Mostrando entradas con la etiqueta El País. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El País. Mostrar todas las entradas

martes, 26 de septiembre de 2017

Tigran, una nueva estrella del piano (2011)


Artículo publicado originalmente en Muro de Sonido, blog musical de ELPAIS.com, el 26 de septiembre de 2011, a raiz de la publicación de su entonces último disco "A Fable"




Tigran tiene madera de superestrella, aunque eso sea bastante raro de ver en el mundo de la música improvisada. A su favor tiene un indiscutible talento, estética contemporánea, irreverencia juvenil y cierta flema europea de ascendencia folclórica. No es un superpianista vacuo y pirotécnico a la manera de Hiromi ni un pedante gélido de la escuela clásica europea, aunque presente rasgos de ambas tendencias. Su carrera aún está en ese punto en el que puede despegar y alcanzar la estratosfera o estrellarse y hundirse en unos pocos años, pero parece más seguro apostar por lo primero.
Tigran es Tigran Hamasyan, un joven pianista armenio que, con sólo 19 años, ganó la prestigiosa Thelonious Monk Piano Competition de 2006 (quedando por delante de Aaron Parks y Gerald Clayton, segundo y tercer puesto respectivamente) y obtuvo el segundo puesto en la Martial Solal Jazz Piano Competition de ese mismo año (un detalle: Hamasyan ya se había presentado a este concurso en 2002, con 15 años, quedando en tercer puesto, por detrás de Luis Perdomo y del ganador, Baptiste Trotignon).
Ahora, cinco años después de ser catapultado a la primera línea del jazz, Tigran Hamasyan se descuelga con un arriesgado álbum a piano solo, presidido por una portada más propia de un artista de rock y acortando su nombre a un escueto e inconfundible “Tigran”. Normal, porque no hay tantos.

Lo de Hamasyan es pura fuerza. La mayoría le conocimos con New Era (Nocturne, 2008), un disco que mostraba dos cosas de forma inconfundible: que la capacidad de Hamasyan es extraordinaria, y que la contención no es una de sus virtudes. En su siguiente álbum, Red Hail (Plus Loin, 2009), el pianista ahondó en sus raíces musicales mediante un repertorio inspirado en música tradicional europea que, aunque un tanto embrollado, no resultó nada mal.
A Fable mantiene esa osadía (y cierta falta de contención) y se presenta como un disco difícil de catalogar, probablemente por deseo expreso de su autor. Concebido como una obra conceptual, los diferentes enfoques de una pieza u otra se ven apoyados por leves pinceladas de overdubbing, partes vocales e incluso algún efecto de sonido. Eso implica que la producción juegue un papel importante en el resultado definitivo, algo no tan habitual en el mundo del jazz.
El pianismo de Tigran sigue conteniendo los obsesivos ostinatos y la vertiginosidad que le ha caracterizado hasta ahora, aunque A Fable ofrece un plus de madurez y puede ser su mejor registro hasta la fecha. El pianista aún es muy joven, y eso puede jugar en su contra, pero la dirección en la que se mueve no parece ser fruto de la casualidad o de la ausencia de reflexión.
El disco es excesivo, extravagante e irregular –dicho esto como característica más que como crítica– y es innegable que contiene piezas fabulosas, como "A Fable", "Kakavik" o su excelente versión de "Someday My Prince Will Come". Tema a tema, Tigran no renuncia a la música de su tierra ni al jazz, y va diseñando una personalidad a medio camino entre ambas músicas, sonando cada vez más original.
El pasado mes de agosto, el armenio fue portada de la revista francesa Jazz Magazine-Jazzman, a cuenta de un artículo atinadamente titulado “Café, metal, folk y piano” en el que se sometía a un test de escucha a ciegas. En él muestra su pasión por pianistas imprescindibles de ayer y hoy como Thelonious Monk, Duke Ellington, Chick Corea y Jason Moran al mismo tiempo que alaba a bandas tan dispares como los clásicos Black Sabbath o Meshuggah, una de las mejores formaciones de metal extremo del mundo.
Una prueba más de que el jazz del siglo XXI, afortunadamente, no se escribe con el jazz como único referente.

lunes, 31 de julio de 2017

Resumen 52 Heineken Jazzaldia (21 al 25 de julio de 2017)


La semana pasada estuve cubriendo el Heineken Jazzaldia - Festival de Jazz de Donostia San Sebastián para el diario EL PAÍS. Aunque en algún momento publicaré cada pieza en el blog adecuadamente, por el momento dejo aquí enlaces a todas las piezas que he escrito sobre algunos conciertos de esta última edición.

