excesivo –para un escenario como el Adam Yauch, el mediano en esta edición– y muy estridente. A medida que avanzaba, la cosa fue mejorando, y algunas canciones de su primer disco les hicieron venirse arriba. En cambio, cuando llegó su tema más popular –la versión que hicieron del Word Up de Cameo en 1994– parecía que los que más ganas tenían de ir a apoyarse a una barra eran ellos mismos. Tablas, por un tubo, pero si no se lo creen ellos, cómo nos los vamos a creer nosotros.

Lo de Rich Robinson parecía una auténtica lotería. Porque sí, claro, es el de los Black Crowes y eso pero, cuando algunos miembros de bandas intocables se ponen en plan excursionista, la historia nos enseña que debemos afrontarlo con cierta reticencia. El pobre Rich, aunque jefecillo en la sombra de los Crowes y productor de talento, siempre es ese tipo menos carismático que su hermano y menos guitarrista que el otro guitarrista. Con este papelón, Robinson se plantó en el escenario Levon Helm y, sin pestañear, nos soltó un concierto tremendo de puro rock americano.

Con un pie en las raíces y otro en armonías más contemporáneas, desgranó un repertorio difícil de cuestionar, sin caer en la vulgaridad de recordar a los Crowes, ni en la insensatez de irse al otro extremo. No canta como su hermano ni es un guitarrista tan completo como Marc Ford o Luther Dickinson, pero lo primero lo hace sin complejos y lo segundo con un gusto y un buen rollo que ya lo quisieran muchos. Versionó a la Velvet Underground (vía un emocionante Oh! Sweet Nuthin’) y cerró con el Cinnamon Girl de Neil Young. Supera eso, brother.

El escenario de Black Label Society estaba poblado por serpientes, calaveras y 16 cabezales Marshall que amenazaban con irse de madre a la mínima, llevándose unos pocos tímpanos por delante, de paso. Zakk Wylde, líder, ideólogo y única estrella de la banda, apareció en el escenario con un tocado de plumas indio (¿homenaje a Ted Nugent?), entre aspavientos repletos de testosterona y camaradería macarra, tanto con el público como con su banda. Atacaron media docena de temas sin tregua, a base de riffs aplastantes y un sonido muy compacto, que no resultó tan desmadrado como parecía.

Wylde es uno de los guitarristas de metal más importantes de las últimas décadas, con un estilo muy personal que parece generado a partir de macerar a Randy Rhoads, Jimi Hendrix y Dimebag Darrell en un barril de cerveza rancia. Todo ello hipermusculado e hiperrevolucionado, basado en la cultura del exceso que tanto parece gustarle. Tras un glorioso Fire It Up, Wylde rindió culto a ese exceso mediante un solo de casi diez minutos que encandiló a algunos incondicionales y exasperó a la mayoría de la audiencia. Y es que, los ‘solismos’ de gourmet casi nunca funcionan ante la masa y, con un público tan heterogéneo como el del Azkena, menos. Aunque su concierto fue ejemplar, había que ser fan para disfrutarlo al máximo.

Con Ozzy Osbourne, en cambio, el público suele ir predispuesto a recibir lo que le den. Por muy acabado que esté (que lo está un rato), Ozzy tiene una cosa que no tiene nadie más en todo el cartel del Azkena: ES Ozzy Osbourne. Que no es poco. Dicho esto, es evidente que, en directo, Ozzy desafina escandalosamente, da saltitos ridículos y palmadas a destiempo, su banda es la peor que ha tenido nunca y, para colmo, viéndole uno siente una extraña mezcla de indignación musical y ternura geriátrica. Por otro lado, con toda la tralla que lleva en el cuerpo, lo verdaderamente sorprendente de Ozzy es que siga vivo.

La repentina baja de Black Sabbath aguó el cartel del Azkena de este año desde el principio.  Lo de Ozzy & Friends parecía un parche al menos bastante apañadito. La anunciada presencia de Geezer Butler (bajista original de Black Sabbath) y Zakk Wylde (guitarrista de Ozzy entre 1987 y 1995, y entre 2001 y 2009), anticipaba una velada satisfactoria para los fans de cada etapa del estrafalario vocalista y, en cualquier caso, un concierto diferente al que Osbourne ofreció el año pasado en este mismo festival.