Pincha en el título de cada pieza para leerla. 

La modernidad atemporal (sobre el cuarteto de Wayne Shorter, publicado el 22 de julio de 2017)

El jazz, como Monk manda (sobre el cuarteto de Iñaki Salvador y el dúo de Hiromi con Edmar Castañeda, publicado el 23 de julio de 2017)

En el nombre de John Coltrane (sobre el cuarteto de Charles Lloyd y el supergrupo Saxophone Summit, con David Liebman, Joe Lovano, Greg Osby, Phil Markowitz, Cecil McBee y Billy Hart, publicado el 23 de julio de 2017)

Robert Glasper lo quiere todo (sobre el grupo Robert Glasper Experiment, publicado el 24 de julio de 2017)

Velada antagónica de saxos en San Sebastián (sobre el cuarteto de Donny McCaslin y el grupo de Kamasi Washington, publicado el 24 de julio de 2017)

La resurrección de Herbie Hancock (sobre el quinteto de Herbie Hancock con Terrace Martin, publicado el 25 de julio de 2017)

Memorias de África (sobre Abdullah Ibrahim & Ekaya con Terence Blanchard y Gregory Porter, publicado el 26 de julio de 2017)



viernes, 28 de julio de 2017

Resumen 41 Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz (12 al 15 de julio de 2017)


Hace un par de semanas estuve cubriendo el Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz para el diario EL PAÍS. Aunque en algún momento publicaré cada pieza en el blog adecuadamente, por el momento dejo aquí enlaces a todas las piezas que he escrito sobre algunos conciertos de esta última edición. 

Pincha en el título de cada pieza para leerla. 

Jazz en la cápsula del tiempo (sobre Harold López-Nussa, Larry Carlton y Stanley Clarke, publicado el 13 de julio de 2017)

Thelonious para los amigos (sobre el homenaje 4 by Monk by 4 de Kenny Barron, Cyrus Chestnut, Benny Green y Eric Reed, y el grupo de T.S. Monk con Nnenna Freelon, publicado el 14 de julio de 2017)

Cuando los extremos se cruzan (sobre Linda Oh, el trío de Jean Luc Ponty, Biréli Lagrène y Kyle Eastwood, y Patti Austin, publicado el 15 de julio de 2017)

Una aplastante realidad (sobre el grupo Woman To Woman, liderado por Renee Rosnes y con Cécile McLorin Salvant, Melissa Aldana, Ingrid Jensen, Anat Cohen, Noriko Ueda y Allison Miller, con mención al trío de George Cables con Essiet Essiet y Victor Lewis, publicado el 16 de julio de 2017)



miércoles, 28 de junio de 2017

Christian Scott y la conexión Treme (2012)

Artículo publicado originalmente en Muro de Sonido, blog musical de ELPAIS.com en octubre de 2012
Si ustedes han tenido oportunidad de ver la serie Treme (si no, se lo recomiendo encarecidamente), sabrán que es un colorido mosaico de personalidades, muchas de ellas con un gran componente musical, que confluyen en el Nueva Orleans post-Katrina. Considerada la cuna de varios estilos y una de las capitales musicales del mundo, Nueva Orleans es un escenario ideal para dejar cristalizar fusiones y crossovers, un entorno que, si no realmente mágico (obviemos todo esoterismo), sí tiene ciertos tintes mitológicos en cuanto al desarrollo de la música negra.
En Nueva Orleans, además, se cultiva la estirpe como credencial musical, poniendo un foco virtual sobre quienes portan determinados apellidos. Tal vez no sea tanto una cuestión sanguínea como de pura tradición, macerada y traspasada generación tras generación. La genética confirma que el talento no es hereditario y que la sangre o el origen no predisponen a generar aptitudes musicales de ningún tipo pero, el entorno es, sin embargo, un condicionamiento enorme. La mejor forma de que una persona desarrolle su potencial respecto a la música es hacer que se críe entre ella, rodeado de músicos en un ambiente creativo.
Eso es lo tuvo el joven Christian Scott, un entorno privilegiado. Como uno de los protagonistas de Treme, el trompetista Delmond Lambreaux (Rob Brown), se crió en ese Nueva Orleans que sigue siendo considerada la cuna del jazz. Scott, sin embargo, representa la nueva generación de una ciudad cuyos mayores exponentes jazzísticos siguen siendo conservadores neoclasicistas (capitaneados por los omnipresentes hermanos Marsalis). Con su último disco, “Christian aTunde Adjuah”, el trompetista cierra un círculo familiar que tiene en Treme cierta representación: empezó hace 20 años en Nueva York y culmina hoy, con algunos personajes de la serie y el paso adelante de un joven músico que, con todo el respeto por la tradición de la ciudad que le vio nacer, pretende seguir avanzando hacia el futuro. ¿Y qué tiene que ver el último disco de Scott con Treme? Aquí van las claves.
Delmond & Donald Harrison







En la segunda temporada de la serie (intentaré no destripar nada demasiado importante) el ya mencionado Delmond Lambreaux tiene una epifanía que le lleva a intentar desarrollar un experimento: juntar la tradición musical de los jefes indios del Mardi Gras con el jazz contemporáneo que practica con su grupo. Obsesionado con esa idea, convence a su padre, Albert Lambreaux (Clarke Peters), de que aporte las partes vocales de la tradición festiva, formando para la ocasión un grupo estelar en el que figuran Donald Harrison (otro hijo predilecto de la ciudad), Ron Carter, Carl Allen y el famoso Dr. John, buque insignia, a su vez, de la música de la ciudad. A lo largo de la temporada se les ve grabar en repetidas ocasiones el tradicional “Hu-Ta-Nay” con un arreglo jazzístico y un infeccioso ritmo característico de Nueva Orleans.
Feels-like-rain-04-1024







En la serie plantean la idea como algo novedoso, una especie de fusión inexplorada, pero nada más lejos. Hace más de 20 años, en mayo de 1991, se grabó esa misma versión de “Hu-Ta-Nay” en los BMG Studios de Nueva York, con el histórico ingeniero Malcolm Addey a los mandos. El líder de la sesión y promotor original de la idea (en quien se basa el personaje de Delmond) no era otro que el propio Donald Harrison, que se interpreta a sí mismo en Treme, haciendo de cómplice del proyecto del joven Delmond (en una escena cargada de ironía, Delmond le dice a Harrison “no entiendo cómo no se le había ocurrido a nadie antes”). Como los personajes de la serie, Harrison permaneció en la ciudad tras la tragedia, y nadie mejor que él representa la determinación de una ciudadanía desmantelada que, sin embargo, no está dispuesta a rendirse. Pero el guiño no acaba ahí: el batería de la sesión original, Carl Allen, es el mismo que aparece en la serie y quien cantaba el tema era precisamente Dr. John, que en la serie participa como pianista. Junto a Dr. John, la voz principal en el disco original era, como en Treme, la del padre del líder: “Big Chief” Donald Harrison Sr. Así, el paralelismo se completa: el disco que graban Albert y Delmond Lambreaux en la serie fue grabado por Donald Harrison padre e hijo veinte años antes; y se llamó “Indian Blues”.
Donald-harrison-1992