Abrir con Bark At The Moon fue un acierto: Ozzy estaba cantando bien y el guitarrista Gus G., con su pelazo al ventilador, clavó el sólo de guitarra original de Jake E Lee, que es lo mínimo que se puede esperar de un mercenario del metal. Siguió Mr. Crowley y todos lo vimos claro: mucho mejor que el año pasado; pero entonces, entre Suicide Solution y I Don’t Know, la voz y la afinación de Ozzy se fueron para no volver. Bueno, en el fondo ya nos lo esperábamos.

Tras los funcionariales solos de guitarra y batería sobre el Rat Salad de Black Sabbath, salió Geezer Butler para hacer Iron Man. ¿Momentazo de la noche? Todo lo contrario, aquello ya se había convertido en un completo despropósito: no sonaba ni a Black Sabbath, ni a Ozzy Osbourne, ni a nada. Un desastre. La aparición de Zakk Wylde para tocar Fairies Wear Boots levantó un poco el listón, pero después se fue Butler y la letra pequeña del concierto se hizo evidente. No sólo no estábamos viendo un concierto diferente al del año pasado, sino que estábamos ante, exactamente, el mismo concierto. El repertorio fue el mismo que se escuchó en Mendizabala hace menos de un año, con los añadidos de Killer Of Giants, War Pigs, N.I.B. y I Don’t Want To Change The World. El resto, idéntico.

Hasta el bis coincidió, sólo que, en esta ocasión, Paranoid contó con todos los músicos de la noche sobre el escenario. Hay que reconocer que, en líneas generales, el concierto fue ligeramente superior al del año anterior pero, vender la misma película dos años seguidos es mucho morro hasta para Ozzy Osbourne.

The Mars Volta son el tipo de banda que, cuando empiezan a tocar, te hace pensar que todo lo que has visto hasta el momento ha sido una mierda. Tras dos días de programación basada en viejas glorias y revival estricto, la excéntrica banda de Omar Rodríguez-López y Cedric Bixler-Zavala nos puso de una patada en el siglo XXI. Sin preliminares, música nueva, y de verdad, a pelo. El shock fue tremendo, pero muy satisfactorio.

Oscuros, agresivos y dolorosamente intensos, los de Texas se enfrentaron a un público diezmado y a insistentes problemas de sonido sin titubear, disparando varios temas de su último delirio discográfico, el recién aparecido Noctourniquet. Su música es extremadamente técnica y, al mismo tiempo, muy orgánica, una combinación difícil de encontrar en la escena actual. Tras casi hora y cuarto de rock progresivo, psicodelia y avant-rock, quedó claro que, aunque nunca van a ser un grupo de masas, pueden alardear de no parecerse a nadie. Tras el concierto, las opiniones del respetable se dividían en dos tendencias: “menuda puta mierda” y “nunca he visto nada igual”.


La madrugada nos reservaba el hard-rock chuleta de Danko Jones, un tipo que suele molar en directo pero, cuando empezó con un guiño a Queens Of The Stone Age para derivar en el Breaking The Law de Judas Priest, lo vimos claro. Después de Mars Volta lo único coherente es la nada. Por lo menos hasta el día siguiente. 

lunes, 25 de julio de 2011

Los primeros serán los primeros (27 de junio de 2011)

Extraído de mi artículo para Muro de Sonido, blog musical de ELPAIS.com, sobre los conciertos de Blue Rodeo y Band Of Horses en el Azkena Rock Festival:


"Casi siempre pasa algo parecido en los festivales, que los conciertos más asombrosos acaban estando fuera del prime time. No es un alarde de esnobismo (los snobs no escuchan música en los festivales, sólo lucen palmito y afiliación a la tribu estético-musical de turno), sino una realidad tan simple como que, a veces, uno puede comer mejor en un restaurante sencillo, de menú, que en otro de renombre, a la carta.