Publicado originalmente por el sello Candid, en su portada aparecía el saxofonista ataviado con uno de los aparatosos trajes que lucen los jefes indios en el Mardi Gras, y llevaba el subtítulo “Mardi Gras Indians – The Guardians Of The Flame”. El disco, aunque interesante, no supuso la revolución que pretenden los personajes de Treme, pero rendía homenaje a la tradición y conciliaba esa distancia generacional que tan bien se explota en la relación entre padre e hijo en la serie.
¿Y qué tienen que ver Christian Scott y su nuevo disco con todo esto? Para empezar, Scott es sobrino de Donald Harrison Jr. y este fue, a su vez, su padrino musical, ofreciéndole la oportunidad de grabar a su lado cuando el trompetista sólo tenía 16 años. Primero en “Paradise Found” y después en el bizarro “Kind Of New”, reinterpretación del histórico “Kind Of Blue” en el que el joven trompetista se puso, sin titubear, en los zapatos del bueno de Miles Davis. Desde entonces, Scott ha desarrollado una activa carrera a base de ensayo y error, apostando por una estética moderna e influenciada por elementos ajenos al jazz que, cuando parecía que ya no daba más de sí, siguió afianzándose hasta instaurarse como un estilo muy personal.
Tras sus primeros pasos como líder, el pretencioso y fallido “Anthem” dio paso a la reivindicación de su proyecto en directo (“Live At Newport”) el boceto de madurez en “Yesterday You Said Tomorrow” y la culminación de todo su trabajo previo con “Christian aTunde Adjuah”, un mastodóntico doble CD que sitúa a Scott como una de las figuras del jazz de principios de siglo.
Scott sólo pretende ser fiel a sí mismo y al camino que ha elegido para expresarse. Asimila la tradición como una gran construcción sobre la que los músicos jóvenes deben seguir construyendo. Afirma que lo que hace es inherentemente jazzístico, pero no exclusivamente jazzístico. Habla de descripción y no de definición, puesto que esta última acota el objeto de estudio mientras que el anterior enfoque parte de la observación y admite su evolución. Así se presenta la música contenida en “Christian aTunde Adjuah”, como un compendio evolucionado de los planteamientos de su música hasta el momento, una recapitulación coronada por el inconfundible estilo del trompetista, entre el susurro de su tono y la intensidad casi dolorosa con la que afronta sus solos. 
Cuando Donald Harrison grabó su “Indian Blues” pretendía fusionar dos conceptos tradicionales para crear algo novedoso. Scott, por su parte, asimila lo que le rodea para entregar una música que se genera en su totalidad a partir de su propia persona. Jazz de autor en su máximo esplendor. Es difícil saber cómo tratara el paso de los años a sus planteamientos, pero nadie ha hecho historia en la música siendo precavido o jugando sobre seguro.
C. scott












Christian Scott cierra el círculo con un doble homenaje. En la portada de su último disco, como en el “Indian Blues” de su tío Donald, el trompetista luce orgulloso un traje indio del Mardi Gras mientras que la dedicatoria del álbum sentencia el relevo: “A la memoria de Clyde Kerr Jr. y Big Chief Donald Harrison Sr., familia, mentores y amigos. Me ayudasteis y enseñasteis a ser el heroe de mi propia experiencia, y por eso siempre estaré en deuda con vosotros”. En el jazz, la determinación del individuo es quien empuja la evolución.
Y mientras el viejo jefe indio se sumerge en la noche, entonando viejos cánticos tribales, la nueva música emerge, luminosa e incontenible. 

domingo, 12 de marzo de 2017

Tigran Hamasyan - Luys i Luso (2015)


(Texto publicado originalmente en El País el 11 de noviembre de 2015) 

No es nada nuevo volver la vista atrás cuando el objetivo es ir hacia adelante. Gran parte de la historia de las vanguardias en la música se ha construido sobre la tradición, algo que, en el caso del pianista armenio Tigran Hamasyan, ha sido una auténtica constante. En mayor o menor medida, toda su discografía ha estado impregnada de sonidos importados de la tradición folclórica de su país, una raíz que ha cultivado a través de diferentes prismas, desde el acercamiento más ortodoxo de New Era o A Fable a la simbiosis con rock y electrónica en Shadow Theater o Mockroot.

En aras de ese anhelo de fusión, y a pesar de lo manido del lema, hay que decir que Luys i Luso es el disco de Tigran Hamasyan que todos estábamos esperando: una grabación muy valiente en la que música vocal religiosa, folclore armenio y jazz se entrelazan en perfecta sintonía, alcanzando un equilibrio inimaginable entre lo secular y lo contemporáneo. Hamasyan parte de un puñado de obras religiosas armenias, escritas entre el siglo cinco y el veinte, y se plantea dos retos: por un lado, arreglar obras de tradición monofónica para un coro polifónico y, por otro, integrar en ellas un piano con intención jazzística, pero sin renunciar al carácter folclórico de las melodías. En la unión de estos patrones está el sentido tan vanguardista del disco, el que lo convierte en una obra colosal. En Luys i Luso, Hamasyan consigue convertir un sharakan de más de diez siglos en una obra personal, desafiando la forma sin llegar a salirse de ella, y negándose a escribir las partes de piano, que son improvisadas sobre las suntuosas polifonías tejidas por el Coro de Cámara Estatal de Ereván.

Un disco así solo podía salir en un sello como ECM, que ha cuidado cada detalle al máximo, desde la grabación en la capital armenia, producida por Manfred Eicher, hasta la deliciosa edición con un libreto que incluye versión bilingüe de las letras y documentación sobre los manuscritos originales. 

Entonces, ¿esto es un disco de música sacra vocal o de jazz? En realidad es ambas cosas pero, sobre todo, es un disco de Tigran Hamasyan. Echando un vistazo a su inquieta carrera esta última década nadie diría que tiene solo 28 años, una precocidad que ya ha superado los tópicos del niño prodigio. Hamasyan es un pianista de jazz, sí, pero también afirma sin dudar que su sueño era tocar la guitarra en una banda de thrash metal, y habla con la misma devoción de jazzistas como Jason Moran o Herbie Hancock que de Black Sabbath, Tool o la banda de metal extremo Meshuggah. Solo un talento permeable a sonidos tan dispares podría haber grabado un disco tan atemporal como este.


viernes, 20 de enero de 2017

Sumrrá - 5 journeys (2015)


(Reseña publicada originalmente en el suplemento Babelia del diario El País en julio de 2016)

No es fácil ser profeta en la propia tierra en España. Tal vez por eso el trío gallego Sumrrá, tras actuar en varios países y continentes a lo largo de los últimos años, celebran sus 15 años de actividad publicando este nuevo álbum con un sello neoyorquino que ha visto en ellos lo mismo que cualquiera que haya podido escucharlos en directo.

Con una aproximación muy dinámica al clásico trío de piano y una estimulante raíz europea —extensión natural de las vías abiertas por el popular Esbjörn Svensson Trio—, Sumrrá tienen la combinación perfecta entre composiciones sugerentes, un alto nivel de interacción y una personalidad musical melódica e intensa que no es simple, ni fácil, pero sí para todos los públicos.

martes, 13 de diciembre de 2016

Vijay Iyer / Wadada Leo Smith - A Cosmic Rhythm With Each Stroke (2016)




(Reseña publicada originalmente en el suplemento Babelia del diario El País el 28 de mayo de 2016) 

Con permiso de Anthony Davis, tal vez sea Vijay Iyer quien mejor haya ocupado el piano del Golden Quartet de Wadada Leo Smith. Como Davis, Iyer es un pianista intelectual y técnicamente impecable, que afronta la música del trompetista con el equilibrio entre espontaneidad y consciencia que requiere.

Muchos años después de Divine Love, que Smith grabara en 1978, el trompetista regresa al sello de Manfred Eicher con este dúo en el que Iyer, estrella de la casa, ejerce de anfitrión. Musicalmente no hay choque, sino una simbiosis entre la intelectualidad de Iyer y la inspiración pura de Smith, que dicta el rumbo de la música levitando sobre el diálogo con elocuencia extraordinaria.


jueves, 30 de abril de 2015

La palmadita en la espalda del jazz (30 de abril de 2012)

Hace tres años tuvo lugar el primer "día internacional del jazz", denominado así por y amparado por la UNESCO. Yo me encontraba esos días en Paris con las fechas de un artículo pendiente pisándome los talones y, como las tomaduras de pelo me alteran, escribí esto al respecto, que fue publicado en ELPAIS.com el día de marras.

Tres años después pienso lo mismo. O más.