En el Azkena Rock Festival de este año, ha resultado que algunos de los mejores conciertos han sido a primera hora, bajo el sol abrasador y con la losa del público vespertino, tan fiel como poco numeroso. Hace un par de días hablábamos del valiente concierto de Eels, pero más sorprendente aún que aquel, fue la impresionante actuación de Blue Rodeo programada a las 17:45 del pasado viernes.

A pesar de contar con casi 30 años de carrera a sus espaldas, Blue Rodeo siguen siendo relativamente desconocidos. Pertenecen a esa gloriosa generación que recibió las siglas NRA (nuevo rock americano) gracias a bandas irrepetibles como Green On Red, Long Ryders, Blasters, Beat Farmers, Dream Syndicate, Jason & The Scorchers, Del Fuegos y unas cuantas más, pero Blue Rodeo tiene un pequeño hándicap para ser considerados como una de aquellas bandas: que son canadienses."



Pinchando AQUÍ o en la imagen puedes leer el artículo completo.

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viernes, 22 de julio de 2011

Queens Of The Stone Age reescriben la leyenda (26 de junio de 2011)

Extraído de mi artículo para Muro de Sonido, blog musical de ELPAIS.com:

"Muchos recuerdan la actuación de Queens Of The Stone Age en 2005 como una de las mejores de la historia del Azkena Rock Festival, si no la mejor. Así lo han votado también los usuarios de la web del festival, y así ha quedado la leyenda. Quien esto escribe, que también estuvo en aquel concierto, afirma sin dudar que fue un evento histórico; uno de esos pocos, poquísimos conciertos que se instalan en la memoria como perfectos e insuperables.



La presencia de
Queens Of The Stone Age en el cartel del décimo aniversario del festival quedaba plenamente justificada a cuenta de ese sentimiento generalizado, tal vez más que la de ningún otro grupo. Pero, si un concierto de hace seis años es recordado con tanta intensidad, resulta virtualmente imposible estar a la altura. Porque no basta con hacerlo igual de bien, sino que hay que enfrentarse a la perfección de entonces, engordada por la siempre distorsionadora memoria, que probablemente ha redondeado algo que ya era, de por sí, bastante redondo. La decepción parecía ineludible.

El pasado viernes, tras ochenta minutos de música ininterrumpida, la leyenda quedó reescrita. El concierto del 2005 fue apoteósico, sí. El de 2011 sonó tan perfecto como entonces, ni más ni menos. No hubo competencia entre el recuerdo y el momento vivido, porque ambos se fijaron instantáneamente en el olimpo de las experiencias musicales de un público en estado de shock."


Pinchando AQUÍ o en la imagen puedes leer el artículo completo.

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martes, 19 de julio de 2011

EELS: el placer de desconcertar (24 de junio de 2011)

Extraído de mi artículo para Muro de Sonido, blog musical de ELPAIS.com:

"O más bien, el arte de desconcertar. Una práctica que fue ingrediente imprescindible del rock durante décadas y que ha quedado relegada a un segundo plano, porque, en el mundo de la masificación y globalización musical, hasta lo desconcertante está teledirigido e institucionalizado.

En realidad, hace ya mucho tiempo que desconcertar al público puede implicar un suicidio comercial y, en este mundillo, como en casi todos, lo que manda es la pasta. Así, entre músicos, discográficas, promotores y prensa musical hay una consigna callada pero ineludible: mantener las cosas en su cauce, sin sobresaltos y sin mosquear a la audiencia, que no está la cosa para arriesgar.



El concierto de EELS ayer en el Azkena Rock Festival fue un canto a ese desconcierto y al riesgo. Todo estaba en contra de la banda de Mark Oliver Everett: actuaban a primera hora de la tarde ante un público que, o no había llegado, o no les conocía. Pero jugaron fuerte y jugaron duro. Y ganaron."


Pinchando AQUÍ o en la imagen puedes leer el artículo completo.

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otros días, otros discos

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