La palmadita en la espalda del jazz

Por: Yahvé M. de la Cavada | 30 de abril de 2012



Tenía que llegar este momento: por fin el jazz tiene su “día internacional”; y de mano de la UNESCO, además. Qué fuerte. Yo aún no me lo creo. Como jazzófilo esto debería significar muchísimo ¿no? Debería ser una merecida ración de reconocimiento, una enorme cucharada sopera de autoafirmación. ¡Escucha, mundo, el jazz está aquí! ¿Qué te creías? Entre músicos y aficionados, el rumor ha corrido como la pólvora. Ahora todo será diferente. Los grandes festivales (de jazz) programarán (solamente) jazz en sus escenarios importantes, Charlie Parker sonará en Pachá y en la universidad se darán cursillos sobre la figura de John Coltrane. Se dice que en la tele van a poner un programa con actuaciones en directo presentado por Frank Blanco, y que TVE repondrá “Jazz Entre Amigos” en prime time, y en la primera cadena; toma ya. Incluso he oído que todas las emisoras de radio dedicarán, a partir de ahora, varias horas a la semana a esta música, en largos programas didácticos y especializados. Tal es el impacto, que la mayor parte de ayuntamientos han prometido echar de las aceras a cualquier músico ambulante que no acredite convenientemente que está tocando puro y estricto jazz o, en su defecto, otra música reconocida por la UNESCO, faltaría más.

El jazz, ya saben, esa música histórica que cuenta con mucho menos apoyo institucional que la clásica; esa música en constante evolución y renovación que cuenta con mucho menos apoyo privado que el rock; esa música, en definitiva, de fusión amistosa con casi cualquier otro estilo, que no cuenta con el (re)conocimiento y/o apoyo de la mayoría del público. Pero tiene un “día internacional”. Joder, qué alivio. Estamos salvados.

La cosa la propuso Herbie Hancock, tal vez a raíz de una reflexión entre el hoyo 17 y el 18, para alegría y alborozo de todos aquellos a los que el jazz les suena molón, culto y superguay para fardar delante de amigos y vecinos, como quien pronuncia bien Truffaut y cita a Proust con la indolencia del erudito. Hancock, otrora jazzista excepcional y figura tan importante como insustituible en la historia de esta música, lleva unos años arrastrando impúdicamente su cadáver musical, mientras público casual y crítica de lengua curtida en mil nalgas le jalean. Ahora, vaya usted a saber por qué (añadan a su opinión, sea cual sea, una parte de ego y dos de promoción personal), sale con esto, aunque para llenar los zapatos de inmortales precedentes en la embajada del jazz, como Louis Armstrong o Dizzy Gillespie, le sobra fachada y le falta categoría.

Pero el bueno de Herbie nos ha conseguido un día del jazz. Será un gran evento y nos pondremos una etiqueta con nuestro nombre en la chaqueta, como en cualquier reunión conmemorativa intrascendente: “hola, soy”, impreso, y nuestro nombre escrito de manera indecisa con rotulador negro. Y todos podremos sentirnos partícipes del día del jazz. Comentaremos que la cerveza está caliente y los canapés un poco secos pero, sin embargo, el vino es estupendo. Aplaudiremos el recurrente discurso de “ha sido un largo camino para llegar hasta aquí, pero ha merecido la pena” y podremos decir que, después de esto, si el jazz no se viene arriba es porque no quiere.



Entiendo que, a estas alturas, esta sociedad ya no funciona sin paripés de este tipo pero, ¿por qué el jazz? Partiendo de que designar un “día de” es, de por sí, reduccionista y condescendiente, y que la mayor parte de veces sólo busca calmar ciertos flecos de conciencia social, hay que reconocer que el jazz es una nimiedad en comparación con muchas otras cosas que merecen atención antes que una doctrina musical, por fabulosa que sea. Por otro lado, desde el punto de vista cultural, el jazz es una corriente muy importante como para concederle un evento de pretendida repercusión internacional que, en realidad, parece un premio de consolación marginal, bienquedista y verbenero. Leyendo los objetivos se queda uno perplejo:
  • Celebrar el estilo musical único que representa el jazz.
  • Concienciar a la comunidad internacional sobre cuán necesario es el diálogo intercultural y la comprensión mutua.
  • Movilizar a la comunidad intelectual, los dirigentes políticos, artistas y gente de la cultura, así como instituciones culturales y educativas y a los medios de comunicación, para promover los valores relacionados con el jazz, eje del mandato de la UNESCO, y su papel de pioneros y su misión intelectual.
  • Reforzar la cooperación y comunicación internacional en el ámbito de la música jazz.

Pero, tras la lectura de esta retahíla de palabras vacuas, enseguida queda claro que “el día del jazz” se reduce, básicamente, a tres conciertos de superestrellas con mucha repercusión mediática, unos saraos en la sede de la UNESCO de Paris y algunas iniciativas domésticas creadas con buenas intenciones e inevitable oportunismo (como si no hubiese propuestas para apoyar al jazz a diario, casi siempre creadas desde la clandestinidad, por pura vocación y con cierta heroicidad).

La mayor parte de eventos a nivel mundial están cogidos por los pelos, aprovechando que la fecha cae en el día en el que ya había programado algo (en cuantos organismos se habrá dicho “oye, que es el día del jazz, ¿qué tenemos por ahí que cuadre ligeramente con el asunto?”). Ni siquiera desde EE.UU., raíz de la convocatoria y cuna del jazz: nada de seminarios, ni becas para estudiantes, ni proyectos para llevar el jazz fuera de sus propias fronteras, ni fundaciones para promoverlo, ni nada. A nadie, ni siquiera a Hancock, se le ha ocurrido promover la creación de un museo nacional del jazz (hay proyectos desde hace años, pero no presupuesto), la promoción de artistas noveles, de campamentos musicales para niños o yo qué sé. Algo útil, que sirva realmente para promover el jazz. Esto es más viejo que el ragtime: si la gente no va al jazz, hay que llevar el jazz a la gente. Pero, ¿tres conciertos con aires “VIP” y 30 segundos en los noticiarios?

La cuenta en Twitter del International Jazz Day, que tiene la friolera de 770 seguidores, pretende que el día del jazz sea trending topic –que es algo como superchuli– y en Malasia habrá un concierto de Kenny G. Y se supone que esto tiene que significar algo para un sector musical apaleado, ignorado por las corrientes principales debido a su supuesta intelectualidad y ninguneado por las altas esferas culturales por no tener suficiente entidad cultural.

Sé lo que dirán muchos, y es razonable: cualquier promoción del jazz es positiva. Pero claro, esto tiene muchos matices. Estoy seguro de que, a pesar de la promoción que hace el crimen organizado de Ciudad Júarez, muchos de sus habitantes no lo verán como algo tan positivo, al igual que, por muy acostumbrados que estén, los habitantes de Lepe preferirían ser conocidos por algo diferente a lo habitual.

Los músicos de jazz, los de verdad, lo tienen muy jodido como para que vengan cuatro estrellonas a hacerse una fiesta de colegas en su cara, y a su costa. Hay crisis para todos, sí, pero el jazz lleva en crisis mucho tiempo; ahora sólo es un poco más dura que ayer (pero menos que mañana). Los que saben de qué va la cosa, saben también que esto es lo que hay, y que no habrá mucho más, lo que no quiere decir que estén para aguantar chorradas. Si se va a gastar dinero en frivolidades (¿o es que Hancock y los suyos hacen todo esto gratis?) por lo menos que se hagan a costa de un sector que no necesite realmente el empuje institucional y educativo.

Por eso, si Herbie Hancock y la UNESCO quieren celebrar la importancia del jazz, tal vez sea mejor que empiecen por los colegios e institutos; que le den, desde la base, la pátina de importancia que merece en el origen y trascurso de toda la música popular del siglo XX. Estoy convencido de que se lo pueden permitir. Hasta entonces, no habrá día del jazz que valga. Sólo les resultará útil a quienes están con el cazo puesto y a quienes gustan de salir en la foto. A la gente que hace jazz, que vive de, por y para él, este circo le trae bastante sin cuidado.

© Yahvé M. de la Cavada, 2012 

otros días, otros discos

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...